Kensington Hall

Capítulo 21

—Alexander, por favor, llévame a la Mansión Conderwold —pedí bajando la ventanilla que dividía la parte trasera y la frontal.

Posiblemente mi madre ya habría visto las noticias. Un sudor frío me recorría solo de pensar en enfrentarla. Estaba enojada con ella por sus mentiras, pero también me aterraba pelear con ella.

—¿Sucede algo? —inquirío mi abuelo a mi lado.

—Tengo que hablar con mi madre —respondí mirándolo sin esconder todo lo que me aterraba en ese momento.

—Todo irá bien —aseguró mi abuelo tomando mis manos.

Ese gesto fue más grande que las miles de palabras que pudiera haberme dicho. Que él, un hombre distante, tuviera ese gesto hablaba mucho.

Al llegar a la mansión, me despedí de mi abuelo para entrar en la casa. Cuando llegué a la cocina la encontré trabajando con gran ahinco junto a las otras sirvientas. Al darse cuenta de mi presencia se hizo un gran silencio mientras los ojos de todos se movían hacia mí con incomodidad. Incluso vi a la señora Luisa, que entró en ese instante, mirarme llena de sorpresa y después de verla dudar por un momento, hizo una media reverencia. Todos en ese salón ya lo sabían, estaban conciente que ahora era la Gran Duquesa Heredera.

Mi madre con la mirada clavada en mí, dejó con un sonido seco el cuchillo con el que estaba cortando, vino hasta mí y tomando mi brazo me arrastró fuera de la cocina hacia la habitación.

—¡Me puedes explicar que significa todo esto! —exigió mamá cuando entramos en la habitación, sus ojos echaban chispas.

—Mamá tu eres quien debería explicarme por qué me mentiste por tanto tiempo —respondí sin alzar la voz más de lo necesario.

—Hoy mismo vas a ir a ver al Gran Duque y a retractarte de esta decisión ¿Está bien? —respondió con la misma autoridad de siempre. Sin decir que lo sentía por haberme mentido, sin dar explicaciones.

Di un paso atrás y negué con la cabeza. Tal vez era mi culpa. Había acostumbrado a mamá a ser obediente hasta en lo más mínimo, pero descubrir quién había matado a mi padre no era negociable.

—Desde que tengo memoria, te he seguido a dónde has querido. Nunca te cuestioné nuestras mudanzas casi diarias, a pesar del dolor que aquello me causaba. Te he apoyado en todo lo que has hecho y dicho —repliqué con voz ahogada mientras pestañaba una y otra vez para retener las lágrimas—. Sin embargo, esta vez no renunciaré a encontrar al asesino de mi padre.

Mamá me miró con el rostro lleno de lágrimas. Dió un paso hacia mí y acarició dulcemente mi mejilla.

—No quiero que te maten —susurró con voz ahogada.

—Lo siento, mami, pero te desobedeceré otra vez —Mi corazón se llenó de pesar cuando esas palabras salieron de mis labios. No quería herir a mi madre, pero había perdido parte de mi pasado y sentía que no hallaría futuro si no resolvía lo pendiente. No iba a huir más de lo que me asustaba, deseaba enfrentarlo.

Me alejé de la persona que más amaba para dirigirme hacia la salida. Tal vez era mejor hablar cuando ambas estuviéramos más calmadas. En ese instante estábamos tan alteradas que dudaba que pudiésemos escucharnos una a la otra.

—Si sales por esa puerta, puedes olvidarte que tienes madre —Sus palabras impactaron directo a mi corazón. El dolor atravesó todo mi cuerpo mientras temblaba.

Respiré una y otra vez, hasta que sentí que mi voz podría salir, que sería lo suficientemente fuerte para enfrentarla.

—Sé que ahora estás nerviosa. Así que te dejaré para que pienses. Hablamos en otro momento —respondí antes de salir rápidamente de la habitación.

Antes de llegar a la cocina me sequé las lágrimas que corrían por mi rostro.

—Que tenga buenas tardes —dije a las que alguna vez habían sido mis compañeras de trabajo, antes de salir de la mansión casi corriendo.

En la puerta me esperaba Guillermo fuera del auto.

—El Gran Duque se fue... —comenzó a decir Guillermo— ¿Qué sucedió? —inquirió con la preocupación reflejada en mi mirada.

—Nada, vámonos ya —respondí intentando que mi voz se serenara. En ese momento debía ser fuerte no importaba cuánto me doliera el corazón.

Guillermo me llevó hasta el apartamento, donde había pasado mis prácticas. Me sentí mejor que me llevase allí, no quería pasar esa noche en Kensington Hall, rodeada de toda aquella gente. Necesitaba la soledad que me proporcionaba aquel lugar.

—¿Señorita Deborah, necesita algo? —inquirió Guillermo cuando entramos en el apartamento.

Simplemente levanté mi mano para hacerle saber que no necesitaba nada y me dirigí a mi habitación. Solté los tacones que llevaba sin importar donde quedaran. Me lancé en la cama mientras el peso del mundo me aplastaba como una gran piedra en la espalda. Mis ojos ardía por las lágrimas contenidas, pero no estaba dispuesta a seguir envuelta en llanto. Cerré los ojos intentando dormir, pero las palabras de mi madre venían a mi mente y me llenaban de desasosiego. De un solo tirón me puse en pie y me dirigí hacia el despacho.

Abrí una de las gavetas, allí estaban las fotos de mis primos, las saqué y comencé a colgarlas en la pizarra que allí había. Si no podía dormir, me dedicaría a buscar al asesino de mi padre, tal vez alejara la opresión de mi alma.

******
Kesington Hall, la escuela de los sueños de cualquier persona, cualquiera que no conociera su interior oscuro y sus miembros mezquinos. Esa escuela había sido mi mayor deseo, me había parecido que allí todos los sueños se podían cumplir, pero caí de un precipicio y ahora solo podía ver un lugar oscuro, lleno de peligro. Ya no era mi cuento de hadas, ahora era mi ring de boxeo, donde solo podía ganar el más fuerte, el más hipócrita y el más frío.

Miré en la dirección de Guillermo, quién se encontraba en una esquina del salón. Mi abuelo había prometido que no notaría su presencia, pero me era imposible no sentirme observada constantemente. Además de ello, había tenido que cambiar de carrera, ahora estudiaba las mismas asignaturas que la mayoría de herederos. Me había dolido dejar mi sueño atrás, pero habían sacrificios necesarios.




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