Mi mente comenzaba a crear una idea que no quería que terminara de formarse. Fabricio era mi segundo padre, mi ancla firme después de su muerte, lo único que había quedado de mi papá. Y aun así, estaba frente a mí y aquellos hombres que me habían secuestrado lo llamaban jefe.
—¿Por qué? —pregunté casi sin fuerzas.
—Te di la oportunidad de seguir viviendo, pero decidiste volver —explicó Fabricio con seriedad. Un dolor punzante atravesó mi corazón al ver confirmadas las sospechas que ya había anticipado mi mente. Las preguntas se acumularon en mi mente al tiempo que intentaba procesar el dolor por el que estaba pasando—. Sé que te preguntas por qué lo hice y la respuesta es muy sencilla: por el título. De que sirve la riqueza de un hombre si la nobleza no lo acepta sin un estúpido título.
—¿Mataste a mi padre por un título? —pregunté con la voz casi irreconocible. Él simplemente asintió con la cabeza— ¡Asesino! ¡Eres un asesino! ¡Mataste a mi papá! ¡El confiaba en ti! ¡Ahhh! —exclamé dejando salir el llanto que estaba conteniendo.
Fabricio había matado a las dos personas que consideraba mis padres. Había asesinado a mi padre por el título y ahora había perdido el refugio que tenía en él.
—Deborah, no soy yo el asesino, son las leyes de este país —respondió tomando mi rostro por la barbilla para que lo mirase a los ojos—. Yo era el segundo hijo de un Barón, apenas iba a heredar un puñado de dinero. En cambio tu padre tenía un título y no lo quería, pero tampoco podía renunciar a él. Lamentablemente tenía que morir para que yo pudiera convencer al Gran Duque de dejarme el título al morir...
Siempre había sabido que la ambición de un ser humano podía ser letal, pero Fabricio había ido demasiado lejos. Mi padre confiaba en él, lo había hecho su amigo, confiado a su familia y solo había recibido una puñalada por la espalda.
—¡Monstruo! —exclamé con el estómago revuelto.
¿Cómo había sido capas de querer y abrazar a aquel hombre?
—No, no digas eso, Deborah —respondió él negando con la cabeza. Lo que más odiaba de su confesión, era la frialdad con la que hablaba. Parecía que no hablaba de un ser humano que había asesinado—. Si fuera un monstruo te habría matado cuando aún eras una niña, pero no lo hice, sino que convencí a tu madre para que no permitiera que tu abuelo te encontrara. Sin embargo, tenías que insistir en entrar en esa dichosa escuela y tenías que aceptar ser la Gran Duquesa Heredera. No te bastaba con con ser una chica normal.
Fue como si mis ojos se hubieran abierto por primera vez al mundo después de estar ciega por tantos años. Por su causa mi padre había muerto, por su causa había viajado de ciudad en ciudad huyendo, por ello no quería que entrara a Kesington Hall. Quien manipulaba los hilos era él, todos estos años, las decisiones de mi madre las había llevado él.
—Incluso ahora, podría haber mandado a matarte, en cambio te secuestré porque quiero darte una última oportunidad —añadió como si el haberme perdonado la vida fuese un caso de caridad.
—Tú intentaste provocarme un accidente —repliqué con horror.
Su mirada vacía me demostraba una frialdad que sobrepasaba incluso la que había podido ver en la reina.
—De haber querido matarte con aquel auto, lo hubiera hecho. Sin embargo, quise darte una oportunidad más porque te quiero —respondió acariciando mi cabello. Sacudí la cabeza para deshacerme de su mano, no quería que me tocara. Su descaro era increíble, decir que me quería era hasta irónico—. Te ofresco un trato que nos beneficiará a ambos. Cásate con Albert, si lo haces, él heredará tu título y mi familia pertenecerá a la más alta nobleza. Es un trato justo, después de todo, ustedes prometieron casarse cuando eran niños —agregó dando un paso atrás.
—¡Ni muerta! —exclamé parpadeando para acabar con mis lágrimas.
Fabricio no valía ni una lágrima. No podía seguir llorando por el asesino de mi padre. El monstruo que había acabado con mi vida. Aún tenía el descaro de pedir que me casara con su hijo para obtener mi título y creía que lo aceptaría muy campante.
—Te daré esta noche para que lo pienses. Pero si no aceptas, tendré que acabar contigo —Un estremecimiento recorrió cada célula de mi cuerpo.
—¡Pues hazlo de una vez! —grité con todo el enojo que tenía—¡Mañana mi respuesta será la misma!
Si iba a perder mi título sería por la muerte y no porque se lo entregara a Fabricio en bandeja de plata.
Cuando Fabricio llamó a uno de los guardias, temblé de miedo. Una voz me decía que me retractara, que aceptara esa propuesta, pero no lo haría, no podía dar ese premio a él.
—Denle un poco de agua, pero nada de comida. Mañana regreso —dijo a uno de los guardias antes de salir de allí sin mirar atrás.
Cuando me quedé sola, me permití llorar. Cuánto dolor más tenía que aguantar. Estaba cansada, ya no podía más. Mi corazón no lo aguantaba, quería colapsar de una vez. Las lágrimas fueron replanzados por un extraño vacío, ni siquiera tenía fuerzas para luchar por escapar, solo esperaba la hora de mi muerte. En mi mente pedía perdón por todo el mal que había hecho alguna vez.
Un guardia se acercó a mí con agua y solo tomé un sorbo, porque era demasiado insoportable sentir la garganta seca, sin embargo, no hubo nada que decir. Los fragmentos de mi corazón estaban dispersos por el suelo. Mi único deseo antes de morir era ser perdonada por las personas que amaba.
El sueño desapareció de mí por completo y pasé toda la noche recordando los momentos felices que alguna vez había vivido. Las risas cuando era niña, los momentos junto a mis padres y mis momentos de felicidad con William.
Pude ver por los ventanales como la claridad iba llenando el cielo oscuro de colores como el azul, blanco y amarillo. Mi último día acababa de empezar.
Fabricio llegó cuando el sol ya había alcanzado su cúspide o eso parecía desde los altos ventanales. Mi cuerpo ya estaba muy cansado, todo me pesaba y mi estómago ardía por el hambre.