Kibō no kage

Título : El entrenamiento de Nat.

Kibō no kage : Capítulo 3

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Al día siguiente de lo ocurrido, después de salir de la escuela, Nat sintió una mezcla de nerviosismo y emoción mientras caminaba hacia su casa. El sol brillaba con fuerza, iluminando el camino que conocía tan bien. En su mente, los ecos de la conversación del día anterior resonaban, empujándolo a actuar.
Al llegar a su casa, se detuvo un momento frente a la puerta, respirando hondo. Sabía que tenía que dejar atrás la mochila pesada de la escuela y prepararse para lo que estaba por venir. Abrió la puerta y se adentró en su hogar, donde el silencio lo envolvía. Sin detenerse a disfrutar del ambiente, subió las escaleras rápidamente, sintiendo el latido de su corazón acelerarse.
En su habitación, buscó entre sus cosas hasta encontrar la mochila de entrenamiento: pequeña, ligera y lista para llevar, un regalo de sus padres que nunca había utilizado y que había estado guardado durante muchos años. La agarró con determinación, sintiendo el peso del pasado desvanecerse con cada movimiento. Antes de salir, echó rápidamente en la mochila una botella de agua y una toalla, asegurándose de que todo estuviera listo para el entrenamiento. Colocó su celular en un bolsillo lateral, asegurándose de que estuviera accesible pero seguro. Cuando se miró en el espejo, sus ojos reflejaban una mezcla de incertidumbre y resolución.
Con la mochila al hombro, bajó las escaleras y salió de casa nuevamente, dirigiéndose a la casa de Rindo. Al llegar, lo encontró esperándolo en la puerta, con una sonrisa amplia y una energía contagiosa que iluminaba el ambiente. y al llegar...

Rindo : (riendo a carcajadas mientras exclamaba) ¡Hoy te entrenaré como es debido!
¡Los chicos que se acerquen a ti lo lamentarán! Jajajajaja.

Nat no pudo evitar sentirse un poco sorprendido por el entusiasmo desbordante de su amigo.

Nat : (preguntando, con una mezcla de curiosidad y expectativa) ¿Ahora qué haremos?

Rindo dejó de reírse y lo miró con seriedad.

Rindo : (abriendo la puerta con un gesto amplio) Entra.

Nat cruzó el umbral, sintiendo cómo la calidez del hogar de Rindo lo envolvía como un abrazo. Al entrar, miró a su alrededor con duda en los ojos, agarrando las correas de su mochila con firmeza, mientras una pregunta surgía en su mente, esperando ser planteada a su amigo...

Nat : ¿Tú también vives solo? Es que no he visto a nadie más aquí, aparte de ti.

Rindo : No, vivo con mi hermano. ¿Acaso tú vives solo?

Nat : Sí, desde hace varios años vivo solo, mis padres tuvieron que mudarse a una ciudad lejana por el trabajo y aunque me mantienen yo vivo solo...

Rindo : (sorprendido) Debe ser difícil.

Nat : ¿Y tus padres, Rindo?

Rindo : (con voz triste) Ellos murieron hace un tiempo... mi tía es la que me enseñó todo lo que sé.

Nat : Vaya... no quise preguntar.

Rindo : No te preocupes. Ahh, por cierto, mi hermano, el que vive conmigo, en realidad no es mi hermano; él es mi primo, pero yo le digo "hermano", jajaja. Él se llama...

¡De repente! Una figura apareció detrás de Rindo, su mirada intensa y decidida atrajo la atención de Nat, impregnando el aire con una inquietante tensión. A pesar de que no alcanzaba ni la altura de la cintura de Rindo, su presencia emanaba una sorprendente confianza y autoridad.

Niño : Rindo, ¿quién es ese?
¿¡Acaso quieres reemplazarme!?

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Rindo : (mirando al niño) No, él es mi amigo, entrenará con nosotros a partir de hoy, así que cálmate, Shinki.

Shinki : Ohh, ya veo... ¿y cómo se llama?

Rindo : Se llama Nat, ¿sabes? Él se parece a ti, por eso nos hicimos amigos muy rápido, jajaja

Nat : ¿En qué nos parecemos?

Rindo : No lo sé, solo me da esa impresión. En fin...
¡Comencemos el entrenamiento!

Shinki : ¡Entendido, hermano!

Subieron a la azotea, un espacio que, a pesar de su modernidad, emanaba una extraña vitalidad. Allí, entre las sombras de estructuras contemporáneas y el eco distante de la ciudad, se alzaba un gimnasio improvisado que desafiaba el tiempo. Pesas pulidas y cuerdas bien cuidadas estaban organizadas con esmero, mientras que colchonetas frescas y limpias invitaban a la acción, todos estos eran testigos silenciosos de esfuerzos pasados y sueños marchitos. El aire estaba impregnado de un aroma a metal y determinación, un lugar donde la lucha por la superación personal se entrelazaba con la esperanza.
Al llegar, Rindo se volvió hacia Nat, su mirada intensa y decidida. Con una voz grave que resonaba con la sabiduría de quien ha vivido más de lo que debería, comenzó a explicarle la manera de moverse ante un enemigo. Cada palabra era un golpe de realidad, cada movimiento una lección de supervivencia. Le enseñó a esquivar con agilidad, a anticipar los movimientos del adversario como si pudiese leer su mente. Era un arte sutil, una danza mortal que requería tanto instinto como técnica.
Mientras el sol se ocultaba en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y morados, Rindo le mostró ejercicios que desafiaban los límites de su cuerpo. Con cada repetición, Nat sentía cómo sus músculos ardían y su aliento se tornaba entrecortado. Pero, Rindo no solo le mostró cómo aumentar su fuerza; lo guió para que comprendiera cómo usar el máximo de su fuerza actual. Le enseñó a despojarse de las cadenas mentales que lo mantenían atado, a dejar atrás la idea limitante de que solo podía usar una fracción de su fuerza. Pero sobretodo lo más impactante fue cuando Rindo reveló la verdadera razón para luchar.

Rindo : (mirando fijamente a Nat) Escucha atentamente: está bien luchar para muchas cosas diferentes, pero el único motivo que te impulsa y te hace ganar siempre es: ¡Luchar para proteger!
Lucha para protegerte a ti y a otros, no importa qué suceda ni contra quién sea... ¡Debes ganar!




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