Sentí la puerta abrirse a mis espaldas. Me giré lentamente, aún con todas las sensaciones que llenaban mi cuerpo, para encontrarme con un hombre de unos sesenta o setenta años, con cabello castaño con algunos mechones canosos, ojos caídos de color verde y barbilla levantada. Supe enseguida que era el Gran Duque, pero no solamente eso, sino que, era el hombre que me había observado la noche anterior, no podría olvidar esa mirada penetrante.
—Excelencia —saludé haciendo una reverencia.
¿Por qué este hombre quería verme? ¿Por qué tenía un cuadro de mi padre? ¿Qué estaba pasando aquí?
—Señorita Deborah Beltrán, al fin nos conocemos —dijo con voz aguda, como si me hubiera estado esperando desde hacía mucho tiempo.
—Así es, excelencia —dije recuperándome de la reverencia y entrelazando mis manos en mi regazo—, debo decir que su nota me asombró mucho —agregué mirándolo a los ojos, aunque debía decir que hacerlo era sumamente difícil, ya que tenía una figura imponente, similar a la reina.
De repente su postura recia cambió y su mirada pareció llenarse de un recuerdo del pasado.
—Tu mirada —dijo con un tono de añoranza en su voz—, es una mirada de fuerza como la que tenía tu padre —añadió haciendo que mi corazón se acelerara, mi cuerpo parecía haber adquirido un gran calor.
—¿Cómo conoce usted a mi padre? ¿Que hace su retrato aquí? —me atreví a preguntar al fin.
Sin poder evitarlo volví nuevamente mi mirada hacia el cuadro para asegurarme que no hubiese sido un engaño de mi mente, pero no, ahí estaba. Así que regresé mi vista al Gran Duque en búsqueda de respuesta.
—Siéntese, Señorita Beltrán y permítame contarle la historia de mi hijo, el Gran Duque Heredero —me pidió acercándose a una de las mesas que había en la estancia. Yo lo seguí e hice lo que me pidió, no sabía que tenía que ver su hijo conmigo, pero lo escucharía. Ya sentada, con un ruidoso suspiro continuó la historia—. Mi hijo Lord Fernando Winsester era el hijo más amoroso del mundo y era muy responsable como futuro Gran Duque de Milend. Pero todo cambió cuando un día comenzó a trabajar una joven en nuestra casa, no le di importancia a aquello, pero de algún modo él se enamoró de aquella criada, se enamoró de tu madre —Al oír eso sentí que nuevamente el aire me faltaba.
—No, eso no es verdad —dije negando con la cabeza múltiples veces—. Mi madre solo amó a un hombre en su vida y ese fue mi padre.
—Exactamente, tu padre era mi hijo —respondió.
Me agarré a la silla pensando que en cualquier momento el suelo comenzaría a temblar. No podía ser, no podía ser, no podía ser. Mi padre no era noble, él era un hombre simple. Mi padre y mi madre no me habrían mentido con ello jamás.
Sin que me diera cuenta comencé a llorar y descubrí las lágrimas cuando el sabor salado de las mismas llegó a mis labios.
«Lo que dice este hombre no es cierto, no lo es», repetía mentalmente aún en shock.
»Mi hijo se enamoró profundamente de tu madre. Ella al principio no aceptó el cortejo de tu padre, pero él no se rindió y un día los dos aparecieron juntos diciendo que se habían casado en secreto. Como padre que era, siempre quise lo mejor para mi hijo y debo decir que tu madre no lo era por su clase social, pero aún así la acepté como mi nuera. Luego de un tiempo tu padre se dio cuenta de que en este mundo lleno de prejuicios ellos no serían felices, por ello me dijo que renunciaba a su título y que se convertiría en Fernando Beltrán —narró y me llevé las manos a la cabeza sin creer nada de lo que decía.
Me dolía la cabeza, el mareo aumentaba al igual que la fatiga. De repente todo comenzó a parecerme más turbio y oscuro. Hasta que el negro se ciñó sobre mí.
*****
Abrí los ojos lentamente mientras me ubicaba. Estaba recostada sobre algo mullido, muy cómodo.
—Excelencia, ha despertado —dijo una voz a mi lado y enseguida en mi campo de visión apareció el Gran Duque.
—¿Señorita Beltrán se encuentra bien? —inquirió.
—Lo que usted dijo no es cierto, mi padre no perteneció a la nobleza —dije reincorporandome y negando con la cabeza.
No me importaba ser maleducada en ese instante. No podía creer que mis padres me hubiesen ocultado quién era y de dónde venía. Era imposible que ellos lo hubiesen hecho.
—Ojalá no fuera cierto, querida, así él estaría vivo ahora —dijo y me pareció que su mirada se entristeció—. Tú padre murió por culpa del título —agregó.
—¡¿Cómo?! —exclamé sentándome. Nuevamente el aliento se desprendía de mí— ¡¿Qué quiere decir con eso?!
Todo parecía tan irreal, aún no podía creer que fuese cierto, pero a la vez me preguntaba por qué me mentiría aquel hombre. El Gran Duque hizo una señal al hombre que estaba sentado junto a mí, y solo entonces me di cuenta de su presencia, era Alexander o al menos se parecía, porque su expresión era distinta.
Aquel hombre se puso en pie y haciendo una reverencia se marchó del salón. Lord Minsester tomó su lugar.
—Deborah, por ley, aunque tu padre había renunciado al título seguía siendo mi heredero —dijo con un deje de culpabilidad—, para que alguien más heredara el puesto tu padre debía morir.
«¿Qué? ¿Qué tipo de ley era aquella tan absurda?», me pregunté mientras intentaba recordar, pero mi cerebro se negaba a colaborar. Mi padre había muerto en un accidente, pero por lo que decía él, no podía creerlo.
—Cuando sucedió el accidente, sospeché que no había sido un accidente, así que investigué y descubrí que fue un sabotaje.
—¡¡No!! —grité entre lágrimas. Caí al suelo y sentí que mi corazón se deshacía, como si alguien lo tomara en sus manos y lo despedazara. ¿Por qué despertaba el dolor que había sepultado en mi interior? Así fuera el Gran Duque, no tenía derecho a despertar este dolor en mi corazón— ¡No tenía derecho a remover el cuchillo que hay en mi corazón! —le grité con furia mientras le miraba desde el suelo.
Mi padre, mi pobre papá. Había muerto por dinero, por la ambición de alguien más.