Kenkyona Reigi: Shadow's Reise

Capítulo 11: La ciudad de los vientos

El crujido de las hojas secas bajo las botas de Shadow era el único sonido que rompía el silencio de la ruta provincial. Apoyando la espalda contra la corteza de un arce centenario, desdobló el mapa que le había entregado Bruno. A juzgar por los contornos del terreno y los hitos del camino, el límite del territorio de Geschwind estaba a pocas horas de marcha.

Shadow exhaló un suspiro de satisfacción y estiró las piernas. Hacía ya varios días que había dejado atrás la costa de Norddeich. Al principio, su objetivo diario era cubrir cuarenta kilómetros a pie, pero la constante exigencia física había transformado su resistencia. Lo que antes le exigía un esfuerzo considerable, ahora se sentía como un simple calentamiento.

Hacía tres jornadas que había decidido probar un nuevo límite: cincuenta kilómetros diarios. A pesar de la exigencia física acumulada, su cuerpo respondía con una solidez sorprendente.

Sintió que el esfuerzo, aunque a simple vista pudiera parecer irrelevante frente al nivel de los maestros, estaba moldeando una base cada vez más firme en su cuerpo.

De su morral extrajo un cuaderno pequeño de tapas de cuero gastadas, sostenido por una tira elástica. En él guardaba sus apuntes de viaje, un registro metódico donde combinaba los esquemas de combate que su hermano le enseñó de niña con las observaciones detalladas que había hecho de otros peleadores. Había una sección dedicada por entero a Bruno: la distancia de sus agarres, cómo balanceaba el peso antes de embestir y el instante exacto en que dejaba una abertura al descargar toda su fuerza.

Con un trozo de grafito, Shadow escribió la fecha del día y añadió unas líneas al final:

Día 18 de viaje. Cincuenta kilómetros cubiertos. Las piernas responden bien, sin inflamación en los tobillos. Conclusión sobre la fuerza de Bruno: la potencia sin dirección se puede esquivar. Para Geschwind necesitaré algo distinto. Si el templo está enfocado en la velocidad, la lectura de movimiento debe ser instintiva, no pensada.

Guardó el cuaderno, ajustó el broche de su morral y se puso en pie. Retomó el viaje sin mostrar señales de agotamiento, impulsada por la cercanía de su objetivo.

Cuando la vegetación comenzó a ralear, la ciudad de Geschwind apareció en el horizonte.

Shadow se detuvo en la cima de una colina para contemplarla. Era una urbe colosal, de una extensión tan vasta como Aquisgrán, pero con una arquitectura sensiblemente distinta. Las estructuras eran más estilizadas, repletas de arcos elevados, calles principales anchas y amplios bulevares diseñados para facilitar el tránsito rápido de carruajes y mensajeros.

Al cruzar los arcos de entrada, Shadow no pudo evitar notar la intensa actividad comercial que envolvía la ciudad. Calles abarrotadas de visitantes, carteles publicitarios de torneos locales y decenas de puestos dedicados a la venta de calzado, tónicos de recuperación y recuerdos del Templo de la Velocidad.

«Igual que en Aquisgrán», pensó Shadow observando a su alrededor. «Estas ciudades parecen aprovechar la fama de sus maestros para establecerse como centros de comercio. Venden la idea del desafío a los miles de turistas y retadores que llegan cada año».

Para financiar sus gastos, Shadow se dirigió al mercado local y vendió las pieles y carne seca que había cazado durante su trayecto por los bosques. Con algo de dinero en el bolsillo, caminó hasta la plaza central, donde se erigía el Templo de la Velocidad. Sin embargo, al llegar a los grandes portones de bronce, se encontró con que estaban cerrados completamente. No había guardias ni señales de actividad en la entrada.

Algo confundida, decidió explorar los alrededores para hacer tiempo y reponer energías. Entró en un concurrido local de comida al aire libre y pidió un plato típico para almorzar.

Mientras comía en una de las mesas de madera, un hombre de aspecto maduro, vestido con ropa sencilla de lino y sentado a su lado, la observó con curiosidad.

—¿No es el mejor Currywurst que has probado en tu vida? —preguntó el hombre, dándole un mordisco a su propia ración.

Shadow tragó antes de responder, esbozando una sonrisa.

—Está muy rico, la verdad. No esperaba encontrar algo así de bueno en el centro.

—Te lo aseguro —dijo él, limpiándose las manos con una servilleta—. Estoy orgulloso de la comida de esta ciudad. Y de la forma en que vive esta gente. Todo lo que ves aquí lo conseguí yo mismo desde abajo... con mis propios puños.

Shadow lo miró confundida, sin comprender del todo a qué se refería con haber conseguido la ciudad con sus puños. Pero antes de que pudiera preguntarle nada, el sujeto se levantó de la mesa, dejó un par de monedas sobre la madera y se retiró caminando a paso tranquilo.

Tras terminar de comer, Shadow decidió probar suerte nuevamente. Caminó de regreso al Templo de la Velocidad y, esta vez, las pesadas puertas de bronce se encontraban abiertas de par en par.

Al cruzar el umbral, se adentró en una nave central de dimensiones monumentales. El suelo de mármol pulido estaba cubierto por docenas de hombres y mujeres tendidos e inmóviles, soltando quejidos de dolor. Ninguno parecía capaz de ponerse en pie.

En el centro exacto de la sala, inmóvil y con los brazos cruzados, se encontraba una sola figura.

Shadow dedujo de inmediato que se trataba del maestro del templo, aunque le resultó extraño no encontrarlo en medio de una batalla activa, como había visto a Bruno en Aquisgrán. Aquel hombre simplemente permanecía allí, esperando en silencio entre los caídos.

Al sentir los pasos de Shadow sobre el mármol, la figura habló sin girarse del todo.

—¿Tienes una medalla?

Shadow metió la mano en su bolsillo y extrajo la Medalla de la Fuerza, dejándola brillar bajo la luz que filtraban los ventanales superiores.

El hombre giró lentamente, dejando ver su rostro. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Shadow dio un paso atrás, sorprendida: era exactamente el mismo sujeto con el que había compartido el almuerzo minutos atrás.



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En el texto hay: torneo, aventura, rivalidad

Editado: 16.09.2026

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