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El lenguaje de las flores

La madre de Yuuri vio caer el pétalo blanco en una especie de cámara lenta; no fueron más de dos segundos, pero sin temor a equivocarse, fueron los dos segundos más largos de su vida. 

Dos segundos que le parecieron una eternidad. 

Aquella era la irrefutable primera advertencia sobre la muerte del más pequeño de sus amados hijos. 

En el tiempo que le tomó a ese único pétalo lustroso llegar al suelo grisáceo de la sala donde había criado con gran esfuerzo y amor a sus hijos, se dio cuenta de dos cosas, la primera: Yuuri estaba enamorado, y la segunda: Yuuri iba a morir. 

El no tan bien recibido primer amor de Yuuri quedó como un secreto guardado dentro del corazón de éste, y muy bien resguardado por sus labios sellados que pese a la insistencia de su madre, jamás revelaron el nombre. 

La solución al problema de su hijo fue inmediatamente evocada por Marí, su primogénita. 

—Una cirugía—dijo la joven sin detenerse a esperar un nombre al cual culpar por la condición de su hermano y enfocarse en lo único que realmente le importaba.— Es lo que hay que hacerse, lo sabes Yuuri. 

La idea de una cirugía en efecto ya había cruzado por la mente del chico, y no era que le asustara someterse al procedimiento quirúrgico, era que conocía el proceso que todos los hospitales tenían como regla antes de aprobar la cirugía. 

Existían dos cuestiones para la extirpación de la enfermedad: la de urgencia, esa que se efectuaba cuando el paciente estaba en una condición crítica; cuando ingenuamente confían en que el amor no correspondido se tornará milagrosamente a favor de ellos. Aquello era una idea romántica que se empezó a popularizar en las películas porque ese era el nuevo final feliz del mundo. 

La realidad les azotaba con furia tarde o temprano, y regularmente era cuando las raíces del Hanahaki ya estaban tan enraizadas en sus órganos que les producía un paro respiratorio. En estos casos los pacientes entran directamente al quirófano sólo con el consentimiento de algún familiar o, con algún acta responsiva que explicara la aprobación de la cirugía.

Y estaba la segunda forma, la menos irresponsable pero a opinión de Yuuri, la más molesta: cuando un paciente acudía al hospital para el tratamiento temprano de la enfermedad se le podían hacer sesiones médicas para ralentizar el crecimiento y disminuir la velocidad de expansión de las flores, y se les sometía por ley, a un tratamiento psicológico para prepararlos ante la pérdida de su capacidad de amar que la operación traía como consecuencia secundaria. 

Era tedioso. Yuuri lo consideraba tedioso, cambiar tu humanidad por un poco de vida…por unos años que ni siquiera te garantiza que serían buenos. 

Sin embargo, al final del día, la operación era la única respuesta que podía darle a su familia. 

El hospital estaba a cuatro cuadras de su casa, se debía esperar un semáforo que regularmente tardaba tres minutos en dar el paso y pasar por una cafetería que siempre alegraba el día de cualquiera. 

Yuuri sabía perfectamente el camino porque el hecho de que su familia dirigiera un restaurante y que algunos de los doctores fueran fieles comensales de ahí les hizo bastante populares entre los servidores de la salud y por consiguiente, que muchos quisieran ir pero no pudieran hacerlo, así que como un servicio especial, la familia Katsuki implementó el servicio especial de entrega.

Yuuri era el encargado de esto cuando la idea fue pronunciada por su hermana en pos de un mayor mercado de clientes. Así fue como las entregas especiales comenzaron a fluir cada vez más, y la fama del negocio familiar subió como espuma. 

El menor de la familia Katsuki había tomado todo como una enorme bendición para la economía de la familia que justo en ese instante pasaba por su peor momento.

 

///

 

Los días venideros, luego de su nuevo servicio a domicilio, fueron tan buenos como una brisa refrescante en el verano más intenso de la década…hasta ese día en que todo comenzó a cambiar. 

El pedido era sólo uno, pero fue a petición especial de un cliente que quería ver la cara de "te lo dije" de un amigo doctor que se negaba a probar comida local. 

Aquel día Yuuri decidió llevarlo en bicicleta porque el katsudon debe comerse mientras esté caliente, hubiese preferido que lo comieran justo recién salido de la cocina pero no podía hacer nada al respecto, eran muy pocas las veces que los doctores dejaban el hospital y casi siempre pedían servicio de entrega. 

A mitad del camino el cielo se comenzó a ensombrecer, y a unos cuantos metros de la entrada principal, una lluvia casi bíblica se dejó caer, para su suerte, el cliente que había pedido el platillo estaba en su auto y a solo unos pasos. Fue su salvavidas de una manera literal porque era seguro que Mari lo mataría si el dejaba ir a un nuevo cliente a causa de un katsudon frío y una mala imagen. 

—¡Yuuri! —le gritaron a través del vidrio ligeramente abajo desde el asiento del piloto del automóvil rojo estacionado a su costado —¡Entra, chico, te vas a enfermar! 

Rápidamente y sin darse el tiempo de agradecer aunque fuera con una sonrisa, se introdujo al vehículo en los asientos traseros donde otro hombre descansaba dormido. A Yuuri, quien el frío comenzaba a cobrar la osadía de permanecer mojado, le pareció que aquel hombre irradiaba una calidez natural y suave. 

—¡Tremendo diluvio!, ¿no crees? —comenzó a decir el piloto sin darse cuenta de inmediato que Yuuri parecía absorbido por la curiosidad que le causaba su acompañante.—Él es Víctor, es de quien le hablé a tu hermana. Disculpa que esté dormido, acaba de terminar un turno de cuarenta y ocho horas y tuve literalmente que obligarlo a salir del trabajo. Pretendía alcanzarte antes de que vinieras y comer en el restaurante, pero en cuanto tocó el asiento cayó dormido y luego la lluvia. Lo siento mucho, chico. 



#5053 en Fanfic

En el texto hay: yurionice, hanahaki, victuuri

Editado: 15.08.2020

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