El muelle de Norddeich volvió a la vida en cuestión de minutos. Los marineros desataron las maromas de los barcos, las mujeres abrieron los ventanales de las tabernas y la brisa marina recuperó el bullicio cotidiano del puerto.
Una multitud de pescadores rodeó a Shadow a la salida de la gran bodega, dedicándole aplausos y palabras de profundo agradecimiento.
—No sabes lo que has hecho por nosotros, muchacha —dijo el viejo marinero, acercándose con una cesta de mimbre repleta de salmón ahumado y pan de centeno—. Nos has librado del yugo de esos extorsionadores. Pertenecían a una red criminal extranjera conocida como la ''Ndrakra. Esos infelices que derribaste no eran más que subordinados insignificantes en comparación con las cabezas de esa organización, pero al menos sabrán que Norddeich no es terreno fácil y no volverán en mucho tiempo.
Shadow miró la cesta llena de víveres y levantó las manos con timidez.
—No es necesario, de verdad —dijo, sonriendo con modestia—. Solo hice lo que cualquiera habría hecho. Guarden su comida.
Sin embargo, en ese preciso instante, un rugido estruendoso provino de su propio estómago. Shadow se sonrojó de inmediato, rascándose la nuca. Miró dentro de su morral y comprobó que apenas le quedaba un trozo de carne seca y un puñado de frutos silvestres.
—Bueno... pensándolo bien, creo que sí me vendría un poco de ayuda —admitió con una risita avergonzada, aceptando la cesta.
Un capitán de rostro curtido y barba canosa avanzó entre la multitud y le dio una palmadita en el hombro.
—Sube a mi embarcación, jovencita. Te debo la vida y el sustento de mi familia. Te llevaré al otro lado de la bahía sin cobrarte un solo cobre.
Minutos después, la embarcación soltó amarras y comenzó a alejarse del muelle.
En un principio, Shadow estaba fascinada. Era la primera vez en su vida que pisaba un barco. Observaba con asombro la forma en que la madera crujía bajo sus pies, la soltura con la que la vela principal se hinchaba con el viento y la inmensidad del agua abriéndose paso a los lados de la quilla.
—¡Esto es increíble! —exclamó con los ojos brillantes, apoyada sobre la borda.
Sin embargo, la fascinación duró exactamente diez minutos.
En cuanto el barco superó la barrera del puerto y entró en mar abierto, las olas comenzaron a mecer la nave con fuerza. El vaivén constante hizo que el estómago de la joven se volcara por completo. El rostro de Shadow pasó de un tono saludable a un verde pálido en cuestión de segundos.
—¿Te encuentras bien, muchacha? —preguntó el capitán desde el timón.
—S-sí... solo es... un poco de movimiento... —balbuceó Shadow, intentando mantenerse firme sobre sus piernas como si estuviera en tierra firme.
Un segundo después, el estómago no aguanto más. Shadow se abalanzó sobre la borda y terminó vomitando hacia el mar, soltando quejidos lamentables entre cada sacudida de la embarcación. Los marineros veteranos soltaron carcajadas amistosas y le acercaron un barril de agua fresca para que se limpiara. La poderosa guerrera que había aplastado a un grupo de extorsionadores sin despeinarse pasó las siguientes tres horas de viaje abrazada al mástil central, rogando en silencio por tocar tierra firme.
Al caer la tarde, la proa del barco finalmente chocó contra los pilotes del puerto norte.
Shadow bajó a toda prisa por la pasarela de madera y cayó de rodillas sobre el suelo de piedra, besando la tierra firme con alivio. El capitán y su tripulación bajaron las cajas de suministros y le dedicaron una reverencia sincera.
—Jamás olvidaremos lo que hiciste por Norddeich, Shadow —dijo el capitán con solemnidad—. Que los vientos te favorezcan en tu camino hacia el Kampfturnier.
—Gracias por el viaje, capitán —respondió Shadow, recuperando poco a poco el color en las mejillas y dedicándoles una última sonrisa.
Desdobló el pergamino de Bruno, alineó la aguja de su brújula hacia el noreste y reanudó la marcha a pie. A lo lejos, las montañas comenzaban a alzarse hacia el cielo. Su siguiente objetivo, la ciudad de Geschwind y el Templo de la Velocidad, estaba cada vez más cerca.
Lejos de allí, en las profundidades del país, la luz de las antorchas iluminaba un amplio salón de piedra de estilo gótico.
Sentado tras un escritorio de roble macizo, el líder supremo de la ''Ndrakra en Kriegstal revisaba una pila de documentos comerciales. Frente a él, un subordinado sudoroso y arrodillado informaba sobre las novedades de la costa.
—...y por esa razón, señor, las operaciones de cobro y comercio en el puerto de Norddeich han quedado completamente paralizadas —concluyó el hombre con voz temblorosa.
El líder levantó la mirada lentamente. Su rostro estaba enmarcado por una barba impecable y unos ojos fríos y calculadores.
—¿Alguien sabe la apariencia o el nombre de quien lo hizo? —preguntó con una serenidad inquietante.
—N-nadie sabe nada aún, señor —respondió el subordinado, bajando la cabeza—. Solo dicen que se trataba de una chica joven... y que llevaba consigo la Medalla de la Fuerza.
El salón quedó en un silencio absoluto. El líder dejó la pluma sobre la mesa y se echó hacia atrás en su sillón.
—Una portadora de medalla... —murmuró para sí mismo. Luego, miró al subordinado con una expresión sombría—. Justo cuando los negocios iban tan bien.
El hombre apoyó el codo sobre la mesa de piedra y cerró lentamente la mano derecha alrededor de un trozo de mineral que servía como pisapapeles.
CRACK.
La fuerza de su agarre fue tal que la roca sólida se agrietó y se hizo pedazos, reduciéndose a polvo y fragmentos que cayeron sobre los papeles.
—Esa gente es un problema para nuestros planes —dijo el líder con voz profunda—. Averigüen de quién se trata y encuentren su paradero. Ningún peleador va a arruinar el imperio que estamos construyendo.