Kenkyona reigi

Capítulo 22: Los Pilares de Kriegstal

El aire frío de las montañas de Kriegstal calaba hasta los huesos, pero el calor que emanaba de la colosal figura de Anton parecía desafiar el clima. El gigante los guio desde la pista de aterrizaje hacia el interior del complejo militar, una fortaleza tallada en la roca viva que combinaba arquitectura antigua con tecnología defensiva de vanguardia.

A diferencia del caos que reinaba en Varkenia tras la caída de los meteoritos durante el Juicio, las instalaciones de Kriegstal operaban con una precisión de relojero. Decenas de soldados marchaban en formación, suministros eran transportados en vehículos pesados y los paneles tácticos brillaban con mapas globales.

—No se dejen impresionar por el movimiento —comentó Anton mientras caminaban por los amplios pasillos de piedra y cristal—. Afortunadamente, la situación en nuestro país ya se ha normalizado. La coordinación de nuestra red de defensa fue impecable durante la crisis del Juicio... y bueno, también ayudó bastante el poder de sanación de mi hermana. Quizás ya la conozcan, la comandante Shadow.

Máximo apretó los dientes al escuchar ese nombre. El recuerdo de su aplastante derrota en el patio de Épsilon volvió a quemarle por dentro. Anton notó la reacción, pero continuó el recorrido.

A través de los enormes ventanales del pasillo, Máximo y Timicha observaron los campos de entrenamiento. En el primer patio, un soldado sin camisa levantaba un bloque de concreto macizo del tamaño de una camioneta como si fuera de madera.

—Aquel de allá es uno de los estudiantes avanzados de Bruno —señaló Anton con orgullo—. Fuerza pura.

Más adelante, en una pista cerrada, otra recluta se desplazaba entre obstáculos. Máximo parpadeó y la joven desapareció de su vista, reapareciendo veinte metros más adelante dejando una estela de aire comprimido a su paso.

—Y ella entrena bajo la tutela de Lukas —añadió el gigante—. Velocidad.

Máximo tragó saliva. Si los alumnos son capaces de hacer esto... ¿qué tan lejos estoy yo de este nivel?, pensó, sintiendo cómo una mezcla de inseguridad y admiración le oprimía el pecho. Shadow lo había derrotado sin siquiera usar Vael. En Kriegstal, él no era más que un principiante.

No pudo contenerse más. Máximo alzó la mano firmemente.

—Señor Anton... tengo una pregunta sobre su hermana.

Anton se detuvo y se giró, mirándolo con curiosidad.

—¿Qué tan fuerte es la comandante Shadow en comparación con usted?

Anton se llevó una mano masiva a la mandíbula, rascándose la barba mientras hacía muecas de profunda reflexión, como si le hubieran planteado un problema matemático indescifrable.

—Mmm... La verdad es que es difícil decirlo —respondió finalmente Anton—. Desde que ambos despertamos el Vael, no nos hemos vuelto a enfrentar en un combate en serio.

Con un gesto despreocupado, Anton se abrió el chaleco militar. En el lado izquierdo de su pecho, prendidas sobre la tela, resplandecían cinco medallas de diseño impecable, idénticas a las que Máximo le había visto a Shadow.

—Shadow posee el título de la más fuerte de Kriegstal solo porque me ganó por un margen mínimo en la final del Kampfturnier —explicó Anton con una sonrisa nostálgica—. Antes de eso, yo era el campeón e invicto del país. Desde que despertamos el Vael, los dos nos hemos vuelto ridículamente más fuertes, así que no sabría decirte quién ganaría si peleáramos hoy. Pero ella tiene la corona actual.

Máximo contempló las insignias con asombro. En Kriegstal no había espacio para ambigüedades: el poder se demostraba en la arena y la jerarquía estaba escrita en metal.

El grupo continuó caminando hasta llegar a una plaza central cubierta, donde cinco figuras aguardaban en silencio. La sola presencia de aquel grupo emitía una presión que hizo que varios de los recién llegados dieran un paso atrás.

—Les presento a los Cinco Grandes Maestros de las Medallas —anunció Anton, abriendo los brazos con solemnidad—. Los verdaderos pilares de Kriegstal. Cada uno domina y representa la esencia de la medalla que les corresponde.

Anton los fue señalando uno a uno:

Bruno Hartmann, el maestro de la Fuerza. —¡ES TODO UN PLACER CONOCERLOS! —exclamó Bruno, un hombre de hombros gigantescos que sonrió ampliamente, haciendo crujir sus nudillos.

Lukas Schneider, el maestro de la Velocidad. —Espero que estén preparados para mantener el ritmo —dijo Lukas, con una postura afilada y ojos analíticos.

Felix Weber, maestro del Ingenio. —Será interesante ver qué tienen en la cabeza —murmuró Felix, ajustándose las gafas con una sonrisa calculadora.

Matthias Keller, maestro del Aguante. —Terminemos con esto de una vez —gruñó Matthias, cruzándose de brazos con la solidez de una montaña.

—Y por último, pero no menos importante, Hannah Müller, maestra de la Agilidad. —Haré lo posible por ayudarles a encontrar su equilibrio —expresó Hannah con una inclinación de cabeza serena.

Timicha observó las insignias que cada maestro llevaba en el cuello y susurró sorprendida:

—¿Entonces ellos fueron los que les dieron esas medallas tan llamativas a usted y a Shadow?

—Oye, antes de hablar pide permiso —le murmuró Máximo rápidamente al oído, dándole un codazo disimulado.

Anton soltó una carcajada resonance.

—Tienes toda la razón, señorita. Ellos son los examinadores. Poseer sus medallas te otorga el derecho directo a participar en el Kampfturnier. Lamentablemente, ahora mismo el torneo está en pausa por las secuelas del Juicio.

Anton dio una sola palmada que resonó como un trueno en el recinto.

—Bueno, los maestros están aquí para enseñarles. Entrenarán con cada uno de ellos y tendrán que absorber todo lo que puedan ofrecerles.

El entusiasmo y la determinación comenzaron a prender en los ojos de Máximo y Timicha. Sin embargo, antes de que Anton pudiera dar la siguiente instrucción, un muchacho del grupo que había viajado con ellos desde Varkenia alzó la mano.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 20.09.2026

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