Era una tarde de otoño, iba de camino a mi casa y decidí parar en una cafetería de la ciudad. Hacía bastante frío y estaba anocheciendo y lo único que me apetecía era tomarme un café bien calentito.
-¡Eh, mira por dónde vas! ¿Estás ciega o qué? - dijo un chico alto y moreno que justo tenía enfrente mía.
-Lo siento, no sabía que en esta cafetería sólo entraban capullos - le solté.
El “capullo”, como decidí que le llamaría a partir de ahora, se fue de la cafetería dando un portazo y murmurando sabe dios que cosas.
Pero esa escenita no arruinaría mi momento favorito del día: tomarme un buen café.
Daba igual si era en mi ciudad, en un pueblo, en un picnic o en Irlanda; pero yo siempre necesitaba un café, mínimo uno al día.
Estaba llegando a casa, cuando vi que había una moto de un repartidor de comida en mi puerta. ¿Habían pedido mis padres la cena? Si era así genial, porque me moría de hambre.
Mis padres ya apenas cocinaban. Mi madre se puso malita y ya no se levantaba de la cama; y mi padre bueno… hacía lo que podía, pero definitivamente no se le daba bien cocinar.
Mis “dotes” culinarias (y digo “dotes” porque en realidad es ironía) las saqué de él, lo tengo claro.
Me acerqué a aquel chico y tan pronto se sacó el casco y me miró quise que la tierra me tragase.
De todas las personas que podían haber traído nuestra cena, tenía que ser él.
El capullo de la cafetería.
-¿Me estás siguiendo o qué? - me dice el capullo tan pronto se saca el casco y me ve allí plantada a su lado.
No sé porque tardé tanto en reaccionar, pero me quedé embobada mirando sus ojos castaños.
Me recordaban al café, me daban paz.
Pero seguía siendo un capullo integral.
-Ya te gustaría que te estuviera siguiendo. ¡Vivo aquí imbécil! Y seguramente esa comida la pidieron mis padres - le dije.
-Pues aquí tenéis vuestra cena, ya está pagada. Seguro que la pagaron tus padres, porque tú con esa cara de niña rica y mimada no serías tan generosa ni de hacer eso por ellos - me soltó.
Estaba cabreada. Estaba confusa. Me producían ganas de querer pegarle y besarle al mismo tiempo.
¿Pero qué demonios me pasa con este chico?
Lo acababa de conocer.
Por dios Laura céntrate (si, me llamo Laura por si no os lo había dicho).
Decidí no entrar más en su juego de querer picarme, porque eso es lo que hacía estoy segura.
Vi muchas películas en mi adolescencia, no sé si se creía Mario Casas en 3MSC, pero me ponía enferma.
Así que le arrebaté el paquete de las manos y le dije:
-Adiós capullo - tan borde y seca que se podía cortar con un cuchillo la tensión que había en el ambiente. Por mi parte era atracción sexual, por la suya no lo sé, aunque sospecho que si me miraba cada dos por tres de los pies a la cabeza supongo que algo sí le atraería.
-Adiós imbécil. ¡Fíjate bien lo que hay dentro del paquete y no precisamente en el que llevo entre las piernas! - me dijo descojonándose de mí.
¿¿Perdón?? ¿Y esa mierda de comentario a que había venido? Me daban ganas de estrangularlo y de ver el paquete a la vez; osea mi paquete no el suyo, bueno la puta cena. Estaba como loca ya no sabía en que pensar.
Iba caminando hacia la entrada de mi casa cuando escuché el sonido de su moto, se estaba yendo así que me giré y por un instante nuestras miradas se cruzaron. Se bajó la visera del casco y se fue.
¿Qué acababa de pasar? Bueno probablemente nunca volvería a ver a ese capullo.