Kenkyona reigi

Capítulo 21: La promesa de la marea

Máximo permaneció en el suelo durante unos segundos más, sintiendo cómo el corazón le retumbaba violentamente contra las costillas tras el reinicio forzado. Su cuerpo entero temblaba, no solo por la descarga, sino por la abrumadora impotencia que le quemaba por dentro.

—Perdiste —reiteró Shadow, abrochándose las insignias militares con la serenidad de quien acaba de dar un paseo—. El trato fue claro. Ahora vendrás a Kriegstal.

Máximo apretó los puños contra la tierra, hundiéndose en la frustración. Miró las murallas de Épsilon, el cielo anaranjado de Varkenia y la tierra que lo había visto nacer. No quería abandonar su hogar. Ya había perdido su aldea, su vida tranquila y a su maestro; dejar su país se sentía como renunciar a lo último que le quedaba. Sin embargo, Shadow acababa de demostrarle la abismal distancia entre ambos. Él no sabía controlar el Vael, no tenía técnica y apenas era capaz de sobrevivir. Sin poder, jamás lograría proteger a nadie.

—¡Máximo!

Una voz familiar cortó la tensión del patio.

Máximo levantó la cabeza y vio a Timicha y William saliendo por la gran puerta de la sala de sanación. Timicha caminaba con paso firme, mientras que William la seguía un par de metros atrás, sujetándose aún con cierta incomodidad las muñecas vendadas, aunque su rostro denotaba una recuperación milagrosa.

—¡Timicha! ¡William! —exclamó Máximo, poniéndose de pie de un salto—. ¿Están bien? No deberían estar caminando tan rápido...

—Ni se te ocurra irte sin despedirte, idiota —protestó William, esbozando una sonrisa cansada mientras se acercaba.

—Estoy perfectamente —aseguró Timicha, colocándose frente a Máximo—. Escuché lo que pasó ahí fuera. Si tú te vas a Kriegstal, yo voy contigo.

Máximo parpadeó, sorprendido.

—¿Qué? No, Timicha, tú tienes que quedarte. Apenas se están recuperando de lo que les hice y...

—Ayer te vi perderlo todo —lo interrumpió ella con voz firme, acortando la distancia entre ambos. Sus ojos fijos en los de él emanaban una determinación absoluta—. Tu pueblo, tu casa, tu maestro... y luego pensaste que nos habías matado a nosotros en la plaza.

Máximo bajó la mirada, incapaz de sostenerle los ojos.

—Sé lo que es mirar a tu alrededor y sentir que no tienes a nadie en el mundo —continuó Timicha, dando un paso más y tomando a Máximo por los hombros para obligarlo a mirarla—. No quiero que vuelvas a sentir eso nunca más. Así que escúchame bien: mientras yo esté aquí... jamás volverás a estar solo. Voy a acompañarte a donde sea que vayas.

Algo vibró en el aire.

No fue un cambio de temperatura ni un viento repentino. La determinación de Timicha, su deseo visceral de proteger a la única persona que le quedaba, quebró la barrera de su propio cuerpo.

De pronto, finos hilos de luz celeste y cristalina comenzaron a brotar de sus manos. Antes de que alguien pudiera reaccionar, una marea de energía se expandió en una onda perfectamente circular alrededor de ella. No hubo estruendo destructivo ni ráfaga violenta: fue una explosión de Vael sutil, limpia y abrumadora, que hizo vibrar las baldosas del patio y levantó una brisa fresca que ondeó las capas de los soldados cercanos.

Máximo dio dos pasos atrás, con los ojos abiertos de par en par. William se quedó helado a su lado.

—¿...Timicha? —murmuró William, pálido.

Timicha miró sus propias palmas, asustada, viendo cómo el aura azulada se disipaba lentamente en el aire.

—¿Qué... qué me pasa? —preguntó con pánico en la voz—. ¿Todavía me queda algo de lo que me hizo Máximo?

Shadow, que observaba la escena apoyada contra una columna, sonrió con aprobación. El coronel, por su parte, se mantuvo firme, analizando el suceso en silencio antes de hablar.

—Tranquilízate —intervino el oficial con tono pausado—. No te está pasando nada malo. Acabas de despertar tu Vael.

—¿Mi Vael? —repitió Timicha, boquiabierta.

—Estuviste expuesta directamente a la descarga descontrolada de Máximo —explicó el coronel—. Tu cuerpo sufrió daños críticos y tu red interna fue forzada a circular para mantenerte con vida. Con la sanación de la comandante Shadow y la carga emocional de este momento, era solo cuestión de tiempo para que tu canal se abriera de forma definitiva.

Un silencio asombrado envolvió al grupo hasta que la realidad del asunto terminó de procesarse.

—¡¿Entonces ahora yo también puedo usar Vael?! —exclamó Timicha, pasando del susto a una alegría desbordante.

—Parece que sí —sonrió Máximo, sintiendo por primera vez en semanas que un peso le abandonaba el pecho.

Timicha miró de reojo a William con una expresión burlona y los brazos cruzados.

—Bueno, William... parece que ahora eres el único inútil del grupo.

—¿¡Oye, qué significa eso!? —protestó William, indignado—. ¡Apenas salí de la enfermería!

—Deberías acercarte a Timicha a ver si te explota algo encima —bromeó Máximo, sumándose a las risas.

—¡NO QUIERO QUE ME EXPLOTE NADA! —gritó William, haciendo que incluso Shadow soltara una carcajada contagiante.

Por un breve instante, las sombras del Juicio, las muertes y la guerra desaparecieron. Los tres amigos volvieron a ser los muchachos que reían juntos en los valles del sur.

El coronel carraspeó, cortando la risa del grupo para devolverlos a la realidad.

—Disfruten este momento —dijo con sobriedad—. Pero no olviden en qué mundo están parados. La mayoría de los países está en alerta máxima tras la caída de los meteoritos. Todos perdieron soldados, ciudades y territorio. En este instante, nadie confía en nadie. Una alianza puede romperse mañana y un aliado puede convertirse en enemigo la próxima semana.

El oficial los miró fijamente a los tres.

—Prepárense. Cada uno debe fortalecer sus virtudes y reducir sus debilidades. No esperen que alguien venga a salvarlos cuando las cosas se pongan feas.

William dio un paso al frente. Guardó silencio unos segundos, mirando al suelo antes de dirigir la vista a Máximo y Timicha.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 20.09.2026

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