Kirik Ayna

Capitulo 9

La tensión en el salón alcanzó su punto máximo. El aire vibraba con los números que subían como espuma: "¡Dos millones!", "¡Tres millones!", "¡Cinco millones!". Dilara sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies; nunca imaginó que su dolor tuviera un precio tan alto, y mucho menos que todo Estambul quisiera comprar un pedazo de su alma.
Pero entonces, la voz de Barış Aksoy cortó el caos como una espada de acero.
—¡Basta! —exclamó Barış, dejando el mazo sobre la mesa—. Pido disculpas a todos los presentes, pero ha habido un error administrativo. Este cuadro no está a la venta.
El murmullo de indignación recorrió el salón. Los millonarios se miraban confundidos, pero Barış no los veía a ellos. Su mirada estaba anclada en la primera fila, donde una mujer de piel blanca y vestido brillante lo miraba con asombro. Él asintió levemente, una señal silenciosa de que ese cuadro era demasiado sagrado para ser moneda de cambio.
—Sin embargo —continuó Barış con voz firme—, es justo que conozcan a la mujer que ha logrado silenciar a Estambul con un pincel. Por favor, que se ponga de pie la creadora de esta joya.
Aylin apretó la mano de su amiga, dándole el valor que le faltaba. Barış bajó del estrado, caminó hacia Dilara y le extendió la mano. Ella, temblando pero con una dignidad que emanaba de sus entrañas, la tomó y subió al escenario.
—Mi nombre es Dilara Yıldız —dijo frente al micrófono, con una voz que empezó quebrada pero terminó siendo un trueno—. Este cuadro no nació de la técnica, nació de un incendio. Refleja mi vida, mi alma y el momento exacto en que decidí que mi pasado ya no tendría poder sobre mi futuro.
El silencio fue absoluto, hasta que un grito desesperado rompió el protocolo.
—¡Ese cuadro es mío! —gritó Caner, poniéndose de pie en medio del salón, con el rostro desencajado—. ¡Dilara, tú pintaste eso por mí! ¡Diles a todos que ese oro es el amor que aún me tienes!
La vergüenza cayó sobre Seda, quien trataba de jalarlo del pantalón para que se sentara, pero Caner estaba fuera de sí. Todo el mundo empezó a murmurar: "¿Quién es este hombre?", "¿De dónde salió?".
Dilara lo miró desde la altura del estrado. Sus ojos ya no tenían rastro de lágrimas, solo una fría claridad. Pero antes de que ella pudiera hablar, Barış dio un paso al frente, interponiéndose entre Caner y ella.
—Caballero —dijo Barış con una calma gélida que hizo que a Caner se le helara la sangre—, no lo conozco, pero es evidente que usted no sabe nada de arte. Si piensa que en este lienzo hay amor por usted, no ha entendido ni una sola pincelada.
Barış señaló el cuadro con un gesto elegante.
—Aquí hay decepción. Aquí hay una traición que sangra en colores oscuros. Y ese oro que usted reclama... ese oro no es amor por un hombre. Es la luz de una mujer que ha vuelto a nacer después de ser engañada. Por su bien, siéntese y deje de humillarse, porque este cuadro es el monumento a su propia despedida.
Seda se escondió tras su abanico, deseando desaparecer de la faz de la tierra, mientras Caner caía sentado en su silla, dándose cuenta de que, frente a todo Estambul, acababa de perder a Dilara para siempre.




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