Las lágrimas colmaron mis ojos al recibir la noticia. Guillermo había sido mi amigo y confidente. No podía odiarlo, porque él era el hombre que había dado su vida por mí.
—Lo siento mucho, mi niña —susurró mi mamá dándome un abrazo y me permití llorar en su hombro—. Perdóname por haberte tratado mal, por haberte arrastrado hasta aquí con mis miedos. Por no haber sido el escudo que necesitabas —dijo mi madre mientras acariciaba mi cabello.
Ya la había perdonado, no quería resentimiento con nadie. Había odiado a Guillermo y él había muerto. El rencor y la ambición solo habían traído muerte.
—Quiero ver a Alexander —pedí a mi madre cuando me separé de ella.
Él debía estar devastado. Guillermo era su hermano, lo único que tenía.
—Él no se encuentra aquí. Fue con tu abuelo a resolver todo para el entierro —explicó mi madre—. El rey William también pasó por aquí, pero estabas durmiendo.
Yo simplemente asentí. Con tanto ajetreo había olvidado que William se había convertido en rey. Estaba segura de que sería un magnífico líder.
Me recosté nuevamente en la cama mientras la debilidad llenaba mi cuerpo. Ya no quería hablar, solo quería descansar.
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Dos días después fue el entierro de Guillermo. Ver su ataúd fue extraño, como un dolor incesante que golpeaba una y otra vez el corazón y removía los cimientos del alma. La tierra que cayó sobre su ataúd fue una despedida terrible y ser testigo de como Alexander contenía sus lágrimas mientras con pala en mano echaba la tierra en la tumba fue peor aún. El remordimiento me atormentaba cuando lo veía, por alguna razón la culpa se acumulaba sobre mis hombros.
—Lo siento, Deborah —dijo William acercándose a mí—. Sé que era una persona cercana a ti.
—Gracias, su majestad —respondí en un susurro. A pesar de que mi mayor deseo era abrazarlo, debía mantener las distancias— ¿Cuándo será el juicio de Fabricio?
—Debe ser dentro de dos días, tengo entendido. ¿Estás preparada?
—No, pero no quiero aplazarlo.
Retrasar el dolor no servía de nada, ya lo había hecho tantas veces que todo se había acumulado en mi interior y ahora explotaba como cargas de dinamita. Los médicos me sedaban un poco, pero habían ido reduciendo las dosis, porque debía enfrentar mi duelo consciente, aunque no sabía cómo procesar tanto dolor.
—Está bien —respondió William y pasó junto, no sin antes sujetar mi mano y apretarla.
Le di una mirada y él me ofreció una sonrisa, pero no en sus labios, sino en sus ojos y con ello entendí que quería darme las fuerzas que me faltaban. Ese pequeño toque fue insuficiente, pero era todo lo que me podía ofrecer.
Cuando todos se marcharon, me acerqué a Alexander. Él tomaba asiento junto a la tierra donde yacía Guillermo.
—Lo lamento mucho —dije tocando su hombro. Alexander no levantó su mirada, pero supe que lloraba porque su cuerpo comenzó a agitarse—. No contengas tu dolor. Es bueno llorar —dije dando algunas palmaditas en la espalda. Mis ojos también se llenaron de lágrimas.
De repente Alexander dejó salir su llanto y mientras lloraba en la tumba de su hermano yo estuve allí para que supiera que no estaba solo. Nos habían acostumbrado a ser fuertes y nunca mostrar debilidades, pero era normal llorar por la pérdida de un ser querido importante.
—Sé lo que hizo mi hermano. Sé que asesinó a tu padre —dijo Alexander cuando pudo calmarse, su voz era ronca. A continuación, se puso en pie y se dió la vuelta hacia mí—. Dejó esta carta para ti. La encontré entre sus cosas —añadió entregandome un sobre—. Yo... lo siento mucho. Me avergüenzo de mi hermano.
—No lo hagas. Guillermo se arrepintió de lo que hizo. Yo le he perdonado y tú también debes hacerlo. No quiero que por ser fiel a mi familia odies a tu hermano —respondí dando una palmadita en su hombro.
Alexander asintió con los ojos llenos de una infinita tristeza.
Miré la tumba de Guillermo antes de dirigirme hacia el auto mientras me aferraba a la carta que me había dejado. Cuando estuve sola en el auto me permití abrir la epístola.
"Querida Deborah:
Si estás leyendo está carta significa que he huido o que estoy muerto, de otro modo no podría hacerte saber esta verdad. Yo ayudé con el asesinato de tu padre, lo hice junto a Fabricio, él es el asesino, sé que será un golpe duro para ti, pero tenías derecho a saber con quién vives.
Cuando era joven estaba enamorado de tu madre, la amaba mucho, pero ella no me dió oportunidades nunca y terminó casándose con tu padre. En ese tiempo el rencor me cegó por completo, no podía creer que ella le prefiriera a él, y cuando llegué a reflexionar por mis acciones, ya era muy tarde, el plan ya estaba en acción. He vivido mi vida con remordimiento desde entonces. Muchas veces pensé en quitarme la vida, pero solo fui un cobarde y no pude.
Al conocerte, el remordimiento aumentó, pensar que te había privado de tu padre hacía que mi corazón doliera, pero no podía decirte nada, porque tenía miedo de tu odio, porque te amo como una hija y no quiero perderte. Quería protegerte de Fabricio, pero no quería mostrar mis pecados. Lamentablemente todo el daño que te he hecho, no lo merecías, ni tu familia.
Solo anhelo que algún día puedas perdonar a este corazón arrepentido.
Tuyo, Guillermo"
Apreté la carta contra mi pecho mientras algunas lágrimas se deslizaron por mis mejillas.
Al llegar al apartamento todos los recuerdos vividos allí se rememoraron. Era la primera vez que me enfrentaba a mi mente, ya que esa misma mañana había recibido el alta del hospital.
—Deborah, ¿estás bien? —inquirió mi abuelo a mi lado.
¿Qué podía responder? ¿Había respuesta para esa pregunta? No la conocía. Ni siquiera sabía si mis emociones aún estaban en mi interior, pues en momentos deseaba llorar, pero en otros solo había vacío, un vacío que engullía mi ser. Era como estar en una habitación infinita con paredes oscuras.