Kenkyona reigi

Capítulo 25: La muralla inamovible

Al tercer día de rotación, el Grupo Uno fue guiado hacia el patio sur, un terreno abierto rodeado por bloques de piedra maciza y barriles rellenos de arena de hierro.

Allí los aguardaba Matthias Keller. El maestro del aguante estaba sentado sobre una roca, con los puños apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el suelo. Tenía la espalda encorvada con evidente flojera y parecía arrastrar una pesada apatía. Al percatarse de la llegada de los reclutas, se puso de pie de forma parsimoniosa, sin demostrar la menor prisa o interés.

Se detuvo frente al grupo con los hombros caídos y los miró de reojo.

—Mi nombre es Matthias —se presentó con una voz arrastrada pero extrañamente pesada—. Hoy seré su maestro. Tengan en cuenta que no me importa lo más mínimo si ustedes son capaces de seguir el ritmo o no. Si tienen alguna queja, pueden largarse ahora mismo; me da igual. Solo los que aguanten este entrenamiento seran capaces de seguir adelante y mejorar.

Un recluta del fondo levantó ligeramente la mano y se atrevió a formular una duda:

—¿Qué clase de entrenam...?

Matthias alzó la mano derecha en seco y lo calló de inmediato. El recluta cerró la boca al instante.

—¿Quién te dio permiso para hablar? —preguntó Matthias, entornando los ojos. El recluta se quedó helado ante la presión gélida que desprendía el maestro—. Acá el único que habla soy yo. El único que opina soy yo. Ustedes no tienen por qué abrir la maldita boca.

El soldado bajó la mirada al suelo, en silencio.

—Empecemos —sentenció el maestro.

El entrenamiento de Matthias no se parecía en nada al esfuerzo físico brutal de Bruno ni a la búsqueda de precisión de Lukas. El objetivo del pilar del aguante era templar el cuerpo para convertirlo en un blindaje biológico.

Comenzaron condicionando la piel y los músculos a través de golpes controlados: los reclutas debían encajar impactos continuos en los brazos, muslos y torso para adormecer los receptores del dolor y endurecer las fibras muscularas. Luego pasaron a fortalecer la zona media, acostándose sobre la tierra húmeda para soportar pesadas cargas de metal sobre el abdomen durante periodos prolongados, recibiendo descansos breves y cronometrados solo para recuperar el oxígeno justo antes de retomar la exigencia.

Posteriormente, sostuvieron posturas estáticas de combate que obligaban a todos los músculos del cuerpo a trabajar al límite bajo tensión isométrica. Finalmente, ejercitaron intensamente la musculatura del cuello mediante resistencia de tensores para prevenir conmociones cerebrales o evitar que flaquearan fácilmente tras recibir impactos directos en la cabeza.

Tras horas de castigo físico continuo, el sol comenzó a declinar sobre Kriegstal. Matthias los reunió alrededor del cuadrilátero de tierra.

—Hora del combate —anunció el maestro, estirando perezosamente los brazos—. En esta pelea quiero que lo den todo. No se vayan a contener.

Los reclutas se miraron entre sí con extrañeza. Nadie entendía bien por qué pedía que no se contuvieran, considerando que se enfrentaban a un veterano de guerra, pero de todas formas tomaron posiciones.

Máximo echó una ojeada al grupo y notó la ausencia de Andrés. Su lugar permanecía vacío; el muchacho continuaba inconsciente en la enfermería tras el castigo propinado por Lukas el día anterior.

Sin dudarlo, Máximo dio un paso al frente. Ahora era él quien abriría el telon contra el maestro. A pesar de los dolores que recorrían su cuerpo por el entrenamiento diario, sentía una punzada de emoción en el pecho por descubrir la forma de pelear de este nuevo Pilar.

Máximo se colocó en posición de combate, asentando bien la guardia. Matthias, por su parte, apenas se paró bien, manteniendo la misma postura despreocupada y dejando el torso totalmente expuesto.

—Ven —dijo Matthias.

La pelea empezó. Máximo se recortó la distancia con solidez y lanzó un derechazo directo a la cara de Matthias cargado con toda su fuerza disponible.

¡PUM!

El impacto sonó seco, conectando limpiamente contra la mandíbula del maestro. Sin embargo, la cabeza de Matthias no se movió ni un solo centímetro.

Máximo se quedó perplejo. No esperaba conectar un golpe directo tan fácilmente, o mejor dicho, no esperaba que el maestro ni siquiera intentara esquivarlo o bloquearlo. Se había dejado golpear a propósito.

Con el puño de Máximo todavía apoyado sobre su cara, Matthias lo miró fijamente y dijo con voz apagada:

—Mi turno.

Matthias lanzó un puñetazo frontal a la cara de Máximo. La fuerza del golpe fue tal que mandó a Máximo varios metros hacia atrás.

El joven sacudió la cabeza, reincorporándose rápidamente. Respiró hondo y dedujo la situación: Matthias no era rápido ni buscaba la agilidad de Lukas, pero era absurdamente resistente. Entendiendo eso, Máximo volvió a arremeter sin dudarlo. Asestó una combinación feroz: un gancho al abdomen, un zurdazo a las costillas y un impacto ascendente a la mandíbula de Matthias.

El maestro apenas se inmuto.

Máximo sintió como si estuviera golpeando un bloque de acero macizo con los puños desnudos. La expresión indiferente en el rostro de Matthias empezó a pesarle como una losa. Antes de que Máximo pudiera retroceder, Matthias le atrapó el brazo izquierdo como una prensa de hierro. El agarre era tan brutalmente aplastante que Máximo sintió que los huesos del antebrazo se le iban a romper en cualquier momento.

Máximo comenzó a golpear desesperadamente a Matthias con el brazo libre, buscando sus puntos débiles para liberarse, pero fue inútil; las arremetidas no hacían mella en el gigante.

—Mi turno —repitió Matthias.

El maestro descargó un puñetazo directo al abdomen de Máximo. El golpe fue tan violento que a Máximo se le escapó todo el aire de los pulmones al instante.

Máximo no se cubría no porque no quisiera hacerlo, sino porque no comprendía cómo era posible que el maestro dejara que lo golpearan sin inmutarse, una dinámica desconcertante que no le daba tiempo de reaccionar cuando venía el contraataque.



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En el texto hay: fantasia, accion, aventura

Editado: 20.09.2026

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