En la exclusiva joyería de Nişantaşı, Seda movía sus piezas como una experta jugadora de ajedrez. Mientras Caner hacía fila para comprar los cafés, ella entró al establecimiento con el aire de una reina.
—El caballero que acaba de salir... —preguntó Seda con una sonrisa ensayada al joyero—. Tenemos amigos en común, pero mi memoria es terrible con los nombres.
—Ah, se refiere al señor Barış Aksoy —respondió el hombre con reverencia—. Vino a recoger unas piezas especiales para la gala de mañana. Una subasta benéfica de arte muy importante en el Centro Cultural del Bósforo.
Seda sintió un chispazo de triunfo. Cuando el joyero se dio la vuelta para sacar un muestrario de anillos, ella, con la rapidez de una mirada, deslizó la tarjeta de invitación que estaba sobre el mostrador dentro de su bolso de marca.
—Es un anillo precioso, volveré con mi prometido —mintió ella con descaro.
Al salir, se encontró con un Caner sonriente que le entregaba su café.
—Toma, Seda de mi vida. ¿Encontraste lo que buscabas?
—Algo mucho mejor, Caner —respondió ella, con los ojos brillando de ambición—. Ahora, llévame a la mejor boutique. Necesito un vestido que deje a todo Estambul sin aliento.
Caner, ciego de amor y complacencia, la llevó de la mano, sin sospechar que el vestido que estaba por pagar era el anzuelo para atrapar a otro hombre.
Tres mujeres y un secreto
Mientras tanto, en una exclusiva casa de modas cerca de la Torre de Gálata, el ambiente era muy distinto. Aylin, Leyla y Dilara estaban sumergidas entre telas de la más alta calidad.
Leyla Demir lucía impecable en un diseño ocre, de corte midi, que le daba un aire de autoridad y elegancia profesional. Aylin, por su parte, irradiaba frescura con un vestido verde agua de seda pura, con una bufanda larga que caía con gracia desde su cuello, dándole un movimiento casi etéreo.
Pero la joya de la corona era el vestido para Dilara.
—Aylin, por favor, dime a dónde vamos —suplicaba Dilara mientras las costureras ajustaban la prenda sobre su cuerpo—. Es demasiado lujo para una simple cena.
—Confía en mí, Dilara Yıldız —le decía Aylin, mirándola a través del espejo—. Yo jamás te llevaría a un lugar donde pudieran lastimarte. Mañana, Estambul va a conocer a la verdadera Dilara.
El vestido era una obra de arte: una combinación de negro y gris profundo salpicado de cristales que brillaban como estrellas sobre el Bósforo. La seda ajustaba su pecho y marcaba su cintura con firmeza, mientras que en los brazos la tela caía en capas suaves, revelando y ocultando a la vez esa piel blanca que tanto tiempo había estado escondida tras delantales manchados de pintura.
Dilara se miró al espejo y, por primera vez en semanas, no vio a la mujer traicionada por Caner. Vio a una mujer poderosa, misteriosa y hermosa.
Los preparativos finales
Esa noche, en su mansión, Barış Aksoy revisaba el catálogo de la subasta. Sus ojos pasaron por muchas obras comerciales, hasta que se detuvieron en una fotografía enviada por Leyla de último minuto. El título: "Kırık Ayna" (Espejo Roto).
Barış dejó el café sobre la mesa y se acercó a la imagen.
—¿Quién pintó esto? —susurró para sí mismo, sintiendo un escalofrío—. No hay técnica... hay alma.
El escenario estaba listo. Mañana, bajo las luces de la gran subasta, la ambición de Seda, la lealtad de Aylin, el arte de Dilara y el poder de Barış chocarían en una noche que ninguno de ellos olvidaría jamás.
Capítulo 7: Bajo la mirada de los Aksoy
La gala era un despliegue de opulencia. Barış Aksoy se movía entre la élite de Estambul con la elegancia de un soberano, pero su mente volvía una y otra vez al cuadro central, el que estaba cubierto por una fina tela de terciopelo antes de la revelación. La firma era un trazo elegante pero indescifrable: una "D" que parecía una lágrima.
—Barış, amigo mío —dijo Emre Öztürk, un empresario de gran influencia y amigo de la familia, acercándose con una copa de cristal—. Tienes piezas magníficas aquí, pero ese cuadro de las sombras y el oro... es el que va a romper todos los récords esta noche. ¿Quién es el artista?
—Ese es el misterio, Emre —respondió Barış con los ojos fijos en el lienzo—. Es alguien que no pinta con técnica, sino con el alma sangrando.
En ese momento, Seda Arslan entró al salón, deslumbrante en su vestido nuevo, aferrada al brazo de un Caner que se sentía fuera de lugar entre tanta riqueza. Seda entregó la invitación robada con una seguridad pasmosa. Leyla Demir la recibió con una ceja levantada; conocía a la familia Arslan, pero algo en la actitud de la joven no le encajaba. Aun así, los dejó pasar.
Seda, aprovechando que Caner se distrajo con un camarero, se deslizó como una serpiente hasta quedar frente a Barış y Emre.
—Buenas noches, caballeros —dijo Seda, con su mejor sonrisa de catálogo—. Soy Seda Arslan. Es una velada exquisita, señor Aksoy.
Emre la miró de arriba abajo, reconociendo el apellido. —Conozco a su padre, señorita, pero no sabía que tenía una hija tan... radiante.
Barış asintió cortésmente, tomando un sorbo de su bebida, pero su mirada no se detuvo en ella. Sus ojos, entrenados para detectar la verdadera belleza, buscaban algo más profundo. Y entonces, las puertas pesadas del salón se abrieron de par en par.
El eclipse de seda
El murmullo de la sala se extinguió de golpe. Aylin entró con paso firme, resplandeciente en su seda verde agua, pero era la mujer a su lado quien parecía haber detenido el tiempo.
Dilara Yıldız caminaba con una timidez que se transformaba en poder a cada paso. El vestido negro y gris con brillantes capturaba cada luz del salón, haciendo que su piel blanca brillara como la porcelana. Sus ojos, grandes y profundos, reflejaban la maravilla de lo que veía.
—Aylin... ¡es una exposición de cuadros! —susurró Dilara con el corazón acelerado—. ¡Es hermoso! Gracias, amiga, por no dejarme hundir en el dolor.
—Te lo dije, Dilara. Hoy el mundo te pertenece —respondió Aylin con orgullo.
Barış Aksoy se quedó paralizado. La copa de cristal casi se resbala de su mano. Al ver a Dilara, sintió la misma sacudida eléctrica que sintió al ver el cuadro por primera vez. Emre Öztürk también quedó mudo; la belleza de Dilara era natural, auténtica, una fuerza de la naturaleza que dejó a Seda Arslan convertida en una simple sombra decorativa en una esquina.
Seda, al ver a Dilara allí, sintió que el odio le quemaba la garganta. ¿Cómo era posible que la "muerta de hambre" de la tienda de cuadros estuviera en la gala más exclusiva de Turquía?
Barış no esperó. Dejó a Seda con la palabra en la boca y caminó directamente hacia las recién llegadas. Sus ojos se clavaron en los de Dilara, ignorando a todos los demás.
—Buenas noches —dijo Barış con una voz que vibró en el pecho de Dilara—. Soy Barış Aksoy. Y tengo la ligera sospecha de que usted es la respuesta al misterio que me ha perseguido toda la mañana.
Dilara se quedó sin aliento. Tenía frente a ella al hombre del carro negro, al dueño del imperio, y por primera vez en su vida, sintió que alguien la miraba no por lo que tenía, sino por lo que realmente era.