Shadow llegó a la sala central del Templo de la Velocidad antes de la salida del sol. Ajustó las cintas de sus botas, respiró hondo y esperó en el centro de la sala hasta que el maestro cruzó el umbral.
—Maestro Lukas —dijo Shadow, dando un paso al frente y clavando la mirada en él—. Quiero volver a enfrentarme a usted.
Lukas se detuvo, cruzándose de brazos mientras la observaba con atención. Una sonrisa serena se dibujó en sus labios.
—Acepto el desafío, Shadow —respondió—. Pero antes, hazme un pequeño favor. Acompáñame a dar un paseo por la ciudad.
Shadow parpadeó, sorprendida, pero no objetó. Salieron a las calles de Geschwind cuando los primeros rayos de luz dorada comenzaban a iluminar las fachadas de los bulevares. Caminaron lado a lado entre los puestos de los comerciantes que abrían sus lonas y los vecinos que saludaban al maestro con verdadero afecto. Para Shadow, recorrer la urbe con Lukas ya se había vuelto algo rutinario durante los últimos días, pero al observar la calma con la que el maestro contemplaba cada rincón, comprendió algo nuevo.
—Esto me ayuda a relajarme —comentó Lukas, mirando el bullicio de una plaza céntrica—. Estar en paz con lo que te rodea es la clave para mantener la mente despejada. Si tu cuerpo y tu mente están tensos, tus movimientos se vuelven pesados y predecibles. La verdadera fuerza nace de la calma.
Mientras avanzaban hacia la zona de los mercados, un anciano saludó a Lukas y le preguntó por el estado de su viaje. En un intercambio breve y natural, Shadow captó un detalle que desconocía: Lukas tenía un hijo que también planeaba participar en el Kampfturnier.
Shadow miró de reojo a su maestro. «¿Será por eso que pasea todos los días?», se preguntó en silencio. «¿Para no sentir esa soledad o para recordar el camino de su hijo?». Sin embargo, no necesitó pedir más explicaciones. No hacían falta más palabras para comprender la forma de pensar de Lukas: era un hombre que valoraba profundamente a su pueblo, a su familia y la vida cotidiana que había construido desde abajo.
Al regresar al Templo de la Velocidad, la enorme sala de mármol quedó sumida en un silencio sepulcral.
Ambos caminaron hasta el centro del recinto y se colocaron en posición. Lukas relajó la postura, dejando caer las manos con soltura a los costados, mientras Shadow bajó su centro de gravedad y mantuvo los puños en alto.
Avanzaron hasta quedar a escasa distancia el uno del otro. Durante dos segundos exactos, ambos permanecieron completamente estáticos, midiéndose con la mirada en una tensión helada donde nadie se atrevía a pestañear.
Shadow rompió el hielo.
Avanzó en un estallido e inició la ofensiva lanzando un recto directo. Lukas inclinó la cabeza para esquivarlo y respondió con una ráfaga a la barbilla, pero Shadow predijo el arco, retrocedió medio paso y soltó una patada media. Lukas desvió el empeine con la palma de la mano y volvió a contraatacar.
Por un instante, ambos desplegaron una velocidad asombrosamente parecida. Los puños y codos cortaban el aire con silbidos agudos, pero ninguno de los ataques lograba conectar de manera limpia en el cuerpo del rival.
En medio del intercambio, Shadow extendió el brazo y logró sujetar firmemente la muñeca izquierda de Lukas. El maestro reaccionó de inmediato, lanzando un golpe directo con el brazo libre hacia el rostro de Shadow para obligarla a soltarlo. Sin embargo, en lugar de bloquear, Shadow utilizó el propio brazo que tenía apresado como palanca: alteró el ángulo de su centro de gravedad y dio un paso lateral para desestabilizar la postura de Lukas.
El golpe del maestro pasó de largo, perdiendo su eje. Shadow aprovechó la grieta de milisegundos y asestó un impacto limpio en el estómago de Lukas.
El maestro apretó los dientes, pero respondió al instante con una patada al abdomen que hizo retroceder a Shadow un par de metros sobre el mármol.
Lukas recompuso su postura y sonrió con genuino reconocimiento.
—Un impacto impecable —elogió con la voz pausada—. Ahora veamos si puedes sostener el ritmo.
El maestro se abalanzó contra ella en un destello gris. Desató una ráfaga de golpes a una velocidad muy superior a la del inicio del combate, un vendaval de puñetazos que amenazaba con aplastar la guardia de la joven.
Shadow se vio acorralada, pero en lugar de entrar en pánico o intentar calcular mecánicamente la trayectoria de cada puño, recordó las mañanas de caminata y las palabras de su maestro. Dejó de pensar. Dejó de analizar conscientemente por dónde vendría el siguiente ataque y permitió que su cuerpo reaccionara por puro instinto.
Comenzó a percibir el patrón en la tormenta de impactos.
Lukas lanzó una combinación de diez golpes ultraveloces. De un momento a otro, Shadow desvió los primeros cinco de manera limpia.
En la siguiente fracción de segundo, desvió siete.
Luego ocho.
Y finalmente, coordinando cada respiración y movimiento de cadera, desvió los diez golpes continuos de Lukas sin que ninguno tocara su rostro. Inmediatamente después del décimo desvío, Shadow aprovechó el impulso y descargó un golpe rotundo directamente en el pecho del maestro.
El impacto resonó en todo el recinto. Lukas retrocedió dos pasos, adolorido y profundamente sorprendido por la fuerza y precisión de la respuesta.
Al levantar la mirada, vio a Shadow parada frente a él. La joven se encontraba en un estado de concentración absoluta, pero al mismo tiempo su rostro reflejaba una serenidad y una calma incomparables. Su respiración era fluida y sus hombros estaban completamente relajados.
Lukas se erguio despacio, se limpió la túnica y soltó un largo suspiro de satisfacción.
—Está bien, Shadow —dijo con calidez en la voz—. Eres todo lo que podría desear en una alumna.
La mirada de Lukas se suavizó por un segundo, pues la determinación de la joven le hizo recordar fugazmente a su propio hijo. Se acercó a ella y la envolvió en un cálido abrazo de reconocimiento.