Kensington Hall

Capítulo 22

Entré a la Mansión Conderwold casi corriendo, según Paty, mi madre llevaba dos días con un catarro bastante fuerte. Hasta ese momento había mantenido la distancia para darle su tiempo, pero había llegado el momento de hablar. Luego de entrar a la cocina, me dirigí directamente hacia la habitación de mamá. Giré el pomo, pero estaba cerrada con llave.

—Mamá, abre la puerta —pedí al tiempo que tocaba.

Se hizo un silencio cuando mi toque cesó, esperé unos minutos a que contestara o abriera la puerta, pero no se oyó ni el sonido de una mosca, así que toqué nuevamente. El silencio volvió a cernir el corredor y comencé a asustarme, temía que le hubiera pasado algo.

Cuando iba a tocar por tercera vez la puerta se abrió, pero quién salió de la habitación no fue mi madre, sino Fabricio.

—Deborah, tu madre no quiere verte —dijo con expresión molesta— ¿Cómo pudiste hacernos esto?

Parecía decepcionado, pero en ese momento me importaba poco eso. Enseguida supe que él también me había metido.

—¿Qué hice, Fabricio? ¿Acaso alguna vez le hice daño a alguien? —pregunté mientras el enojo corría por mis venas como un torrente—. Te responderé: No, nunca hice daño. ¡Fui la mejor alumna en la escuela! ¡Viajé de pueblo en pueblo sin rechistar! ¡No tuve una infancia tranquila! ¡No tuve casi amigos! ¡Me mantuve fuerte para mi madre!—No pude evitar que el dolor y el enojo se desbordara a través de mi voz.

Fabricio me observó como si no me reconociera, sus ojos me miraban llenos de asombro. Yo tampoco podía reconocerme, me sentía diferente; había guardado tantas cosas en mi interior que ya no podían aguantar más tiempo dentro de mí. Respiré hondo antes de acercarme a la puerta de la habitación y volver a tocar, nada, ni un sonido.

—¿No piensas salir, mamá? —inquirí, pero nada, ni rastro de vida—. Bien, mamá, si tú orgullo te impide verme, entonces ya me voy —respondí con un susurro ahogado mientras mi corazón se estrujaba.

—Deborah, hicimos esto por ti —me dijo Fabricio en un tono más suave.

Las razones ya no me importaban para nada. Sabía que deseaban protegerme del asesino de mi padre, pero intentando hacerlo, me habían condenado a vivir huyendo. Ahora que había decidido enfrentarme a los miedos que habían acarreado a mi madre y ahora a mí, sin embargo, ella estaba decidida a no escucharme.

—Ya no importa eso, Fabricio. Les agradezco el haber intentado protegerme, pero voy a luchar por encontrar al asesino. No voy a seguir huyendo de la vida —respondí con firmeza—. Por favor, dale esto a mi madre —añadí ofreciéndole una bolsa. En ella había puesto una sopa que había hecho y algunas medicinas. Me habría gustado entregárselo personalmente, pero...ella no quería ni verme.

Me di la vuelta con el corazón roto, esperando que mi madre abriera la puerta y me dijera que no me fuera, que me abrazara, pero no pasó. Al llegar a la cocina me encontré con Paty, quien enseguida me tomó del brazo y me sacó al patio.

—¿Pudiste hablar con ella? —inquirió cuando estuvimos solas.

Negué con la cabeza mientras las lágrimas recorrían mi rostro. Mi madre era todo para mí y tenía miedo de que no quisiera verme más, si también la perdía a ella con qué me quedaría.

—Debi, tal vez deberías renunciar al título. ¿En serio te importa más que tu mamá? —inquirió Paty y deseé contarle la verdad, pero no podía, no debía.

Si fuera solamente el título no me importaría renunciar a él, pero se trataba del hombre que atemorizaba nuestras vidas. De nada servía que yo renunciara como mi padre, al final de cuentas me matarían igualmente.

—Paty, quisiera poder explicartelo todo, pero no puedo —contesté negando con la cabeza—. Por favor, cuida de mi mamá.

Sabía por la mirada de mi amiga que no estaba de acuerdo con mis palabras, de hecho, parecía ni siquiera haberse creído que aceptaba mi título porque sí. Sin embargo, suavisó su mirada y asintió.

—Me voy ya —añadí antes de darme la vuelta y dirigirme hacia el auto.

Ariana me había pedido que nos reuniéramos. Quería cancelarlo, pero era mejor no hacerlo, así me distraería un rato de todos los problemas.

Me sequé las lágrimas antes de llegar hasta donde estaban mis guardias.

—Al restaurante Madison's—ordené al chófer cuando abrió la puerta trasera del auto y este simplemente asintió.

Cuando estuve sola dentro del auto respiré hondo, cerré los ojos mientras intentaba que la paz me llenara el alma. No obstante, parecía que todo aquello no podía calmar el desazón de mi corazón.

Los autos se estacionaron frente al restaurante y el chófer enseguida abrió la puerta para mí.

—Esperenme aquí —ordené cuando los guardias comenzaron a seguirme.

—No podemos, señorita Deborah, su abuelo nos pidió que la acompañasemos a todos lados —explicó Guillermo negando con la cabeza.

—Guillermo solo voy a cruzar la calle, no es necesario tanta seguridad. No quiero llamar la atención —repliqué y aunque no parecía conforme, le hizo una señal a los guardias.

Me dirigí hacia el paso peatonal que estaba a un metro y estaba justamente frente al restaurante, donde había quedado con Ariana. Esperé a que el semáforo se colocara en verde para cruzar la calle.

Cuando ya casi había llegado al otro extremo de la acera, oí un acelerón.

—¡Deborah! —exclamó Derek que apareció frente a mí antes de tomarme del brazo y jalarme hacia la acera.

Un instante después sentí como un auto pasó a mi espalda con celeridad y seguidamente vi desaparecer un auto negro al doblar la esquina.

—¿Estás bien? —inquirió Derek observándome con preocupación.

Guillermo, los guardias, Ariana, todos aparecieron de repente a mi alrededor preguntándome si estaba bien. Me costó entender lo que acaba de pasar, pero finalmente lo comprendí, habían intentando matarme y aquello erizó cada bello de mi piel.

—Deberíamos ir al médico —sugirió Guillermo observando mi rostro con preocupación.




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