Shadow llegó a las puertas de la nave central del Templo de la Velocidad antes de que los primeros rayos del sol iluminaran las cúpulas de la ciudad. El espacio estaba sumido en un silencio rotundo, interrumpido únicamente por el goteo de una fuente lejana.
Recorrió el recinto de punta a punta, pero Lukas Schneider no estaba por ninguna parte.
«Empiezo a ver un patrón bastante claro con este maestro», pensó Shadow suspirando, mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.
Decidió dar un par de vueltas por los alrededores y, tal como intuía, lo encontró en una pequeña terraza adosada al mercado central, disfrutando tranquilamente de un plato con pan recién horneado, mantequilla y café caliente.
Shadow se acercó a la mesa con paso firme y se detuvo frente a él.
—Maestro Lukas, buenos días —saludó con una breve inclinación.
—Hola, Shadow. Buenos días, ¿qué tal? —respondió Lukas animadamente, untando una buena capa de mantequilla sobre el pan.
—Vengo por el entrenamiento. Estoy lista para comenzar.
—Me parece excelente —dijo él antes de darle un mordisco al pan—. Pero vas a tener que esperar a que termine de desayunar. Un estómago vacío no sirve para pelear ni para aprender.
Shadow no tuvo más remedio que sentarse en la silla contigua y esperar en silencio, observando cómo el maestro saboreaba cada bocado sin el menor rastro de prisa.
Una hora más tarde, ambos caminaban de regreso por la nave principal del templo. Esta vez, docenas de discípulos locales ya se encontraban alineados sobre el mármol pulido, ejecutando ráfagas continuas de golpes al aire bajo la supervisión de un instructor secundario.
Lukas se detuvo frente a Shadow y rodeó su figura con paso analítico.
—Lo primero que debemos corregir es tu estructura —comenzó Lukas, tocándole el hombro izquierdo con dos dedos—. Estás demasiado rígida. Tu postura es sólida como una muralla, lo cual es excelente si vas a recibir una embestida de Bruno, pero para mí es un ancla. Tienes que soltarte.
Shadow intentó relajar la musculatura, pero sus hombros permanecieron ligeramente elevados.
—Recuerda esto —continuó el maestro, bajando la mano hasta el muslo de la joven—: el golpe no comienza en los hombros ni en los bíceps. El golpe comienza desde las piernas. La energía sube por los gemelos, gira en la cadera y se libera a través del brazo como un látigo. Si tus piernas están tensas o estáticas, la cadena se rompe y pierdes el ochenta por ciento de tu explosividad.
Durante las siguientes horas, Lukas la instruyó en los fundamentos de la movilidad fluida. Le enseñó a transferir el peso entre las plantas de los pies sin levantar los talones de forma innecesaria y a ejecutar ejercicios de explosividad dirigidos a liberar las extremidades. Shadow siguió cada instrucción al pie de la letra, integrándose al grupo de alumnos y repitiendo las series hasta que el sudor comenzó a empapar su ropa.
Llegado el mediodía, Lukas dio una palmada en el centro de la sala.
—Suficiente por ahora. Me voy a dar un paseo por la urbe —anuncio.
Shadow, necesitando un descanso activo pero reacia a quedarse inmóvil, decidió acompañarlo. Recorrieron los populosos bulevares de Geschwind, visitaron los puestos de especias del mercado y se detuvieron a observar las exposiciones de artesanos locales. Para Shadow, cuyo estilo de vida se reducía a marchar, cazar, estudiar y entrenar, este tipo de dinamismo cotidiano le resultaba una novedad desconcertante. Sin embargo, al cabo de un rato, comenzó a notar que aquella pausa le devolvía la frescura al cuerpo y aclaraba su mente.
Por la tarde, regresaron al templo para una segunda sesión intensiva.
Esa misma rutina se repitió durante tres días consecutivos. Shadow pudo comprobar que, aunque Lukas parecía un hombre sumamente relajado e informal en su día a día, en el momento en que pisaba el tapiz del templo exigía una disciplina absoluta. Todos los discípulos a su cargo estaban especializados en la velocidad, pero ninguno luchaba igual; Lukas potenciaba los atributos individuales de cada uno. Con el paso de las jornadas, Shadow comenzó a sentir que sus combinaciones ganaban una fluidez y un dinamismo que jamás había experimentado.
La tarde del tercer día, mientras los discípulos realizaban ejercicios de desplazamiento, un hombre cruzó el umbral del templo.
Caminaba con paso pesado y firme, portando tres medallas prendidas en la correa de cuero que le cruzaba el pecho. Al llegar al centro de la nave, se detuvo y miró fijamente a Lukas.
—Mi nombre es Ben —declaró con voz grave—. Vengo a reclamar la Medalla de la Velocidad.
Shadow observó las condecoraciones del recién llegado con los ojos abiertos de par en par: llevaba la Medalla de la Fuerza, la Medalla del Aguante y la Medalla de la Agilidad.
Lukas se cruzó de brazos y sonrió con serenidad.
—Acepto el desafío. Demuéstrame de qué eres capaz.
Sin más preámbulos, el combate dio inicio. Lo que siguió fue un despliegue técnico que dejó a todos los presentes en absoluto silencio. Lukas comenzó a moverse con esa aceleración desoladora que Shadow conocía muy bien, desatando ráfagas continuas de impactos. Sin embargo, Ben no era un oponente común. A pesar de su envergadura física, esquivaba los ataques con inclinaciones de cabeza milimétricas y mantenía una distancia de seguridad sumamente calculada, respondiendo con potentes contraataques que obligaban a Lukas a replegarse.
Era un intercambio frenético. Lukas conectaba ráfagas directas al pecho y al rostro de Ben, pero los golpes apenas lograban moverlo del sitio.
—Matthias te entrenó bien —dijo Lukas en medio de una esquiva baja—. Eres duro.
El maestro aumentó progresivamente la velocidad de sus desplazamientos, convirtiéndose en un penacho gris sobre el mármol. Viéndose superado en aceleración, Ben tomó una decisión drástica: aceptó el daño de una combinación directa al diafragma a cambio de acortar la distancia y cerrar los brazos alrededor del torso de Lukas.