Las primeras luces de la mañana apenas arañaban el horizonte cuando Shadow ajustó por última vez la correa de su mochila. La brisa fresca le rozaba las mejillas, trayendo consigo el aroma familiar a tierra húmeda y al pan recién horneado que comenzaba a escapar por la chimenea de don Mateo.
El pueblo despierta despacio, pero a esa hora la gente que trabajaba con la tierra ya estaba en marcha.
—¡Llevas suficiente provisiones, muchacha! —le gritó el viejo panadero desde la puerta de su local, agitando una bolsa de trapo blanca antes de arrojársela con una puntería admirable. Shadow la atrapó en el aire con una soltura casi instintiva. Al abrirla, un vapor tibio y dulce le acarició el rostro—. ¡Cortesía de la casa! ¡Si vas a recorrer el país, más te vale no volver delgada, que harás quedar mal a la comida de este lugar!
—¡Gracias, don Mateo! —exclamó ella, dedicándole una sonrisa radiante antes de guardarse el pan.
A unos metros de distancia, junto al pozo de agua, el pequeño Lucas la observaba escondido tras la falda de su madre. Tenía en la mano un palo de madera pulida que usaba para imitar las posturas del torneo. Shadow se detuvo un instante a su lado, se agachó para ponerse a su altura y le dio un golpecito suave con dos dedos en la frente.
—Sigue entrenando, enano. Cuando vuelva, quiero ver si eres capaz de esquivar mi primer golpe.
El niño asintió con vehemencia, los ojos brillándole de una devoción pura.
Shadow se erguió, tomó aire y echó a andar con paso firme. Cruzó el arco de piedra desgastada que marcaba el límite oficial de su hogar. Tras de ella, las chimeneas echaban humo y la vida cotidiana continuaba su curso parsimonioso. Frente a ella, el camino de tierra se ramificaba entre colinas verdes y bosques profundos que se perdian en la distancia.
Cinco medallas.
Cinco maestros.
Y un país entero entre ella y su hermano.
Shadow apretó los puños. La emoción contenida durante semanas en su pecho estalló en un impulso incontrolable. Dio un salto sobre el primer escalón de piedra del camino y empezó a correr.
Para cualquiera, caminar miles de kilómetros habría parecido una tortura o una prueba de resistencia insufrible. Para Shadow, era simplemente un gimnasio al aire libre infinitamente grande.
—Si voy a caminar mil kilómetros, sería absurdo desperdiciar todo ese tiempo —murmuró entre dientes, acelerando el paso.
En lugar de avanzar a una marcha constante y cansina, transformó el trayecto en su propio circuito de entrenamiento. Saltaba sobre las raíces gruesas que emergían del suelo, usaba las ramas bajas de los robles para impulsarse y dar volteretas en el aire, y practicaba sombras de puñetazos contra las ráfagas de viento que bajaban de las montañas. Cada paso era un cálculo de equilibrio; cada roca en el camino, una oportunidad para ajustar la postura de sus tobillos.
El sudor le empapaba la frente y el pecho le ardía por el esfuerzo constante, pero en su rostro no había atisbo de agotamiento. Solo una sonrisa amplia, casi salvaje, alimentada por el entusiasmo de saber que cada metro recorrido la acercaba un milímetro más a su meta.
Sin embargo, el entusiasmo no llenaba el estómago.
Al tercer día, las provisiones de don Mateo y la comida que sus padres le habían preparado se acabaron por completo. El rugido de su vientre resonó en la soledad del bosque, recordando a Shadow una lección fundamental: viajar no solo consistía en correr y entrenar; también significaba aprender a sobrevivir.
—Muy bien —se dijo a sí misma, deteniéndose junto a un arroyo—. Hora de cazar.
Su primer objetivo fue un conejo silvestre que mordisqueaba hierba a pocos metros. Shadow se agazapó entre los matorrales, contuvo la respiración y se lanzó hacia adelante con un impulso explosivo. El resultado fue nefasto. El animal reaccionó al crujido de una sola hoja seca y desapareció entre la maleza antes de que ella pudiera siquiera extender los brazos. Shadow terminó de cara contra la tierra.
El segundo intento fue contra un ave de plumas oscuras posada en una baja. Intentó abalanzarse desde la copa de un árbol vecino, pero calculó mal la distancia, la rama cedió y cayó estrepitosamente sobre un arbusto de espinas.
—Eso... no contó —gruñó, quitándose las hojas de la cabeza mientras se limpiaba un rasguño en la mejilla.
En el tercer intento, Shadow decidió dejar de lado la fuerza bruta. Se quedó inmóvil junto a una charca de agua limpia, observando los patrones de movimiento de las aves que bajaban a beber. Esperó. Con la paciencia de un depredador y la lectura atenta que le dedicaba a los combates, anticipó el momento exacto en que un faisán distraído bajó la guardia.
Con un movimiento rápido y limpio, usando la flexión de sus piernas como un resorte, se deslizó sobre la hierba húmeda y atrapó al ave por las patas antes de que pudiera alzar el vuelo.
—¡LO HICE! —gritó Shadow al cielo, levantando la presa con ambas manos como si acabara de alzar el trofeo del Kampfturnier ante diez mil personas.
Cinco minutos después, la Euforia se había evaporado. Shadow estaba sentada frente al pájaro muerto, con dos piedras en la mano para intentar encender una hoguera y una expresión de absoluta perplejidad.
—Bien... ¿y ahora cómo se le quitan las plumas a esta cosa?
El olor a madera quemada y grasa derretida la acompañó hasta la tarde siguiente, cuando el sendero de tierra se unió a un camino comercial más ancho. El sol empezaba a declinar, tiñendo el horizonte de tonos cobrizos, cuando un estruendo metálico y una serie de chasquidos violentos rompieron la calma de la tarde.
Shadow aguzó el oído. El traqueteo de las carretas, gritos humanos enardecidos y el rugido gutural de bestias salvajes.
Sin pensarlo dos veces, echó a correr hacia la curva del camino. Al cruzar el recodo, se topó con la escena: dos grandes carretas de mercaderes estaban rodeadas en un estrecho paso entre la pared de la colina y un barranco. Un grupo de cuatro lobos de crin gris —animales del tamaño de becerros, famosos por su agresividad— atacaban a los guardias. Uno de los hombres yacía en el suelo con la pierna sangrando, mientras otro intentaba contener a dos de los depredadores con una lanza temblorosa.