Un año después...
La risa de los abuelos se volvía contagiosa por todo el salón mientras contaban historias de tiempos pasados cuando sus cabelleras aún eran de colores y su piel era tersa y joven, aunque había algo que no cambiaba en su mirada y era la alegría de vivir.
—Gracias, querida —dijo una señora cuando dejé el plato de sopa frente a ella—. Por cierto, tu cabello es hermoso —añadió con una sonrisa.
Instintivamente llevé la mano a mi cabello, ahora corto, aunque había estado aún más corto. Aún podía recordar el día en que había tomado un arrebato y había cortado mi cabello hasta casi quedarme calva, todo para no recordar a Fabricio. Sin embargo, ahora estaba bien con mi cabello, poco a poco iba creciendo nuevamente.
—Gracias. El suyo también es hermoso —elogié acariciando su cabello canoso y la señora me lanzó un beso.
Le di una sonrisa antes de seguir repartiendo la comida a los ancianos, era mi último día haciéndolo. Los extrañaría muchísimo, ahora eran una familia para mí.
De repente entró Lucía con un pastel en sus manos y junto a ella estaba el pastor, su esposa y los otros hermanos que servían en la cocina.
—Deborah, no podíamos dejarte ir sin despedirte —explicó el pastor y mis ojos se llenaron de lágrimas—. Que tu viaje esté lleno de victoria, gozo, sabiduría y amor, pero que por sobre todo esté Dios —añadió.
Cada uno de ellos compartió una palabra para mi nuevo camino y después oraron por mí. Los ancianos se unieron a mi despedida deseándome lo mejor.
—Gracias, hermanos —respondí con un nudo en la garganta. Estaba acostumbrada a las despedidas, pero no estaba preparada para esa—. Gracias por haberme acogido en la Iglesia cuando creí que no podría salir del fondo, gracias por haber sido... constantes en vuestras oraciones para mí y gracias por... cada palabra de aliento cuando todo parecía perdido. Me los llevo en el corazón —Casi no podía hablar por las lágrimas.
Todos me rodearon y abrazaron entre lágrimas. Desde que mi mamá me había traído a la Iglesia había hecho una gran familia que habían subido a mi barco y habían puesto rumbo a mi vida.
Había sido un año lleno de cambios, con momentos difíciles y otros llenos de alegría. Ellos me habían acompañado en mi recuperación durante todo aquel tiempo. El tiempo me había hecho bien, me había dado cuenta que lo había necesitado para procesar todo mi dolor, para acercarme nuevamente a Dios, para poder redescubrirme. Ya no era la chica que había entrado en Kesington Hall, pero tampoco era la que había fingido para esconder mi temor.
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Regresar a Frionia fue muy extraño, nada había cambiado, pero todo estaba diferente. En la salida me esperaba Alexander a quien abracé con todas mis fuerzas. Cuando había anunciado mi regreso, mi abuelo había querido hacer un gran recibimiento, pero negué, no quería tanto bombo y platillo para recibirme. De todas forma, no es que hubiese estado incomunicados en todo aquel año, al contrario, él, mi madre y William me habían llamado casi todas las semanas.
—¿Cómo estás? —inquirí cuando nos separamos. Él no parecía haber cambiado mucho, aunque ya sus ojos no tenían la tristeza de antes.
—He mejorado, Excelencia. Aún lo extraño, pero hay que seguir viviendo —respondió Alexander.
—Guillermo siempre vivirá en nosotros —respondí.
Por mucho tiempo había sufrido debido a su muerte, pero había aprendido que debía dejarlo ir. Guillermo viviría en mis recuerdos, pero debía seguir adelante, es lo que él hubiese deseado.
Finalmente nos dirigimos hacia el auto y antes de que Alexander pudiera abrir la puerta, yo lo hice.
—Excelencia, esa es mi función —protestó Alexander.
—Tengo dos manos, gracias.
Le pedí a Alexander que me llevara a la carcel y aunque en un principio se negó. Finalmente accedió después de casi suplicarle. Necesitaba ver a Fabricio.
Me encontré con una imagen nunca antes vista. Fabricio estaba bastante delgado y ojeroso. Tenerlo frente a mí me causó un escalofrío, pero a la vez la pena me inundó al verlo así.
—Decidiste venir a verme, Deborah —Su voz ya no era la misma. Era ronca como si mil años hubieran pasado—. Te diste cuenta que el sistema fue el culpable.
Él no había cambiado en su interior lamentablemente.
—No, Fabricio. Vine porque mi rencor hacia ti murió. Solo quería decirte que te perdono y espero que algún día puedas redimirte de tu ambición —contesté.
Era algo necesario para que yo pudiera seguir adelante. Por mucho tiempo odié a Fabricio y creí que si le perdonaba estaba olvidando lo que me hizo, pero solo me aferraba a una cadena que no me permitía avanzar.
Me pareció ver un destello en sus ojos. Esperaba que algo en su corazón se hubiera movido.
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Al llegar al apartamento tomé aire, era el último enfrentamiento a los demonios de mi pasado. Al entrar me quedé sin hablar, el suelo estaba lleno de pétalos de rosas y algodones de colores que formaban un camino el cual seguí. En el final de este encontré un lienzo, una pintura de una chica sonriente con unos tan llenos de felicidad que se desbordaban fuera del cuadro y esa chica era yo. Era de belleza indescriptible.
—Bienvenida —dijo una voz masculina en mi espalda y al darme la vuelta me encontré con William, con el hombre que amaba frente a mí. Lucía muy apuesto con un traje azul oscuro. Le había extrañado mucho—. La primera vez que nos vimos tú estabas aplicando para entrar a Kesington Hall y ese día pude ver un brillo en tus ojos que nunca antes había visto y que me enamoraron. Hoy después de tanto tiempo, vuelvo a ver esos ojos hermosos y vuelvo a enamorarme de ellos.
Podían escucharse palabras más hermosas que las que venían del hombre que amaba. De repente sacó una caja de terciopelo rojo y arrodillándose la abrió. En su interior había un anillo, uno hermoso. De oro con un diseño raro que parecía el ala de un hada con tonos plateados, verdes y azules.