Máximo continuó con la mirada fija en las manos de la comandante, aun cuando el brillo rosado del Vael ya se había disipado por completo en la habitación. Los rostros de William y Timicha guardaban una serenidad profunda; el color había regresado a sus mejillas y la respiración de ambos era rítmica y limpia. Para alguien que hacía un par de horas sentía que se ahogaba en la culpa, presenciar esa transformación era algo que sencillamente no lograbas procesar de inmediato.
—Puedes secarte las lágrimas, chico —dijo Shadow con amabilidad mientras se colocaba los guantes de piel—. Para eso estamos aquí. Para ayudar a todo Varkenia en lo que sea necesario. Después de todo, somos reinos aliados.
Máximo se llevó la manga del uniforme prestado a la cara, desviando la mirada hacia el suelo para ocultar el gesto.
—Aunque no lo parezca a simple vista —intervino el coronel desde la puerta, cruzándose de brazos—, la comandante Shadow es una combatiente extraordinariamente fuerte. Que su Vael no sea ofensivo y esté destinado a la sanación no la hace menos peligrosa en una situación real.
Máximo la observó de reojo. ¿En verdad es tan fuerte esta chica?, pensó para sus adentros, analizando su postura. Es verdad que su dominio del Vael es abrumador... miles de veces mejor que el mío, que ni siquiera sé cómo activarlo a voluntad. Pero por lo demás, su físico no transmite esa sensación de monstruo intratable que tenía el maestro. No parece alguien "fuerte" en el sentido militar.
—No diga eso, coronel, tampoco es para tanto —respondió Shadow con tono despreocupado, agitando una mano en el aire con modestia—. Además, preferiría que me llamaran solo Shadow. Los títulos formales me dan un poco de dolor de cabeza.
Luego, la sanadora se giró hacia Máximo y le dedicó una sonrisa cercana.
—Tus amigos están fuera de peligro, pero van a tardar un par de horas en despertar del todo. ¿Qué tal si salimos a tomar aire y nos conocemos mejor mientras tanto?
Máximo asintió en silencio. El peso en su pecho no había desaparecido por completo, pero al menos la angustia por la vida de sus compañeros se había disipado.
Los tres abandonaron el pabellón médico y caminaron hacia el patio central de la guarnición. El sol ya comenzaba a caer sobre las torres de piedra de Épsilon, tiñendo el cielo de un tono anaranjado intenso. En el terreno de maniobras, decenas de soldados continuaban ejecutando formas de combate y pruebas de resistencia física.
De pronto, Shadow se detuvo en medio del patio. Máximo dio un par de pasos más antes de frenar al notarla inmóvil. La comandante se mantuvo de espaldas a él durante unos segundos antes de hablar.
—Varkenia está atravesando una situación crítica ahora mismo —comenzó a decir Shadow, con una voz que perdió parte de su tono juguetón para volverse más seria—. Vuestro país necesita a lo mejor de lo mejor para recuperarse del Juicio. Por eso el mando de Kriegstal me envió a mí. Hemos estado conversando con los generales de tu ejército para llegar a un acuerdo comercial y estratégico que beneficie a ambas naciones.
Se giró despacio, encarando a Máximo con una mirada analítica.
—Pero antes de cerrar cualquier trato oficial... ¿qué tal si tenemos una pequeña pelea de entrenamiento tú y yo?
Máximo parpadeó, completamente descolocado por el cambio radical de conversación.
—Disculpe, comandante Sha...
—Shadow —lo interrumpió ella con rapidez, levantando un dedo—. Solo Shadow, por favor.
—Shadow... —corrigió Máximo, frunciendo el ceño—. No creo que pelear sea una buena idea. No... no me gusta tener que golpear a las mujeres. En mi aldea nos enseñaron a no pelear así.
Shadow soltó una pequeña risa, nada ofensiva, sino más bien divertida por la ingenuidad del muchacho.
—Entiendo y respeto mucho tu postura, de verdad —dijo ella—. Pero en este caso, preferiría que no te contuvieras en lo absoluto conmigo.
Sin perder el ritmo, Shadow metió la mano en uno de los bolsillos interiores de su túnica militar y extrajo un pequeño cordón del que colgaban cinco insignias metálicas. Las sostuvo en alto, dejándolas tintinear bajo la luz del atardecer.
—En mi país, estas insignias representan hasta dónde puede llegar la fuerza de una persona —explicó Shadow, mirando los medallones con un destello de orgullo—. Conozco a guerreros extraordinariamente fuertes, personas que usan y que no usan Vael, que han dedicado su vida entera a conseguirlas. Seguramente no sabías lo que representan, pero créeme que tienen bastante peso.
Máximo observó los metales dorados y plateados que brillaban en la mano de la chica. Había algo en la forma en que ella los sostenía que le decía que no eran simples condecoraciones militares.
Shadow se desabrochó el saco del uniforme de Kriegstal, lo dobló con cuidado y se lo entregó al coronel, quien lo recibió en silencio sin intervenir. Quedó vestida con una camiseta ajustada de entrenamiento que dejaba al descubierto sus brazos ágiles y fibrosos. De inmediato, dio un paso atrás y adoptó una postura de combate fluida, baja y perfectamente equilibrada.
—Tenemos planeado enviarte a Kriegstal para que puedas entrenar y volverte realmente útil para tu país —reveló Shadow, mirándolo fijamente—. En Kriegstal las cosas ya se han calmaron un poco tras el Juicio. Aquí en Épsilon, tal y como están las cosas ahora mismo, no van a poder enseñarte a ser verdaderamente fuerte.
—No —respondió Máximo de inmediato, dando un paso atrás con firmeza—. No me voy a ir a otro país. Estoy bien aquí. No pienso separarme de mi hogar ni de mis amigos otra vez.
Shadow esbozó una pequeña sonrisa confiada al escuchar la negativa del chico.
—Hagamos un trato —propuso la comandante—. Pelearemos sin usar una sola gota de Vael. Solo fuerza física pura y artes marciales. Si consigues darme un solo golpe, te quedas en Varkenia y nadie te obligará a subirte a ese barco.