Al día siguiente, mucho antes de que el primer rayo de sol despuntara sobre las frías cumbres de Kriegstal, el Grupo Uno fue conducido al extremo norte del complejo militar, donde se desplegaba la pista de atletismo y la zona de obstáculos.
Allí, con las manos profundamente hundidas en los bolsillos de su uniforme ajustado y una mirada de absoluta indiferencia, los aguardaba Lukas Schneider.
—No esperen que sea tan amable como Bruno —comenzó Lukas sin rodeos ni saludos protocolares—. Yo no me ando con rodeos ni juegos de fuerza bruta. Hoy van a aprender a moverse, o van a romperse en el intento.
Sin darles un segundo para adaptarse al aire helado, Lukas dio la orden. El entrenamiento arrancó a un ritmo sofocante: series interminables de sprints a máxima velocidad sobre la pista helada. Cuando los músculos de las piernas comenzaron a arder, el maestro les hizo sujetar arneses conectados a pesas de hierro y trineos con sacos de plomo. La orden era clara: generar potencia destructiva en la salida sin perder la forma.
Le siguió una sesión brutal de calistenia donde cada repetición era fiscalizada al milímetro por la mirada analítica de Lukas.
—¡Detente ahí! —ordenó Lukas, deteniéndose frente a un recluta—. Tienes los hombros demasiado elevados y la cadera desalineada. La velocidad no depende únicamente de tener piernas fuertes. La postura del cuerpo lo es todo, desde la curva de los pies hasta la oscilación de los brazos. Si desperdician movimiento, desperdician energía y regalan milisegundos que en el campo de batalla significan la muerte.
Lukas se paseaba entre los jóvenes corrigiendo detalles mínimos: la inclinación del torso, la forma en que los metatarsos impactaban contra el suelo y el ángulo de flexión de los codos. Repitieron cada arrancada decenas de veces hasta que la memoria muscular empezó a asimilar la fluidez del movimiento.
El maestro otorgó descansos estratégicos y calculados para permitir que los cuerpos recuperaran el oxígeno necesario y pudieran rendir al máximo en la siguiente tanda de exigencia.
Al mediodía, llegó la pausa para la comida, un momento que rápidamente se convirtió en el favorito de los soldados. La logística de Kriegstal no escatimaba en recursos: las mesas del comedor estaban colmadas con banquetes vastos, destacando enormes bandejas de carne asada, estofados densos y carbohidratos complejos. La ración proporcionaba la energía y las proteínas necesarias para que el desgaste destructivo de las sesiones fuera asimilado por los músculos.
—Si todos los días entrenamos a este ritmo, voy a terminar comiéndome una vaca entera yo solo —murmuró uno de los reclutas, devorando un trozo de carne con desesperación.
—Agradécelo —respondió Máximo a su lado, masticando con calma—. Si no comemos esto, mañana no nos levantamos de la cama.
A la una de la tarde, el entrenamiento se reanudó sin piedad. Volvieron a las pistas y a los circuitos de agilidad hasta que las sombras de la tarde empezaron a alargarse sobre la nieve. A las cinco en punto, Lukas mandó a detener los ejercicios. El grupo estaba exhausto, con el sudor secándose frío sobre la ropa y los pulmones quemando.
Lukas caminó hacia el centro del anillo de práctica, se quitó la chaqueta del uniforme y la dejó caer a un lado.
—Suficiente preparación —dijo el maestro, cruzando los brazos sobre el pecho—. Vengan. Acá los espero.
Los combates uno contra uno comenzaron de inmediato. Si el entrenamiento con Bruno había sido una demostración de aplastante masa física, lo de Lukas era una exhibición de pura inalcanzabilidad. Ninguno de los peleadores lograba durar más de diez segundos de pie. Lukas se movía con una gracia quirurgica, esquivando los ataques por milímetros y conectando golpes secos en las articulaciones y el plexo solar que dejaban a los reclutas sin aire sobre la tierra.
Máximo observaba desde la línea de espera, con la respiración agitada. Al ver la fluidez del maestro, a la mente se le vino de inmediato la imagen de Shadow. Recordó la velocidad sobrehumana con la que ella lo había liquidado. Comenzó a comprender con escalofriante claridad que, si Shadow había sido capaz de derrotar a los cinco maestros de Kriegstal al mismo tiempo, su nivel era sencillamente una locura inalcanzable.
—Siguiente —marcó Lukas.
Era el turno de Máximo.
El joven avanzó y se colocó en posición de pelea, asentando la guardia corta.
—Vamos —dijo el maestro.
En un parpadeo, Lukas recortó la distancia. Máximo intentó subir los brazos para protegerse, pero los puños del maestro penetraron su defensa con una precisión aterradora, golpeando sus puntos vulnerables: el hígado, las costillas flotantes y la clavícula. Cuando Máximo intentó contraatacar con un zurdazo, Lukas esquivó el puño sin tener que moverse de su sitio; un leve giro de cadera, una inclinación milimétrica de la cabeza, y el golpe de Máximo solo cortó el aire.
Su juego de pies y el control de su centro de gravedad eran extraordinarios. Máximo sentía como si estuviera intentando golpear a un fantasma.
Apremiado por el dolor, Máximo saltó hacia atrás para tomar distancia y recuperar el aliento.
Lukas no lo persiguió de inmediato. Lo observó con una ceja levantada.
—Sí que eres duro —comentó el maestro, evaluándolo—. Los otros a estas alturas ya habían caído inconscientes o sin aire.
Máximo no dijo nada. Guardó silencio porque sabía la verdad: dentro de sí mismo pensaba que si hubiese recibido de lleno un par más de esos golpes dirigidos a los puntos de presión, también se habría desplomado sin remedio.
Lukas volvió a arremeter a toda velocidad.
En ese instante, un escalofrío helado recorrió el cuerpo de Máximo desde la nuca hasta los talones. Un instinto primario y salvaje le gritó: ¡PELIGRO!
Sin pensarlo, sin calcularlo y movido puramente por esa punzada de supervivencia, Máximo levantó el antebrazo izquierdo para cubrirse el rostro.