La partida de Aquisgrán no tuvo la prisa ni la incertidumbre de los primeros días. Mientras la bruma matutina se disipaba sobre las avenidas de piedra, Shadow caminó por el sector comercial rodeada del murmullo afectuoso de los locales.
Los comerciantes a los que había ayudado semanas atrás se acercaron a despedirla. La dueña del puesto de víveres le entregó un envoltorio de tela con tiras de carne seca y fruta deshidratada; el viejo vendedor de hortalizas le regaló un saco de cuero impermeabilizado para el agua, y hasta el herrero de la plaza le dio un par de agujas gruesas y cordel de cáñamo para reparar sus botas si el camino las desgastaba. Shadow recibió cada gesto con una amplia sonrisa, guardando todo en su morral con verdadera gratitud.
En la gran arcada de salida de la ciudad la esperaba el maestro Bruno. Tenía un parche de tela sobre la nariz y los brazos cruzados, pero su postura erguida imponía el mismo respeto de siempre.
—No puedes conquistar un país entero mirando solo el barro bajo tus pies, muchacha —dijo el coloso, extendiéndole un rollo de pergamino grueso atado con una correa de cuero.
Shadow lo desplegó. Era un mapa detallado del territorio de Kriegstal, con sus cordilleras, rutas comerciales y asentamientos principales dibujados a tinta negra.
—Aquisgrán quedó atrás —añadió Bruno con firmeza—. Ahora el mundo es más grande. Cuida esa medalla y no dejes de entrenar.
—No lo haré, maestro —respondió Shadow, guardando el mapa en el pecho.
Al llegar a la cima de la colina que dejaba atrás la ciudad fronteriza, Shadow se detuvo y se dio la vuelta. Observó las murallas de piedra y los tejados de Aquisgrán por última vez. Extrajo su brújula, desdobló el pergamino y trazó la ruta con el dedo.
El Templo de la Velocidad era su siguiente objetivo. Estaba ubicado a casi dos mil kilómetros de distancia.
Entre Aquisgrán y la región donde se alzaba la siguiente prueba se interponía una vasta franja de agua interior. Para continuar su viaje, primero debía alcanzar la ciudad portuaria de Norddeich.
Sujetó bien la correa de su morral y empezó a correr.
El trayecto hacia el norte dejó en evidencia la transformación de su cuerpo.
Shadow mantuvo un ritmo constante de cuarenta kilómetros al día, pero la diferencia con su partida inicial era abismal. La quemazón abrasadora en sus muslos había desaparecido; la falta de aire ya no la obligaba a detenerse cada dos horas y el dolor en los tendones era apenas un murmullo pasajero. Sus piernas, fortalecidas por las rutinas de resistencia explosiva en Aquisgrán, amortiguaban los impactos contra el suelo irregular con una soltura felina.
Para mantener su tono muscular durante la travesía, Shadow convirtió la cacería en su entrenamiento diario.
Cazaba animales medianos a mano desnuda en los bosques que bordeaban el camino. Aprovechaba el terreno para practicar arranques en línea recta, interceptando presas en movimiento antes de que pudieran reaccionar. Cuando el terreno se complicaba o las presas eran demasiado escurridizas, empleaba ramas afiladas o trampas de tensión simples para no gastar energía de forma innecesaria.
Tras varias semanas de marcha ininterrumpida, el aire seco del interior comenzó a cargarse de una brisa húmeda y salada.
Al superar la última hilera de dunas, la vista se abrió por completo. Ante ella se desplegaba el océano y, en la orilla, la ciudad costera de Norddeich. Sus muelles se adentraban en el agua turbia como dedos de madera, con decenas de embarcaciones amarradas a los pilotes.
Shadow contempló el horizonte marítimo con una mezcla de fascinación y preocupación. Tenía la fuerza para recorrer miles de kilómetros a pie, pero no podía correr sobre el agua. Necesitaba un barco, y no tenía una sola moneda en los bolsillos para pagar un pasaje.
Con el ánimo un poco bajo por su falta de dinero, descendió hacia la ciudad.
Norddeich no se parecía en nada al bullicioso entorno de Aquisgrán. Las calles empedradas estaban extrañamente silenciosas. Los puestos de pescado permanecían desiertos, con los mostradores de madera secos y vacíos. Las tabernas del puerto tenían las persianas echadas y los marineros permanecían sentados en los bordes de los muelles, mirando el mar con los brazos cruzados y caras de frustración.
Shadow se acercó a un marinero entrado en años que remendaba una red desgastada sobre una caja de madera.
—Disculpe, señor —habló Shadow con amabilidad—. Necesito cruzar al otro lado. Mi sueño es competir por la medalla y ganar el...
—No pierdas el tiempo, muchacha —la interrumpió el marinero sin levantar la mirada de la red—. Nadie te va a llevar. Aunque quisieras pagar el triple de lo que vale un pasaje, no hay un solo capitán en este puerto que vaya a soltar las amarras.
Shadow frunció el ceño. Al principio pensó que el hombre se negaba por su aspecto o por asumir que no tenía dinero, pero el tono del marinero no era de desprecio; era de amargura.
—¿Por qué? —preguntó Shadow—. Hay decenas de barcos amarrados ahí mismo.
El marinero soltó un suspiro pesado y dejó la red a un lado.
—Porque una banda de delincuentes se apoderó de las rutas marítimas del sector. Son extranjeros, mercenarios que llegaron hace meses. Exigen una tarifa absurda a cada embarcación solo por salir a trabajar. Si sales a la mar sin pagarles su cuota... te hunden el barco o te matan a ti y a tu tripulación para dejar un mensaje.
Shadow escuchó en silencio, apretando la correa de su morral.
—La gente prefiere quedarse en tierra a arriesgar la vida —continuó el hombre, señalando las calles vacías—. La economía de Norddeich está completamente paralizada. Nadie pesca, nadie comercia, nadie entra ni sale. A esos malditos no les importa arruinar a la ciudad entera mientras consigan dinero fácil.
La expresión alegre que Shadow había mantenido durante todo el viaje desapareció por completo. La joven observó los barcos amarrados, la desolación de las calles y el rostro cansado de los habitantes que no podían llevar el sustento a sus hogares.