Shadow avanzaba a un paso veloz y rítmico por el sendero comercial que conectaba Geschwind con las regiones septentrionales. Con la Medalla de la Fuerza y la Medalla de la Velocidad guardadas en la parte interna de su abrigo, la fatiga del viaje continuo apenas se hacía sentir en sus piernas. El duro entrenamiento con Bruno y Lukas no solo había pulido sus técnicas de combate, sino que había transformado por completo su resistencia física; el terreno que antes le habría tomado días recorrer ahora quedaba atrás en cuestión de horas.
Al acercarse a una encrucijada donde el camino se adentraba en un denso bosque de robles, Shadow notó una hilera de carretas de mercaderes y carruajes detenidos a un costado de la ruta. Un grupo de viajeros conversaba con gestos de preocupación y frustración.
Shadow aminoró la marcha y se acercó a la retaguardia de la caravana.
—¿Pasa algo más adelante? —preguntó a un comerciante de vestimentas gastadas que revisaba el arnés de su mula.
—Un grupo de rufianes ha levantado una barricada improvisada en el desfiladero —respondió el hombre, dejando escapar un resoplido de impotencia—. Exigen una cuota ridícula por cada carruaje para dejarnos pasar. Quien intenta protestar, termina con la mercancía destruida o herido.
Shadow no era de las que buscaban problemas por el simple gusto de pelear. Sin embargo, el bloqueo entorpecía la ruta principal hacia Eichendorf y afectaba a personas que simplemente intentaban ganarse la vida. Ajustó las cinchas de su morral y continuó caminando a paso firme hacia el desfiladero. Decidió pasar directamente frente a ellos: si los bandidos decidían tomar la iniciativa, ella se haría cargo de la situación sin rodeos.
A unos cien metros, la barricada era visible: un par de troncos caídos atravesados en el camino. Alrededor descansaban cinco hombres de aspecto rudo, armados con garrotes y dagas melladas, riéndose entre ellos mientras contaban las monedas de su última extorsión.
Shadow avanzó por el centro del camino con absoluta serenidad, sin ocultar su presencia pero manteniendo una postura neutral.
Los bandidos se erguieron al notar que alguien se aproximaba a pie. Sin embargo, al enfocar la vista en la joven de figura esbelta, tez pálida y cabello negro azabache, los hombres se detuvieron en seco. Intercambiaron miradas inciertas y, para sorpresa de Shadow, desviaron la atención, haciéndose a un lado para dejar libre el espacio a través de la barricada.
Shadow cruzó los troncos sin que le dirigieran una sola palabra. Detuvo sus pasos justo en medio de ellos, confundida por la repentina cortesía. No llevaba sus medallas a la vista, por lo que no había forma de que supieran que era una combatiente del Kampfturnier.
Decidida a desmantelar el bloqueo antes de marcharse, Shadow se cruzó de brazos y permaneció firme en medio de la vía, bloqueando el paso de cualquier maniobra e impidiendo que los extorsionadores continuaran cobrando el peaje a los que venían detrás.
La presencia inmóvil de la joven comenzó a generar una incomodidad palpable entre los maleantes.
—Oye, niña... ya pasaste —dijo el que parecía liderar el grupo, mostrando una dentadura mellada—. Muévete de una vez y sigue tu camino.
Shadow lo miró con helada indiferencia.
—No me voy a mover. Y este bloqueo se acaba ahora mismo.
Un sujeto más joven y corpulento, irritado por el tono de la viajera, apretó los puños y dio un paso al frente para encararla.
—¡A mí no me vas a mandar, mocosa...!
—¡Detente, imbecil! —lo agarró del hombro el hombre de más edad, deteniéndolo con brusquedad mientras le susurraba con voz pálida de nerviosismo—. ¿Estás ciego o qué? Es ella. La chica alta de cabello negro de la que nos advirtieron los jefes... La que desmanteló la red de cobros en Norddeich y dejó lesionados a varios de los nuestros.
—¡A mí me da igual quién sea! —bramó el joven, haciendo caso omiso de la advertencia y lanzando una mano abierta directamente hacia el cuello de Shadow.
El movimiento fue lento, torpe y predecible para los ojos de la joven.
Shadow ni siquiera necesitó cambiar de postura. Con un giro mínimo de cadera, esquivó la mano, acortó la distancia e impactó dos golpes secos en la mandíbula. El sonido fue sordo y contundente; el sujeto cayó al suelo de bruces, totalmente inconsciente antes de tocar el polvo.
Los cuatro hombres restantes retrocedieron trastabillando, con el rostro desencajado por el pánico.
—¡Espera, espera! —exclamó uno de ellos, levantando las manos en alto de forma desesperada—. ¡Nosotros no sabíamos que eras tú! No queremos problemas contigo, de verdad.
Shadow entornó los ojos al escuchar el énfasis en el "tú".
—¿Conocen lo que pasó en Norddeich? —inquirió con voz fría.
Los maleantes se miraron entre sí, incapaces de sostenerle la mirada. Quedaba claro que la red de la 'Ndrangheta no solo operaba en las ciudades pesqueras, sino que sus ramificaciones se extendían por las rutas comerciales de la región.
—Si vuelvo a verlos a alguno de ustedes bloqueando un camino o extorsionando a la gente de estas tierras, no se van a levantar en semanas — les advirtió con una frialdad que hizo que ninguno se atreviera a responder. —Quiten esos troncos y lárguense.
—Estás cometiendo un grave error, niña... —murmuró el líder mientras ayudaba a levantar a su compañero caído—. Esto no se va a quedar así. Los jefes ya te están buscando.
Shadow no se molestó en responder. Se limitó a observarlos en silencio mientras el grupo despejaba apresuradamente los troncos y se perdía a la carrera entre la arboleda.
Con la vía despejada, la circulación del camino volvió a la normalidad en cuestión de minutos. Los comerciantes y viajeros que aguardaban atrás hicieron avanzar sus carruajes, suspirando de alivio. Un comerciante veterano detuvo su carreta al lado de Shadow.
—Nos has ahorrado horas de chantaje o algo peor, muchacha —dijo el hombre con gratitud—. Vamos de camino a la entrada de Eichendorf. Sube, te debemos al menos un aventón.