Al llegar a Condelword aquella tarde los gritos de Paty podían escucharse en Kensington Hall, incluso cuando nos encontrábamos a tanta distancia de la escuela.
—¡Eres la mejor amiga del mundo! —exclamó mi amiga mientras brincaba con mi bolso de tela entre sus manos.
Imaginaba que en las plantas superiores Lord y Lady Calet habían escuchado los gritos de mi amiga, pero quién podía detener a una adicta a la nobleza con un bolso en su mano que contenía un autógrafo concedido por el mismísimo príncipe heredero de Frionia.
—Valió cada hora de esfuerzo extra y haber alimentado a los caballos —añadió mientras abrazaba el bolso como si fuera un oso de peluche—. Ven aquí, quiero besarte por ser la mejor amiga —añadió acercándose a mí para darme un abrazo.
Dudaba que yo fuera la mejor amiga. Yo solo había pedido un autógrafo al príncipe, en cambio los pelos desordenados de Paty y su uniforme sucio, denotaba todo el esfuerzo que había tenido que realizar para terminar las tareas a tiempo y no ser castigada.
—Bueno, te dejo para que disfrutes de tu regalo —dije cuando nos separamos. Acto seguido tomé las cosas que había sacado de la bolsa y las cargué en brazos.
A duras penas abrí la puerta de mi habitación con todo lo que llevaba a la mano, y una vez dentro, solté todo sobre la cama. Seguidamente, entré en la ducha para darme un buen baño, solté los zapatos en una esquina del cuarto y cuando mis pies tocaron el suelo, sentí un enorme alivio.
Cuando terminé de bañarme, comencé a peinar mi cabello azabache frente al pequeño espejo del baño. Al observar el reflejo de mis ojos, mi mente recordó el encuentro de la tarde con el príncipe.
(...)
—Necesito... un autógrafo, Alteza —susurré con la cabeza gacha. No sabía cómo las palabras habían logrado salir de mis labios, pero no podía regresar a casi sin aquel autógrafo.
El príncipe me miró como si no se lo hubiera esperado aquella petición, en sus ojos se mezclaban la sorpresa y la diversión. Y apretó los labios como si contuviera una sonrisa hasta que volvió a su seriedad habitual. Fue breve, pero por un instante, su fachada había parecido caer.
—Por supuesto, señorita —respondió él cuando recuperó la compostura—. Solo necesito algo con que firmar y que me diga dónde.
Asentí con la cabeza y enseguida abrí mi bolso. Escarbé entre los artículos que había en mi bolso hasta que di con el marcador negro, que llevaba a todos lados por precaución. A continuación, rebusqué entre mis pertenencias algo en dónde el príncipe pudiera apuntar, pero nada. No había llevado agenda, ni block de notas y nada parecido. Miré mi blusa sopesando la idea de mancharla con el autógrafo, pero me negué, era mi favorito. Acto seguido, miré mi bolsa de tela, era lo único que tenía para escribir y definitivamente no volvería a casa sin ese autógrafo.
—Por favor, póngalo aquí —dije inclinando mi bolso hacia él al tiempo que le ofrecía el marcador—. El autógrafo es para una amiga, su nombre es Paty —aclaré.
El príncipe asintió y enseguida comenzó a escribir en el bolso. La caligrafía, aunque intentaba ser de un cursivo casi victoriano, la falta de apoyo y los objetos dentro del bolso impidieron que esta quedara como imaginaba debía ser. Paty no se fijaría en ello, estaba segura que solo le importaría que fuera escrito por el príncipe, así se tratase de un garabato.
—Listo —dijo cuando el príncipe se reincorporó y me entregó el marcador.
Examiné una última vez mi bolso antes de levantar mi mirada hacia el príncipe.
—Muchas gracias, Alteza —respondí haciendo una reverencia—. Ya me retiro, disculpe las molestias —agregué.
—Espere —dijo el príncipe cuando me daba la vuelta para marcharme—. La acompañaré hasta la salida —agregó ofreciéndome su brazo.
Lo miré a los ojos intentando comprender aquel cambio tan repentino, pero no encontré nada, solo una mirada expectante. A continuación, bajé mis ojos hasta su brazo, que seguía listo para recibir el mío. Mi corazón se aceleró de forma precipitada, como si acabara de correr una gran distancia, podía oír su retumbar en mis oídos. ¿Por qué estaba así por un simple gesto? Sí, era el príncipe y estaba un poco nervioso, pero sentía que no era solo por ello.
—Señorita —llamó el príncipe haciéndome que mi mirada volviera a él y sus cejas levantaron esperando un respuesta de mi parte— ¿Vamos? —inquirió.
Lo miré por un instante más antes asentir. Posteriormente, me colgué a su brazo y comenzamos a caminar. Las mangas de su sacó eran de una tela suave y sedosa, solo había probado esa suavidad en la mansión de la familia Calet. Al tenerle tan cerca podía sentir su aroma, era muy parecido a la escuela, aunque un poco más potente y menos dulce.
El silencio se extendió por el corredor mientras caminábamos por el pasillo. Pensé que nos mantendríamos así y casi que lo prefería, pero el príncipe habló finalmente.
—¿Por qué decidió optar por Kensington Hall, señorita? —inquirió el príncipe mientras salíamos del rectorado.
—¿Me está interrogando, Alteza? —inquirí dedicándole una breve mirada antes de fijar mis ojos nuevamente en el horizonte, no quería caerme o tropezarme delante del príncipe.
—No, es simple curiosidad, pero no la presionaré si se trata de un secreto —respondió él sin siquiera despegar su vista del frente.
—No, no es un secreto, Alteza —respondí negando con la cabeza y esta vez sí dirigí mis ojos hacia él y el príncipe también colocó sus vista en mí. El iris gris de sus ojos brillo con una mezcla de curiosidad y otro sentimiento. Solté un suspiro antes de hablar—. Desde los cinco años decidí estudiar derecho, siempre lo tuve muy claro... Cuando se lo conté a mi padre, él me dijo que estudiaría en la mejor escuela de derecho, que podría estudiar... en Kensington Hall. Desde entonces he anhelado entrar aquí —agregué con un nudo en la garganta. Kensington Hall no solo era mi sueño, era uno de los pocos recuerdos que tenía de mi padre. Pude sentir como las lágrimas desbordaban mis ojos, pero las reprimí rápidamente.