El vapor violáceo y denso que emanaba de la piel de Máximo no solo hacía vibrar el aire; lo deformaba. La madera astillada del estrado comenzó a renegrirse bajo sus botas como si estuviera expuesta a un horno invisible.
—¡Máximo! —gritó Timicha desde la multitud, abriéndose paso a empujones mientras las lágrimas le ensuciaban el rostro—. ¡Detente! ¡Somos nosotros!
—¡No se acerquen! —retumbó la voz del maestro desde el suelo, ronca y desesperada, superando el murmullo aterrorizado de la plaza—. ¡Apártense de él! ¡No lo toquen!
Pero fue demasiado tarde.
Timicha, impulsada por la ciega necesidad de salvar a su amigo, cruzó el perímetro del estrado destruido y estiró la mano hacia la espalda del muchacho. William corrió tras ella intentando sujetarla por la túnica.
Apenas la chica se acercó a un metro, el aura invisible y descontrolada que envolvía a Máximo reaccionó de forma salvaje. Una ráfaga de calor seco y sofocante golpeó de lleno a ambos.
Un chasquido sordo resonó en el aire. Las mangas de la ropa de Timicha y las manos de William se prendieron en quemaduras rojas y ampolladas al instante, como si hubieran metido los brazos en aceite hirviendo.
—¡Agh! —chifló Timicha de dolor, cayendo de espaldas sobre la grava.
William soltó un alarido, agarrándose las muñecas abrasadas mientras retrocedía torpemente.
Máximo ni siquiera se giró. Sus ojos, nublados por aquella vena roja y opaca, continuaban fijos en la nada. No reaccionó al dolor de sus amigos; para él, en ese estado, no existían nombres ni rostros.
—Ese no es Máximo... —susurró William con la voz temblándole por el pánico, contemplando las quemaduras de sus propias manos.
Timicha, apretándose el brazo contra el pecho mientras la piel le escocía en vivo, miró la silueta rígida y deformada de su amigo. Por primera vez desde que se conocieron, los ojos de la muchacha no reflejaban astucia ni picardía. Tenía verdadero terror.
—...No —murmuró ella con una lágrima rodándole por la mejilla—. Ese no es él.
Desde la tarima de honor, el coronel observaba la escena sin inmutarse. Comprendía perfectamente lo que la muchedumbre ignoraba: para la gente común, el Vael era una fuerza invisible; solo veían al muchacho quemando el aire y derribando cosas sin tocar nada.
—Liberar semejante cantidad sin estar consciente... —musitó el oficial en voz baja, ajustándose los guantes de cuero de su uniforme—. Van a salir heridos docenas de civiles si esto sigue así.
Tres soldados de la guardia imperial, ignorando la naturaleza del peligro, intentaron abalanzarse sobre Máximo con las lanzas en alto por la espalda.
Máximo simplemente inclinó el torso. Con un movimiento brusco, casi bestial, golpeó el aire con el brazo desnudo. La onda de choque invisible resultante impactó contra los tres militares antes de que pudieran rozarlo, arrojándolos a más de diez metros de distancia contra la pared de un comercio vecino. El impacto hizo crujir las maderas y dejó a los hombres inconscientes en el acto.
El pánico colectivo se desató en la plaza. La multitud comenzó a atropellarse entre sí para huir por los callejones colindantes, aullando de terror ante lo que consideraban una maldición o un monstruo desatado.
—Suficiente —sentenció el coronel.
El oficial bajó del palco de honor a paso firme. Su caminata era serena, pausada, desentonando por completo con el caos que lo rodeaba. Atravesó el perímetro de escombros y se internó directamente en la zona de presión del Vael descontrolado.
Máximo detectó la presencia del hombre. En un segundo, se giró bruscamente y se abalanzó contra él como un resorte tenso, lanzando un puñetazo cargado con todo el peso de la energía que distorsionaba el ambiente a su alrededor. El impacto llevaba la fuerza suficiente para atravesar una pared de piedra.
El coronel ni siquiera pestañeó.
—Cuánto escándalo —dijo en voz baja.
Antes de que el puño de Máximo llegara a rozarle el uniforme, el oficial levantó el brazo izquierdo, desviando la trayectoria del golpe con la palma sin el menor esfuerzo. En el mismo milisegundo, la mano derecha del coronel se hundió en el estómago de Máximo con una velocidad tan absurda que nadie en la plaza pudo procesar la trayectoria del movimiento.
No hubo explosión. No hubo onda expansiva. Solo un sonido seco, como un saco de arena al desgarrarse.
Toda la energía violácea que rodeaba a Máximo se disipó al instante, esfumándose en el aire como humo en el viento. Los ojos del muchacho se desorbitaron, perdiendo la opacidad roja. Se le fue todo el aire de los pulmones en un jadeo ahogado y sus rodillas colapsaron.
Antes de que tocara el suelo, el coronel lo enganchó por la nuca con el brazo izquierdo y lo cargó sin esfuerzo bajo el hombro, como si transportara un fardo de tela.
El silencio volvió a adueñarse de la plaza astillada.
El coronel alzó la cabeza y miró a la multitud dispersa que atisbaba con miedo desde las esquinas.
—¡El incidente ha sido controlado! —proclamó el oficial con una voz potente y autoritaria que resonó entre los edificios—. La guardia imperial tiene la situación bajo control. Procederemos con la sentencia fijada.
El hombre caminó pacíficamente hacia el cepo destruido. Puso la mano derecha sobre la cabeza del maestro, que yacía en el suelo, agotado y atado de manos.
El viejo alzó la vista despacio. Sus ojos pasaron del coronel al cuerpo inconsciente de Máximo que colgaba del brazo del oficial. En la mirada del anciano no había rencor; solo una amargura cansada y una efímera chispa de alivio.
—Así que finalmente despertó... —murmuró el maestro en un hilo de voz casi inaudible.
—Sí —respondió el coronel en tono seco—. Y causó más problemas de los que puedes pagarme.
El coronel desenvainó con la mano derecha la espada curva que llevaba en la cintura. La hoja de acero refulgió bajo la luz directa del mediodía. Sin titubeos, sin discursos y sin ceremonial alguno, ejecutó un trazo limpio y horizontal.