Las noches en el barrio de Kadıköy eran frescas, pero dentro del estudio de Aylin, el aire estaba cargado de electricidad y olor a pintura fresca. Dilara se había enfrentado al lienzo en blanco como quien se enfrenta a un espejo que le devuelve un reflejo roto. Por cada trazo violento de color carmín, por cada sombra profunda en azul medianoche, una lágrima silenciosa rodaba por su mejilla, mezclándose con el óleo. Sin bocetos, sin planes, simplemente dejó que su mano fuera guiada por el dolor. Se quedó dormida con el pincel aún entre los dedos, agotada por el desahogo emocional.
Al amanecer, la luz suave de la mañana turca comenzó a filtrarse por las cortinas. Aylin entró al dormitorio de invitados con el corazón pesado. Tenía que darle una noticia amarga a su amiga: anoche, mientras caminaba por el centro comercial de Zorlu Center, había visto a Caner y a Seda. Se veían insultantemente felices, entrando a una joyería como si nada hubiera pasado.
—Dilara, querida, despierta... —susurró Aylin al ver la cama vacía.
Preocupada, comenzó a buscarla por la casa hasta que llegó a la habitación que usaban como taller. Se detuvo en seco. Allí estaba Dilara, acurrucada en el suelo sobre unos cojines, envuelta en un sueño profundo y exhausto. Aylin sintió una punzada de compasión y se acercó para despertarla, pero sus pies se clavaron al suelo cuando sus ojos se desviaron hacia el caballete.
Aylin se llevó la mano al pecho, sintiendo que el aire le faltaba. Sus ojos, fijos en la tela, se humedecieron de inmediato. No era un paisaje, no era un retrato de los que Dilara solía vender en su boutique.
Era algo sublime.
En el cuadro no había figuras definidas, pero se sentía todo. Había ráfagas de oro que gritaban una alegría perdida, que chocaban contra grietas oscuras y espesas que representaban la traición más pura. En el centro, una luz blanca y tenue parecía abrirse paso entre el caos, como un renacer que apenas comenzaba a respirar. Eran marcas perfectas, pinceladas con texturas que parecían sangrar y sanar al mismo tiempo.
—¡Allah, Allah! —exclamó Aylin en un susurro, con la voz quebrada—. Dilara... ¿qué has hecho?
Para alguien que no supiera de arte, podrían parecer solo manchas. Pero para alguien con ojos para el alma, como Aylin —y como el exigente Barış Aksoy—, aquello era una obra maestra de la corriente abstracta contemporánea. Dilara no había pintado un cuadro; había desnudado su espíritu frente al mundo.
Aylin supo en ese instante que no necesitaba esperar los quince días. Tenía que sacar esa obra de allí y llevarla ante los ojos de la élite de Estambul. Ese cuadro no solo iba a salvar la carrera de Dilara, iba a ser el arma de su venganza silenciosa.