Kirik Ayna

​Capítulo 8: El mazo de la justicia

​Dilara, abrumada por la presencia imponente de Barış Aksoy, mantenía la mirada baja, jugueteando con el borde de su vestido. Sus mejillas tenían un leve rubor que la hacía ver aún más angelical bajo las luces de cristal. Barış, por su parte, no podía apartar los ojos de ella; había algo en su timidez que lo cautivaba más que cualquier despliegue de confianza.
​Mientras tanto, en un rincón del salón, el aire se volvía tóxico. Aylin escuchó las palabras de Leyla y sintió que la sangre le hervía.
​—¿Esa arpía aquí? —siseó Aylin, apretando los puños—. Y viene con el traidor de Caner. Leyla, cuídame el flanco, no voy a dejar que arruinen la noche de Dilara.
​Cuando Caner vio a Dilara, su mundo se detuvo. Verla tan hermosa, tan distinta a la mujer que él creía conocer, le causó un choque de realidad. Pero las palabras venenosas de Seda lo espolearon. Él, cegado por una mezcla de celos y culpa, intentó avanzar hacia ella, pero se estrelló contra un muro verde agua.
​—Ni un paso más, Caner Karadağ —dijo Aylin, plantándose frente a él con una autoridad que lo hizo retroceder—. Ya le hiciste suficiente daño. Ahora quédate con tu "trofeo" de seda y déjala en paz. Ella ya no te pertenece, ni en esta vida ni en la otra.
​Seda, detrás de él, soltó una risita burlona, pero sus ojos inyectados en envidia no se apartaban de Barış, quien seguía conversando suavemente con Dilara.
​—¿De verdad crees que esa muerta de hambre pertenece aquí? —susurró Seda, intentando que Barış la escuchara, pero él estaba perdido en la voz de Dilara.
​El silencio del mazo
​De pronto, un sonido seco resonó en todo el recinto. El maestro de ceremonias tomó el micrófono, anunciando el inicio de la subasta benéfica.
​—¡Damas y caballeros, bienvenidos a la noche más importante del arte contemporáneo en Estambul! —la voz retumbó mientras los invitados tomaban sus asientos.
​Aylin, con una agilidad magistral, tomó a Dilara del brazo y la guio hacia la primera fila, lejos de la vista de Caner y Seda, quienes quedaron relegados a los asientos laterales. Dilara, aún ignorante de que su ex y su examiga estaban en la misma habitación, se sentó con el corazón palpitante.
​Barış subió al estrado, recuperando su postura de líder. Miró a la audiencia, pero su mirada se detuvo un segundo más en la primera fila.
​—Hoy no solo subastamos lienzos —dijo Barış al micrófono—. Subastamos historias. Y hay una pieza en particular que ha cambiado mi percepción de la belleza hoy mismo. Una pieza que no tiene firma reconocida, pero que tiene el peso de un alma entera.
​El equipo de la galería se acercó al cuadro central. El terciopelo cayó lentamente, revelando "Kırık Ayna" (Espejo Roto). Un suspiro colectivo llenó el salón. Caner se quedó sin habla al reconocer, entre los trazos abstractos, los colores que Dilara solía usar, pero con una fuerza que nunca le conoció. Seda, por su parte, palideció al ver que la "basura" de Dilara era el centro de atención de toda la élite turca.
​—Iniciamos la puja por esta obra maestra —sentenció Barış, mirando fijamente a Dilara—. ¿Quién ofrece el primer millón por el alma de Estambul?
​Dilara cerró los ojos, sintiendo que por primera vez, el dolor se convertía en oro puro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.