Kenkyona reigi

Capítulo 23: La masa y el hierro

El aire helado del amanecer en Kriegstal quemaba en los pulmones. Frente a los veinticinco reclutas de Varkenia, Anton avanzó con pasos pesados, sosteniendo una libreta militar de cubiertas de cuero.

—A partir de hoy no hay tiempo que perder —comenzó Anton, paseando su mirada por el grupo—. Nuestro método de enseñanza no es lineal. Para dominar el combate real, deben aprender a adaptarse a diferentes doctrinas. Por eso, dividiremos a los veinticinco en cinco grupos de cinco integrantes. Cada día rotarán de maestro.

El gigante alzó la libreta, marcando los nombres con un lápiz de grafito.

—Grupo uno: a la cancha principal con Bruno. Grupo dos: a la pista de atletismo con Lukas. Grupo tres: a las salas de táctica con Felix. Grupo cuatro: al patio de impacto con Matthias. Y grupo cinco: al gimnasio de suspensión con Hannah. En cinco días, todos habrán probado el método de cada uno de los Pilares.

A Máximo le tocó el grupo uno; a Timicha, el grupo dos.

Antes de separarse, Máximo la miró con preocupación disimulada, acomodándole la tira de su peto de entrenamiento.

—Ten cuidado con el maestro de la velocidad. No te fuerces si sientes que el Vael se te descontrola de nuevo.

Timicha se cruzó de brazos y le dedicó una sonrisa llena de determinación.

—Más te vale esforzarte a fondo para que no te deje atrás —respondió ella—. Recuerda lo que te prometí.

—Eso jamás va a pasar —afirmó Máximo, apretando el puño.

—Entonces procura demostrarlo —sentenció Timicha antes de girarse y marchar hacia la pista.

En el área principal del patio de maniobras, Bruno Hartmann aguardaba de pie. Su torso masivo, descubierto a pesar del frío, estaba cruzado por cicatrices de antiguos entrenamientos. A su alrededor había toneladas de equipamiento: barras de metal macizo, sacos cargados de arena de río y bloques de piedra volcánica.

—El Vael es una herramienta formidable, pero si lo usan como una muleta, morirán el día que se les agote la energía —retumbó la voz de Bruno—. Hoy no usaremos una sola gota de energía interna. Hoy van a construir la base sobre la que se sostiene todo: la fuerza física pura.

Durante ocho horas, con breves descansos entre cada ejercicio, el grupo de Máximo cargó vigas de hierro, arrastró bloques de piedra sobre la grava y levantó pesas hasta que los antebrazos les sangraron por la fricción y las palmas de las manos se les llenaron de ampollas abiertas. Andrés, el muchacho que había desafiado a los maestros el día anterior, trabajaba a un ritmo frenético, apretando los dientes y negándose a soltar la carga a pesar de que los hombros le temblaban visiblemente.

Al caer la tarde, con los músculos ardiendo y el sudor congelándose en la piel, Bruno los reunió en el centro del cuadrilátero de tierra.

—Buen trabajo con el hierro —dijo Bruno, acomodándose las vendas de las manos—. Ahora veremos si esa fuerza sirve de algo cuando alguien intenta romperles la cara. Pelea de práctica, uno contra uno. Sin Vael.

El primer recluta avanzó, intentando un derribo básico. Bruno simplemente estiró el brazo, lo agarró por el cuello del uniforme y lo arrojó fuera del anillo como si fuera un saco de paja. El segundo y el tercero cayeron en menos de diez segundos tras recibir barridos secos a las piernas.

Llegó el turno de Máximo.

Avanzó con lentitud, asentando bien la planta de los pies en la tierra y adoptando la guardia que su antiguo maestro le había enseñado en la aldea. Bruno lo observó fijamente, entrecerrando los ojos.

—Tienes una mirada interesante, chico —comentó Bruno con un deje de curiosidad—. Me recuerdas a Shadow.

A Máximo se le congeló la expresión. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal y una mueca de auténtico rechazo cruzó su rostro al escuchar ese nombre. Bruno soltó una pequeña risotada.

—Vaya... tal parece que la conoces bastante bien.

—Sí —respondió Máximo con tono seco—. Algo así. Ella me mató cuando la conocí.

Bruno se le quedó mirando durante dos segundos enteros, parpadeando para procesar la frase.

—...¿Te mató?

—Sí.

—¿Y estás vivo?

—Más o menos.

Bruno soltó una carcajada profunda que hizo eco en el patio.

—Típico de Shadow. En fin, ¡muéstrame qué tienes!

Máximo arremetió de inmediato. Cortó la distancia y lanzó un derechazo directo a la mandíbula del maestro. El impacto conectó limpiamente contra el rostro de Bruno, pero la sensación fue como golpear una pared de ladrillo. Sin inmutarse, el maestro lanzó un puñetazo de contraataque cargado con todo el peso de su torso.

Aprovechando los fundamentos de desvío que le había enseñado su anterior instructor, Máximo cruzó los antebrazos y desvió la trayectoria del puño de Bruno. El aire desplazado por el golpe le rozó la oreja con un silbido sordo.

Bruno abrió los ojos, sorprendido por la técnica.

—¡Nada mal!

El gigante no le dio respiro. Bruno comenzó a soltar una ráfaga de golpes pesados. Máximo se movió desesperadamente, desviando el segundo y el tercero, esquivando el cuarto por milímetros. Pero cada impacto que rozaba sus brazos se sentía más abrumador que el anterior. La fuerza del maestro no era solo masa; era una presión constante que hacía crujir las articulaciones del chico.

Al quinto golpe, la defensa de Máximo colapsó. La guardia se le abrió por la fatiga y Bruno le encajó una palma abierta en el pecho. El impacto lo elevó unos centímetros y lo estampó de espaldas contra la tierra golpeada.

Máximo intentó levantarse, pero los brazos y las piernas le pesaban como si estuvieran hechos de plomo. Los músculos no le respondían.

—Descansa —le dijo Bruno, ofreciéndole una mano para ayudarlo a sentarse—. Lo hiciste bien. Tienes buena base de desvío.

Máximo se quedó tendido en el suelo, observando a Bruno mientras el maestro llamaba al siguiente. Sus golpes son tan pesados como los de Shadow, pensó Máximo, respirando con dificultad. Pero ella era aún más rápida... y mucho más precisa. Si este tipo es un monstruo de la fuerza, ella es algo peor.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 20.09.2026

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