Estaba descansando en mi habitación después de un largo día en la escuela cuando alguien golpeó la puerta principal con urgencia. Fueron tres toques rápidos y fuertes que me hicieron incorporarme en mi cama.
Enseguida salí a la sala; no obstante, mamá ya había abierto la puerta en la que se encontraba Fabricio. Sonreí y corrí hacia él con la intención de colgarme de su cuello, como solía hacer.
—Ada, lo... siento —dijo Fabricio con voz ahogada. Al oír aquello me detuve en seco. ¿Qué pasaba? Su rostro reflejaba lo difícil que era para él decir aquello—. Ada, Fernando... él... ha fallecido —terminó.
Esas palabras cayeron sobre mí como una bomba. Todo mi cuerpo se estremeció por el dolor. Me llevé una mano adonde latía mi corazón. Alguien apretaba mi corazón dentro de mí. Era la única explicación para la asfixia que estaba sufriendo y que parecía aniquilarme.
—¡Noooo! —exclamó mamá con un grito ensordecedor. Dirigí mi mirada hacia ella a tiempo para verla caer al suelo, reflejando el dolor que yo sentía en ese mismo instante y que por alguna razón se mantenía estancado en mi interior.
Abrí los labios varias veces tratando de decir algo que me hiciera comprender lo que sucedía.
Deseaba llorar tanto como lo hacía mi madre, gritar hasta quedarme sin voz, pero no podía. Aún no encontraba mis lágrimas. No podía creerlo. Papá había muerta. ¡Papá! ¡Mi papá!
Me obligué a mover mis piernas en dirección a mi mamá y lo único que pude hacer fue arrodillarme junto a mi madre para abrazarla mientras ella sollozaba. Debía ser más fuerte para ser su apoyo en todo momento. Papá ya no estaba.
(...)
La alarma sonó con el ruido de siempre y me giré con un gruñido. No tenía ningún deseo de levantarme. Otra vez la misma pesadilla, o mejor dicho, el mismo recuerdo que me había atormentado durante largo tiempo. ¿Por qué tenía que regresar ahora? ¿Por qué después de meses sin tenerla?
El despertador volvió a emitir su ruido horrible y, soltando un gruñido, me senté en la cama. Casi no podía abrir los ojos por el cansancio.
Los días posteriores al anuncio habían sido muy ajetreados en la Mansión Condelword. Los periódicos se habían llenado con imágenes mías anunciando todo lo que acontecía, además de algunos detalles de mi vida. Lo poco que habían podido averiguar acerca de mí y el resto eran medias verdades.
Mi madre, por otro lado, se había mantenido al margen. Aunque en su rostro podía ver su gran descontento, aquello hacía que mi alma no pudiera contentarse del todo. Pero intentaba sofocar el mal ambiente con la emoción que sentía por estudiar en aquel lugar. Contaba los días para recorrer cada pasillo lleno de magia y pensar en ser como una princesa. Eran pensamientos bobos, pero era mi sueño de niña, cuando mi padre me contaba historias plagadas de magia y hadas.
«Había una vez una niña...». La dulce voz de mi padre en mis recuerdos era todo lo que me quedaba de él después de aquel accidente que había terminado con su vida.
Finalmente abrí los ojos mientras me concentraba en la realidad de mi vida y abandonaba mis pensamientos.
La habitación que compartía con mi madre era sencilla, aunque acogedora. Tenía paredes blancas con algunos detalles de mariposas y flores plateadas. El suelo estaba cubierto por un falso tapiz de madera y sobre este había una alfombra que se encontraba entre las camas. Además de dos camas individuales, solo había un closet, una mesilla de noche y un espejo. Habíamos colgado algunos retratos en las paredes, así parecía más un hogar.
Después de colocarme el uniforme compuesto por una falda y pulóver azul, caminé por los sencillos pasillos del personal, que poco parecían pertenecer a aquella casa tan lujosa. Un minuto después, llegué a la cocina para ayudar a mamá con el desayuno de los señores.
—Buenos días —saludé a mamá quién colocaba los platos para el desayuno de los señores sobre la mesa.
—Buenos días, mi vida —contestó mamá ofreciéndome una tostada—. Desayuna, y por favor, sube los platos al comedor.
Asentí con la cabeza y comí lo más lento que pude. Detestaba cuando me tocaba aquella labor, pues significaba que los ojos de la señora Luisa estarían sobre mí.
Me dirigí al comedor con algunos platos para colocarlos en la mesa blanca de seis puestos. Coloqué los platos en el centro de la mesa, sorteando las copas, platos y cubiertos, colocados en una simetría perfecta. La estancia era enorme, con paredes tapizadas en colores azules de tono pastel y ventanas con cortinas de seda que cubrían lo necesario para dejar pasar la luz solar. Mientras, una lámpara de araña colgaba del techo.
—Deborah, cuando termines de traer los platos, te quedarás a atender a los señores —informó la señora Luisa, quien, desde la entrada de personal, supervisaba cada detalle.
Hice un gesto de asentimiento y me marché a la cocina para buscar el resto de la comida. Después de unos minutos entraron en el comedor el Duque y la Duquesa de Condelword, y unos instantes más tarde llegó su hija mayor.
—Deborah, felicidades por tu entrada a Kensington Hall —dijo Lord Calet después de un rato de iniciado el desayuno, mientras dirigía una amable sonrisa hacia mí.
Había interactuado poco con él, pero me parecía una gran persona. Me recordaba a mi padre.
—Gracias, milord —contesté con un asentimiento de la cabeza y una breve sonrisa.
Lady Fabiana, levantó sus ojos cafés sin expresión hacia mí y me felicitó con un "Felicidades" sencillo e impersonal, mientras que la matriarca de la familia solo fue capaz de observarme de arriba abajo con desprecio y desaprobación. Estaba segura de que ella era una de esas muchas personas que se encontraban en contra de la nueva proclama. Sin embargo, sabía que siempre habría alguien en contra de lo que se decía. Las opiniones nunca serían las mismas para todos y, lamentablemente, algunos seres humanos se creían más que otros solo por tener millones en una cuenta de bancaria.