Kenkyona Reigi: Shadow's Reise

Capítulo 4: La montaña

El bullicio de Aquisgrán golpeó los sentidos de Shadow antes de que siquiera cruzara sus murallas.

Si su pueblo natal era un susurro y las villas de paso eran simples pausas en el camino, Aquisgrán era un rugido. Era una ciudad construida sobre y para la fuerza. Las calles de adoquines anchos estaban bordeadas por estandartes rojos y dorados que flameaban con el viento, todos ellos estampados con el puño de bronce aplastando una montaña. Esculturas de piedra que retrataban al maestro local adornaban las plazas, los puestos de mercado vendían talismanes de hierro pesado y comida abundante orientada a los atletas, y en cada esquina no se hablaba de otra cosa que no fuera de los valientes que llegaban para intentar reclamar la gloria.

—¿Es tu primera vez en Aquisgrán, niña? —le preguntó un comerciante de especias mientras ella pasaba, impresionado por el ritmo constante con el que Shadow cargaba su mochila.

—Sí —respondió ella sin detenerse, ajustándose la brújula al cuello.

—Entonces prepárate. Aquí no vienes a conseguir una medalla. Vienes a intentar mover una montaña.

Shadow sonrió para sus adentros. La idea de una montaña con piernas no le intimidaba; le encendía la sangre.

Avanzó por la avenida principal hasta que las casas de madera quedaron atrás y la calle desembocó en una gran plaza inclinada. Al fondo se erigía el Templo de la Fuerza. La construcción era monumental, con enormes columnas de basalto tallado a mano y arcos de piedra ancestrales que parecían haber resistido el paso de los siglos sin un solo rasguño. En el patio central de la entrada, despejado para la lucha, un combate ya estaba en curso.

Y fue allí donde vio al maestro por primera vez.

Incluso en un país donde los hombres corpulentos abundaban, él destacaba de inmediato. Shadow medía aproximadamente 1,80 metros —una estatura impresionante para una chica de su edad que solía obligarla a mirar a la mayoría hacia abajo—, pero aquel hombre medía al menos 1,85 metros y poseía una presencia física de una escala completamente distinta. Era robusto, con hombros tan anchos como la puerta de una cabaña, pectorales gruesos como escudos de roble y brazos llenos de cicatrices que delataban décadas de combates.

Un retador, un tipo musculoso con el torso desnudo y las manos vendadas, se lanzó hacia adelante con un rugido. Lanzó un puñetazo directo a la garganta del maestro con toda la inercia de su cuerpo.

El maestro no se movió. No cambió la posición de sus pies ni alzó la guardia. Esperó.

Recibió el impacto de lleno en el pecho. El sonido del puño chocando contra su carne no fue el de un golpe normal; fue un chasquido sordo, como si la mano del retador hubiera impactado contra un bloque de granito macizo. El retador soltó un alarido, tomándose las muñecas magulladas.

Sin perder un segundo el equilibrio, el maestro dio un medio paso fluido, metió la cadera y, con un solo empuje de la palma de su mano izquierda en el torso del contrincante, lo mandó a volar.

¡BOOM!

El tipo salió despedido cinco metros por el aire antes de estrellarse contra el suelo de piedra, levantando una nube de polvo. Quedó tendido de espaldas, jadeando sin aire.

El impacto retumbó en las paredes del patio. Shadow abrió los ojos de par en par, deteniendo el paso por completo. Esperaba ver gritos de asombro o caras de pánico entre los presentes, pero al mirar a su alrededor se encontró con la más absoluta indiferencia. Decenas de espectadores y guerreros sentados en los peldaños de piedra del templo ni siquiera parpadearon. Algunos comían fruta; otros continuaban vendándose los nudillos o conversando en voz baja.

¿Nadie va a reaccionar?, pensó Shadow, parpadeando desorientada. Esto es lo habitual aquí.

La sorpresa de Shadow aumentó cuando el maestro avanzó hacia el hombre derribado. Su apariencia física decía "no te acerques", pero la expresión de su rostro decía exactamente lo contrario. Tenía una sonrisa amplia, cálida y genuinamente alegre.

—¡Buen combate! —exclamó con una voz profunda y retumbante que transmitía una vitalidad contagiosa. Le extendió una mano gigantesca al retador y lo levantó del suelo de un solo tirón como si fuera un saco de paja—. ¡Mucho mejor que ayer! ¡Casi me haces retroceder medio paso!

El tipo derrotado, sobándose las costillas con una mueca de dolor, lo miró con sospecha.

—¿Eso era sarcasmo, maestro Bruno?

—No, no —dijo Bruno, dándole una palmada tan fuerte en la espalda que casi lo hace caer de nuevo—. Bueno... un poquito. ¡Pero la intención estuvo excelente! ¡A entrenar esas piernas!

El derrotado se fue cojeando pero sonriendo, agradecido por la lección. Shadow no perdió tiempo. Ajustó la correa de su mochila, dio varios pasos firmes hacia la arena y levantó la barbilla.

—¡Quiero enfrentarme a usted! —declaró con voz clara, haciendo resonar sus palabras en el patio.

Bruno se giró lentamente, limpiándose el sudor del cuello con un trapo grueso. La miró de arriba abajo, midiendo su altura y la soltura de su postura.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Tienes alguna medalla previa?

—Todavía no. Esta será la primera.

El maestro soltó una risa corta y agradable.

—Entonces tendrás que esperar tu turno, muchacha.

Shadow arqueó una ceja, confundida.

—¿Esperar?

Bruno levantó un brazo enorme y señaló el perímetro del patio.

—No eres la única que vino desde lejos para intentarlo.

Shadow giró la cabeza y recién entonces comprendió el panorama real. Las personas sentadas en los peldaños de piedra no eran simples espectadores. Eran retadores. Había hombres y mujeres de distintas disciplinas: algunos practicaban estiramientos en una esquina, otros repasaban técnicas con sombras en la pared, varios descansaban con compresas de hielo en las articulaciones. Todos compartían la misma mirada hambrienta y la misma meta.

La fila para la Medalla de la Fuerza era larga.



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En el texto hay: torneo, aventura, rivalidad

Editado: 27.08.2026

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