—¿Es necesario esto? —pregunté señalando la cinta que me ataba a la silla. No estaba muy apretada como para no dejarme moverme, pero tampoco lo suficientemente holgada para que pudiera inclinarme a comer los manjares que me llamaban desde la mesa.
—Sí, es necesario —dijo mi abuelo con un tono que contenía un regaño.
No es que desease escaquearme de mis responsabilidades, pero elegir el horario del almuerzo para corregir mi postura al comer, era toda una crueldad de su parte. Si al menos no estuviese tan hambrienta todo sería más fácil.
Intenté estirarme hacia el plato y logré tomar el tenedor correcto, pero al tomar una porción de la comida, este cayó en mi servilleta, era demasiada distancia entre el plato y mi boca. Traté por una segunda vez y una tercera, pero ambas fracasaron, así que no me contuve más. Con la mano que tenía libre tomé el plato, lo coloqué contra mi pecho y comencé a comer.
—¡Deborah! —exclamó mi abuelo con los ojos como platos. Mientras Guillermo, que se encontraba en una esquina del salón, contenía una sonrisa—. Nos quedan tres semanas para tu presentación y aún haces estás cosas—. Su tono era de exasperación y cansancio.
No entendía a qué venía ahora esa desesperación, si hasta el momento me había desempeñado como una alumna magistral. Quizás la causa era la cercanía de mi presentación. Yo también sentía que perdía el aliento al pensar en ello. En muchos momentos había pensado en abandonar, pero luego recordaba que yo también me encontraba en peligro y que por culpa de dicha persona había perdido demasiado. No definitivamente no había vuelta atrás.
Coloqué nuevamente el plato sobre la mesa sintiéndome un tanto culpable por lo que acababa de hacer.
—Lo siento, abuelo —respondí con la cabeza agachada—. Es que tengo mucha hambre —añadí dirigiendo levemente mi mirada hacia él.
—Está bien, come, pero te advierto que la próxima vez no seré tan benévolo —respondió luego de soltar un suspiro y yo sonreí.
En el fondo el Gran Duque no era tan frío, tenía su corazoncito, hasta me había dejado llamarle abuelo en privado. Al principio había sido raro tratarlo así siendo dos extraños, pero poco a poco nos íbamos acostumbrando uno al otro.
Finalmente le hizo una señal a Guillermo y le pidió que me desatara.
—Come. Estaré en la sala para la siguiente clase cuando termines —respondió antes de salir del salón.
Enseguida comencé a devorar todo, como si hiciera milenios que no hubiese comido, últimamente el hambre me asaltaba con mucha facilidad. Varias veces me había levantado en las madrugadas en la escuela en busca de comida.
—Señorita Deborah, coma despacio o podría caerle mal la comida —sugirió Guillermo mientras yo seguía comiendo a toda velocidad.
—Es qué tengo mucha hambre —respondí después de tragar.
—Si el Gran Duque la viera le daría un ataque —contestó con una sonrisa.
—Entonces no le digamos nada —respondí guiñándole un ojo, que él respondió con una mirada cómplice.
Guillermo se había convertido en un gran amigo para mí, a diferencia de su hermano, él había cedido en sus formalidades hacia mí. Escuchar la palabra excelencia constantemente era una tortura, no lograba acostumbrarme.
*****
Cuando el almuerzo terminó me dirigí a la sala junto a Guillermo. Mi abuelo se encontraba sentado en uno de los sillones frente al televisor. Su postura era impecable y me pregunté si en algún momento dejaba de ser así y se comportaba como un hombre común. Parecía ser un mal de toda la nobleza, siempre estar alerta sin importar fecha, hora y lugar.
—Ya estoy aquí —dije caminando hacia él.
Cada día se me hacía más difícil fingir "normalidad", porque lo que antes era una rutina incómoda, ahora se había convertido en parte de mi día a día. Llevar zapatos altos, caminar con el mentón arriba y sentarme de forma activa eran cotidianos para mí.
Tomé asiento en el sofá junto a mi abuelo esperando sus indicaciones.
—Hoy es un día importante para el pueblo de Frionia. Se cumple otro aniversario de la muerte de nuestro amado rey —La voz de la locutatora me hizo girar la cabeza hacia la televisión—. La familia real, miembros de la nobleza y frionianos se presentaron en el cementerio para servir tributos al rey —Las imágenes de la reina junto a la princesa y William comenzaron a aparecer en la televisión. Los tres vestían con ropas negras y tenían mirada impenetrables.
Enseguida me puse en pie. ¿Cómo había podido olvidar el aniversario de la muerte del rey? Había prometido a William que le retribuiría lo que había hecho en el aniversario de mi papá.
«Pero él ahora está prometido», dijo una vocesilla dentro de mí.
Pero eso no importaba, al menos no en ese instante. Él había estado a mi lado en mis momentos difíciles, yo tenía que estar en ese momento para él.
—Abuelo, lo siento mucho, pero tengo que marcharme —dije poniéndome en pie abruptamente—. Te prometo que compensaré este día —añadí antes de salir corriendo ignorando las protestas de mi abuelo.
Sabía que me costaría muy cara esta huida, pero tenía que hacerlo.
En el elevador me quité los tacones que me obligaba a usar mi abuelo mientras estudiaba en el apartamento y me puse unas deportivas que llevaba en mi bolso.
Deborah: ¿Sabes dónde está William?
Pregunté a Derek cuando subí a un taxi, tal vez el supiera dónde podía encontrarlo. Ya era más del mediodía, así que imaginaba que las imágenes en la televisión eran grabadas.
Derek: Nos vimos en el acto y ya. Caroline me llamó hace un rato. La reina lo está buscando porque dejó algunos miembros del consejo esperando para dar sus condolencias. Su móvil está apagado.
Deborah: Ok, gracias de todas formas.
Me preguntaba dónde estaba William. Imaginaba que quería huir del mundo como yo lo hacía, cómo lo había visto el día del discurso.