Shadow parpadeó un par de veces, mirando al hombre de pie frente a ella con absoluta incredulidad. La seriedad con la que observaba la sala se desmoronó por un instante.
—Espera... tú eres el tipo del Currywurst —soltó sin pensar.
Lukas Schneider guardó silencio durante un par de segundos. Luego, inclinó la cabeza hacia atrás y dejó escapar una pequeña carcajada que resonó en las paredes de mármol del templo.
—Eres una muchacha bastante curiosa —dijo, sonriendo con diversión—. Tu soltura me recuerda a alguien que se enfrentó a mí hace ya un buen tiempo.
Shadow dio un paso atrás y carraspeó, sonrojándose ligeramente.
—Disculpa el comentario... no pretendía ser desconsiderada.
—No te preocupes por eso —respondió Lukas, recuperando una postura erguida y sobria—. Lo que dijiste en el mercado no importa en absoluto. Lo único que cuenta dentro de este recinto es lo que seas capaz de demostrar con tus habilidades.
Sin perder un segundo, Shadow bajó su centro de gravedad y adoptó su posición de combate. Ajustó el peso sobre la planta de sus pies, manteniendo los puños en alto para proteger el rostro. Sabía perfectamente a qué se enfrentaba: Lukas era el maestro de la velocidad, y apresurarse a atacar sin conocer su rango de movimiento sería un error garrafal. Decidió avanzar con cautela, pisando sobre seguro y esperando a que él lanzara la primera ofensiva para buscar un contraataque directo.
Lukas caminó hacia ella con una confianza absoluta, despacio, con las manos cayendo con soltura a los costados.
«Está dentro de mi distancia», pensó Shadow, tensando los músculos para reaccionar al primer impulso del maestro.
Pero el aire no llegó a moverse.
Antes de que sus ojos pudieran registrar el menor gesto en los hombros de Lukas, un impacto seco le sacudió el pómulo derecho, seguido de inmediato por otro en la barbilla y un tercero en el pómulo izquierdo.
Shadow retrocedió dos pasos por el impacto, aturdida. Los golpes no tenían la fuerza bruta de los puñetazos de Bruno —no amenazaban con romperle la mandíbula—, pero la precisión y la rapidez con la que habían llegado eran desoladoras. Ni siquiera había visto el brazo de Lukas despegarse de su costado.
Recomponiendo la guardia a toda prisa, apretó los dientes. «Tengo que anticiparme. Si espero a verlo mover, ya es tarde».
Shadow dio un paso al frente y lanzó un recto de derecha con toda la aceleración que pudo generar. Lukas no solo esquivó el golpe con un leve declive de cabeza, sino que se deslizó hacia el frente, quedando tan cerca que el hombro de la joven rozó el suyo.
—Muy lenta —murmuró Lukas a milímetros de su oído.
Shadow intentó girar la cadera para engancharlo con un agarre de brazo, pero Lukas ya no estaba allí. Con un cambio de posición instantáneo, el maestro reapareció sobre su costado derecho.
Un golpe seco atravesó el abdomen de Shadow, seguido de un impacto punzante justo bajo sus costillas, otro directo al hígado y un cuarto en la sien. Para la percepción de Shadow, los cuatro impactos ocurrieron exactamente al mismo tiempo. Una sacudida violenta recorrió sus costillas y el aire se le escapó de los pulmones en un silbido ahogado.
Perdió el equilibrio y estuvo a punto de hincar una rodilla en el suelo, pero obligó a sus piernas a sostenerse. La desesperación comenzó a arañarle el pecho. Aumentó el ritmo de sus respiraciones, intentando encontrar un patrón, una grieta o el menor microgesto en el cuerpo de su oponente.
—Bien... dejemos de jugar —dijo Lukas con voz fría, dando un paso atrás.
Al oír eso, Shadow canalizó toda su frustración en una ráfaga continua de ataques. Lanzó combinaciones de puñetazos rectos, ganchos y patadas bajas, utilizando toda la movilidad que había perfeccionado durante sus semanas de viaje.
Fue inútil.
Lukas no necesitó dar un solo paso fuera de su eje. Desvió cada golpe con pequeños toques en las muñecas y los tobillos de Shadow, movimientos mínimos y limpios que desmontaban la trayectoria de sus ataques antes de que tomaran fuerza. Y con cada desvío, Lukas respondía con ráfagas directas: dos golpes al pecho, un impacto al diafragma, tres toques precisos en el rostro.
Aquello dejó de parecer una batalla. Era una golpiza unilateral y metódica. Shadow no podía rozar la tela de su ropa, mientras que ella recibía un castigo incesante que desgastaba sus reservas de energía a pasos agigantados.
Con la visión borrosa y las piernas hechas de plomo, Shadow lanzó un último zurdazo desesperado. Lukas desvió el brazo con la palma abierta y le asestó un golpe firme en el plexo solar.
El mundo giró sobre su eje y las luces del templo se apagaron por completo. Shadow cayó de frente sobre el suelo de mármol, totalmente inconsciente.
Cuando abrió los ojos, la gran sala del templo estaba sumida en el silencio. Lukas ya no se encontraba allí.
Shadow se incorporó despacio, llevándose una mano a las costillas doloridas. Aunque su cuerpo estaba lleno de hematomas, no tenía lesiones graves; el maestro había controlado cada impacto para no dejar secuelas permanentes.
Se puso en pie con dificultad, ajustó su morral y salió a las calles de Geschwind. Siguiendo el instinto, caminó unos minutos hasta llegar a un pequeño parque urbano, arbolado y tranquilo, ubicado a pocas calles del centro comercial.
Allí lo encontró. Lukas estaba recostado en un banco de madera bajo la sombra de un roble, con los brazos tras la cabeza y los ojos cerrados, disfrutando de la brisa de la tarde.
Shadow se detuvo a pocos metros, observándolo en silencio. Le resultaba incomprensible cómo alguien capaz de desatar una violencia tan brutal e inalcanzable en combate podía lucir tan absurdamente relajado en su vida cotidiana.
Lukas abrió un ojo, la miró y esbozó una leve sonrisa.
—Hola, Shadow. Conque ya despertaste... ven, siéntate un momento.