El cuarto día de rotación amaneció con un frío seco que congelaba el aliento en el aire. El Grupo Uno fue conducido al gimnasio de suspensión, una amplia sala de techos altos cruzada por vigas de madera, cuerdas tensas y colchonetas de cuero.
Allí los aguardaba Hannah Müller. La maestra de la agilidad vestía una camiseta ajustada y pantalones elásticos que facilitaban el movimiento. Al ver llegar al grupo, los recibió con una inclinación de cabeza serena y una sonrisa respetuosa.
—Bienvenidos —saludó Hannah con voz suave pero clara—. Para el entrenamiento de hoy les sugiero que usen ropa pegada al cuerpo, porque vamos a estirar cada músculo y articulación que poseen.
Tras cambiarse en los vestidores, los soldados regresaron a la sala. Hannah se colocó en el centro, adoptando una postura relajada.
—Para dominar la agilidad no se requiere fuerza bruta ni rigidez —les explicó, deslizándose a una posición de split completo sobre el suelo de madera con una facilidad pasmosa—. Tienen que soltar el cuerpo. Deben ser capaces de moverlo a voluntad en cualquier ángulo y bajo cualquier presión. Esa es la verdadera clave.
El entrenamiento arrancó con una sesión de estiramientos que resultó ser una tortura silenciosa para la mayoría. Hannah los obligó a realizar aperturas de piernas extremas, a llevar el torso completamente plano contra el suelo con las piernas extendidas y a ejecutar torsiones de columna que hacían crujir la articulación de las caderas.
Máximo apretaba los dientes, sintiendo que los tendones de sus piernas estaban a punto de romperse. ¿Cómo demonios me va a ayudar a pelear el estar estirándome de esta forma?, pensó Máximo con una gota de sudor frío recorriéndole la sien.
Al llegar al mediodía, el trabajo mutó hacia la calistenia avanzada. Hannah les enseñó que controlar el propio peso corporal era el pilar fundamental para la movilidad aérea y los cambios de dirección instantáneos. Realizaron flexiones en suspensión sobre cuerdas, dominadas a una mano y transiciones de equilibrio sobre vigas estrechas. A varios reclutas les costaba enormemente mantener la estabilidad; la falta de flexibilidad les restaba fluidez en cada ejercicio.
Al caer la tarde, la parte física concluyó. Hannah los reunió en el centro de las colchonetas para dar inicio a los combates uno contra uno.
Andrés, quien había permanecido en un silencio sombrío durante todo el día, caminó hacia un rincón de la sala y se sentó en el suelo con la espalda apoyada contra la pared. Se quedó observando atentamente, con los brazos cruzados y una expresión indescifrable en el rostro.
Máximo dio un paso al frente para abrir la ronda. Se colocó en posición, midiendo a la maestra. Hannah adoptó una guardia baja y liviana, casi como si estuviera flotando sobre la colchoneta.
—Cuando gustes —dijo ella con calma.
Máximo se acercó despacio, buscando medir la distancia. Conectó una finta corta y lanzó un derechazo rápido directo al rostro de Hannah. En el preciso instante en que el puño parecía rozarle la piel, la maestra arqueó el torso hacia atrás de forma inverosímil, esquivando el ataque mientras giraba sobre su propio eje. En un fluido movimiento de hélice, aprovechó el impulso del giro y le conectó una patada precisa en la quijada.
El golpe desestabilizó a Máximo, haciéndolo tambalearse hacia un lado. Intentó afirmarse rápidamente en el suelo y lanzó una patada barrida a las piernas de la maestra para derribarla. Hannah ni siquiera intentó bloquear: saltó limpiamente por encima de la pierna de Máximo y, en pleno aire, le asestó una segunda patada en el pómulo.
Máximo cayó de espaldas contra la colchoneta.
Hannah no persiguió el ataque. Aterrizó con la ligereza de una pluma y esperó pacientemente a que el joven se reincorporara.
Máximo se puso de pie, sacudiéndose el mareo. Mientras respiraba hondo, comenzó a analizar la situación: los golpes de Hannah no tenían la devastadora masa física de Bruno, ni su velocidad era la ráfaga invisible de Lukas. Sin embargo, por alguna razón, resultaba casi imposible rozarla o predecir su trayectoria.
Continuó su ataque, arremetiendo con una combinación continua de puñetazos. Pero Hannah no peleaba contra la fuerza de Máximo: la usaba a su favor. Cada vez que el chico lanzaba un golpe pesado, la maestra utilizaba la inercia del propio ataque de Máximo para desviar el impacto, deslizarse por su costado y contraatacar con un golpe denso en zonas blandas.
Como si fuera un tornado de movimientos continuos, le conectó un golpe seco en el plexo que le entumeció los músculos del torso por un segundo. Aprovechando esa parálisis momentánea, le encajó dos patadas rápidas: una a las costillas y otra directa a la zona baja, haciendo que la guardia de Máximo colapsara. Finalmente, enganchó con el tobillo la pierna de apoyo del muchacho y lo tiró al suelo de forma limpia.
Máximo quedó tendido boca arriba, buscando aire. Se dio cuenta de algo vital: aunque el físico de Hannah no fuera imponente, ella controlaba la densidad de cada impacto concentrando todo su peso corporal a voluntad en el punto de contacto. Sus golpes no eran devastadores por masa, sino por concentración y movilidad.
Máximo intentó hacer fuerza con los brazos para levantarse una vez más, dispuesto a continuar. Pero Hannah le tendió la mano con una sonrisa serena.
—Hasta acá está bien —le dijo suavemente—. Ya aprendiste lo que necesitabas aprender hoy. No quiero que se lastimen más de lo que sus cuerpos ya están.
Máximo miró la mano de la maestra y la aceptó, poniéndose de pie. Se retiró a un costado y se sentó junto a los demás mientras los combates continuaban.
El único que no peleó fue Andrés. Cuando llegó su turno, se puso de pie, miró a la maestra y dijo con voz helada:
—No voy a pelear. No quiero golpear a una mujer.
Varios reclutas se miraron entre sí en silencio. Hannah inclinó levemente la cabeza, manteniendo la compostura.