El brillo que inundaba la plaza de armas de Épsilon no provenía del sol. Máximo permaneció en el balcón del edificio de mandos, incapaz de apartar los ojos de la masa de luces de colores que serpenteaba entre los batallones. Hasta hacía unas horas, habría jurado que aquellas personas eran simples soldados ejecutando ejercicios de rutina; ahora, con la mirada afinada, veía cómo el aire vibraba a su alrededor, moldeado por una energía que siempre había estado ahí, invisible pero omnipresente.
—Todos... —musitó Máximo con la voz apagada—. Todos ellos son como el maestro.
—No exactamente —corrigió el coronel, apoyando ambas manos sobre la barandilla de piedra—. Muchos de ellos solo poseen una afinidad física rudimentaria. Un soldado de infantería con Vael de Resistencia o Fuerza puede marchar tres días sin descansar o soportar impactos que matarían a un hombre común, pero jamás manifestará una Afinidad de Tipo. Los usuarios completos son raros, chico. Y tú, por muy torpe y descontrolado que seas, acabas de atravesar esa puerta.
Máximo se miró las palmas de las manos. Seguían sintiéndose ligeras, pero el frío del hierro de las esposas que le habían quitado hacía unos minutos aún parecía pegado a sus muñecas.
—¿Por qué me estás contando todo esto? —preguntó Máximo, girándose hacia el oficial con el ceño fruncido—. Dijiste que no me ibas a ejecutar, pero no entiendo qué pretendes.
—A partir de hoy, perteneces al ejército de la capital —respondió el coronel sin rodeos, mirándolo de frente—. Tu expediente anterior no existe. Las fronteras están destruidas, el país está en estado de sitio y un usuario de Vael no se deja tirado en la calle para que lo reclute un grupo rebelde o muera en el barro. Vas a entrenar aquí.
Máximo apretó los dientes. La idea de vestir el mismo uniforme que los hombres que habían arrastrado al maestro hasta el cepo le revolvía el estómago, pero antes de que pudiera rechazar la orden, una duda más antigua y amarga le quemó la garganta.
—El día que mi pueblo fue destruido... —dijo Máximo, dando un paso hacia el coronel—. Había soldados en los caminos. Llevaban capas del ejército. Si sabían lo que iba a pasar, ¿por qué no nos avisaron? ¿Por qué estaban allí?
El coronel soltó un leve suspiro y desvió la mirada hacia el mapa que descansaba en la sala contigua.
—Porque el impacto del Juicio no se pudo predecir con exactitud —contestó con voz baja y sobria—. Cuando los radares y los observadores de Vael detectaron las alteraciones en la alta atmósfera, la orden fue desplegar a todas las unidades disponibles hacia la periferia. Queríamos evacuar o ayudar a cuantos pudiéramos. Eso fue todo lo que pudimos hacer, chico. Detener la caída de los meteoritos era imposible... ni siquiera combinando a todos los usuarios de la capital habría bastado. Los soldados que viste morir en tu valle estaban allí intentando sostener una pared que se les venía encima.
Máximo bajó la cabeza. Las respuestas que había buscado durante semanas finalmente estaban sobre la mesa, pero no le devolvían nada. No había una conspiración simple a la cual culpar con rabia, ni un enemigo al que pudiera atravesar con una daga para solucionar el desastre. Su aldea había sido aplastada por una catástrofe global que escapaba a la comprensión humana, su maestro yacía muerto en una fosa común de la capital, y él estaba atrapado en medio de una ciudad militar gigante.
El vacío en su pecho se volvió plomizo. Sentía que el impulso que lo había mantenido corriendo desde el sur simplemente se había extinguido.
—No me importa —murmuró Máximo, mirando al suelo con la vista perdida—. El ejército, el Vael, este lugar... Ya no me importa nada. No tengo ninguna razón para estar aquí.
El coronel lo observó durante unos segundos. En lugar de gritarle o imponerle disciplina militar, el oficial dio media vuelta y caminó hacia el pasillo.
—Acompañame. Hay algo que debes ver antes de decidir que no tienes nada.
Recorrieron los pabellones subterráneos del complejo de mando hasta llegar a un sector donde el olor a alcohol, antisépticos y hierbas quemadas sustituía al polvo del patio de maniobras. Las paredes de piedra estaban pintadas de blanco pulcro y el silencio solo se interrumpía por el sonido sordo de respiradores mecánicos y pasos apresurados de enfermeros.
El coronel se detuvo frente a una puerta de madera clara con una mirilla de cristal y la empujó suavemente.
Máximo entró tras él, arrastrando los pies, pero se detuvo en seco al ver el interior de la habitación.
Sobre dos camas de madera alineadas junto al ventanal, cubiertos con sábanas hasta el pecho, yacían William y Timicha. Tenían los rostros pálidos, sudorosos, y los brazos envueltos en gruesos vendajes de lino saturados de pomada. La respiración de William era entrecortada, mientras que Timicha, despojada de su habitual energía, mantenía los ojos cerrados con una pequeña mueca de dolor retenido en los labios.
—¡William! ¡Timicha! —exclamó Máximo, corriendo hacia las camas. Se inclinó sobre su amigo de la periferia, intentando tocarle el hombro, pero detuvo la mano en el aire al ver las quemaduras rojas que se asomaban por debajo de las vendas—. ¿Qué... qué les pasó? ¿Quién les hizo esto?
—Tú —dijo el coronel desde la puerta.
La palabra congeló a Máximo en su sitio. Se giró despacio, mirando al oficial con una mezcla de horror y negación.
—¿De qué estás hablando? Yo jamás... yo estaba intentando salvar al maestro...
—Cuando tu Vael despertó en la plaza, perdiste el conocimiento por completo —explicó el coronel con frialdad—. Tu masa de energía se volvió inestable. Ellos dos intentaron acercarse para detenerte, pensando que aún podías escucharlos, y entraron en tu zona de contacto.
Máximo miró sus propias manos. Las grietas en su memoria de las últimas horas comenzaron a juntarse como piezas de un espejo roto: el estruendo en la plaza, la sensación de un calor abrasador brotando de sus vísceras, el grito ahogado de Timicha al caer de espaldas y la imagen borrosa de William sujetándose las muñecas destruidas mientras la multitud huía.