Día 1 (desde el pueblo de paso)
El polvo que levantaban las ruedas de la caravana de Tobías aún no se había asentado del todo cuando Shadow echó a correr de nuevo. Dejaba atrás el pueblo comercial de paso, el último lugar donde había probado comida caliente y dormido bajo un techo seguro. Frente a ella se abría el verdadero tramo salvaje del camino hacia Aquisgrán.
Revisó la brújula de bronce que le había regalado el mercader, sintiendo su peso contra el pecho. Tenía los pulmones llenos de aire fresco y el corazón latiendo a mil por hora, alimentado por la pura emoción de la ignorancia.
—¡Solo faltan diecisiete días! —exclamó al viento, alzando un puño cerrado mientras aceleraba el paso.
Para ella, diecisiete días más de viaje eran simplemente cuatrocientas ocho horas de aventura, un pequeño parpadeo entre la despedida de los mercaderes y su primera medalla. No tenía la menor idea de lo que significaba devorar cientos de kilómetros a pie, ni del precio que el camino le cobraría a sus músculos. Solo sabía correr.
Día 4
Las piernas le ardían con una quemazón constante y sorda.
Shadow se detuvo junto a un hito de piedra al borde del camino, apoyando las manos en las rodillas mientras recuperaba el aliento. Sus botas estaban cubiertas por una capa gruesa de barro seco y las pantorrillas se le sentían duras como el roble. Había dejado atrás valles y ríos, avanzando a un ritmo despiadado que habría agotado a un caballo de carga.
Sin embargo, mientras se limpiaba el sudor de la frente, notó algo extraño. La fatiga que el primer y segundo día la obligaba a desplomarse sobre la hierba ya no la tumbaba. Respiró hondo, enderezó la espalda y sintió cómo su ritmo cardíaco se estabilizaba mucho más rápido que antes. Su cuerpo, terco e inflexible, empezaba a comprender la exigencia. Estaba cambiando, adaptándose a la fuerza a la rutina de una caminante de largas distancias.
Día 7
La selva baja del centro del país ofrecía recursos, pero solo para quien supiera tomarlos.
A diferencia del desastre que fue su primera cacería, Shadow aguardaba ahora agazapada sobre una rama gruesa, observando las marcas profundas en la tierra y el follaje pisoteado. Había aprendido a leer el bosque: el quiebro diminuto de una rama, la humedad de una huella fresca, la dirección del viento que podía delatar su presencia.
Un jabalí joven avanzó entre los matorrales. Shadow no dudó ni esperó a que se asustara. Se dejó caer en un movimiento limpio, usando el peso de su propio cuerpo para someter a la presa antes de que esta pudiera reaccionar.
Dos horas más tarde, el olor a carne asada con hierbas silvestres impregnaba su campamento improvisado. La hoguera chisporroteaba bajo un fuego controlado y la carne estaba en su punto, lejos del trozo de carbón agrio que había comido semanas atrás.
—No está nada mal —murmuró para sí misma con orgullo, dándole un mordisco abundante. La supervivencia ya no era un obstáculo caótico; se estaba convirtiendo en una segunda naturaleza.
Día 10
El cielo se transformó en un manto plomizo antes del mediodía y luego se desplomó.
La lluvia cayó con una furia implacable, convirtiendo el sendero en un lodazal espeso que amenazaba con sacarle las botas a cada paso. Shadow intentó mantener el ritmo, apretando los dientes y cubriéndose el rostro con el antebrazo, pero el agua le cegaba los ojos y el viento helado le calaba los huesos.
Terminó refugiándose bajo la copa tupida de un roble milenario, tiritando de frío y completamente empapada. El agua le goteaba del cabello, resbalando por su barbilla y cayendo sobre sus brazos cruzados. A través de la cortina de lluvia, el mundo parecía infinitamente grande, gris y desolado.
Miró hacia atrás, en dirección a la nada. Por primera vez desde que salió de su casa, sintió el peso real de la distancia. El calor del horno de don Mateo, el olor de su habitación y las voces de sus padres quedaban ahora a cientos de kilómetros de distancia, sepultados bajo la tormenta. Una punzada de soledad le oprimió el pecho. Era un sentimiento pequeño, pero pesado.
Cerró los ojos, apretó los puños contra sus hombros y esperó a que pasara la noche.
Al alba, cuando el sol volvió a asomar entre las nubes dispersas, Shadow se puso en pie, se escurrió la chaqueta mojada y volvió a pisar el barro. La duda había durado lo que duró la lluvia.
Día 13
El terreno cambió bruscamente, transformándose en una meseta rocosa llena de desniveles, pendientes empinadas y bloques de piedra esparcidos como dados gigantes. El lugar perfecto.
En lugar de rodear el terreno, Shadow decidió atravesarlo por el camino más difícil. Usó la inclinación del suelo para entrenar su resistencia, corriendo cuesta arriba hasta que las piernas le quemaban, haciendo flexiones explosivas sobre las rocas y saltando entre las grietas para poner a prueba su equilibrio.
En la cima de una gran formación rocosa, comenzó a practicar los movimientos que había memorizado de su hermano: la transición fluida entre la defensa y el ataque, el giro preciso de la cadera para desviar un impacto, el uso exacto de la distancia. Intentó replicarlos uno a uno.
Al principio, sus propios movimientos eran toscos. Pero a medida que pasaban las horas, ocurrió algo. Su cuerpo, ahora más magro y firme gracias a la paliza del viaje, respondía de forma distinta. La velocidad con la que corregía la postura, la facilidad para cambiar el centro de gravedad y la fluidez de sus puñetazos ya no se sentían forzadas. Lo que antes requería una concentración absoluta, comenzaba a fluir de manera natural. El camino la estaba moldeando.
Día 15
Los cuarenta kilómetros diarios, que al principio del viaje sonaban como una cifra aterradora y destructiva, se convirtieron en su norma.
Ya no necesitaba detenerse a mitad del día a recuperar el aliento. Caminaba y trotaba con una cadencia hipnótica, devorando terreno bajo el sol candente sin que su postura se desmoronara. No había sido un milagro ni un Don repentino; era el resultado acumulado de semanas seguidas de exigencia, sudor, dolor muscular y perseverancia.