El peso de la obsesión y el llamado del destino
El aire en Estambul se sentía distinto para Dilara. Aunque su vida seguía entre pinceles en "Yıldız Sanat", el eco de la subasta aún resonaba en sus oídos. Mientras ella intentaba concentrarse, la puerta de su tienda se abrió y entró Emre Öztürk.
—Buenas tardes a la artista con el alma más esplendorosa de Turquía —dijo Emre con una sonrisa cargada de galantería—. Me encantaría encargar un cuadro que tenga una esencia tan única como la suya.
Dilara, aunque halagada, mantenía una distancia profesional.
—Dígame, señor Emre, ¿qué temática busca para su lienzo?
—Que sea idéntico a usted —respondió él, fijando su mirada en ella—. Lo dejo en sus manos. Lo que usted cree será perfecto para mí. Aquí tiene mi tarjeta; soy dueño de "Öztürk Tekstil", si alguna vez decide llevar su arte a la moda, mi empresa es su casa.
Dilara sonrió con cortesía, pero en su mente solo había espacio para el recuerdo de la mirada de Barış Aksoy.
El santuario del "Espejo Roto"
En la imponente sede de la Fundación Aksoy, el cuadro de Dilara no estaba en una bodega, sino en el centro exacto del gran salón de juntas. Se había convertido en el "buenos días" y las "buenas noches" de Barış. Cada accionista y visitante que pasaba quedaba hipnotizado por la obra.
Barış, en su oficina, jugaba con un bolígrafo mientras giraba en su silla de cuero, mirando hacia el Bósforo.
—Leyla —llamó por el intercomunicador—. ¿De dónde conoces exactamente a la pintora?
—Es amiga de mi amiga Aylin, señor Barış —respondió Leyla entrando a la oficina.
—Necesito hablar con ella. Lo más pronto posible. Haz el contacto.
—¿Es por una nueva adquisición, señor? —preguntó Leyla con una sonrisa cómplice.
—Solo contáctala, Leyla. Pronto.
Leyla salió de la oficina sabiendo que aquel brillo en los ojos de su jefe no era solo por negocios. De inmediato llamó a Aylin:
—Aylin, dile a Dilara que el señor Barış la quiere en la empresa ¡ya!
El fantasma del pasado
Aylin, casi dejando caer el teléfono por la emoción, corrió a buscar a Dilara. Tras una rápida reunión en un cafetín de Kadıköy, Dilara se apresuró a ir a casa para cambiarse por algo ligero y elegante, pero al salir para tomar el taxi, el pasado la golpeó de frente.
Un tirón brusco en su brazo la hizo tambalear. Al voltear, se encontró con los ojos inyectados en sangre de Caner.
—¡Suéltame! ¿Qué te pasa? —gritó Dilara, asustada.
—¡Seguro ya tienes a otro! —reclamó Caner con voz ronca—. ¡Por eso estabas así con ese tipo en la subasta! ¡Tú eres mía, Dilara!
Antes de que Dilara pudiera responder, Aylin apareció como una leona. ¡ZAS! El sonido de la cachetada resonó en toda la calle.
—¡No la vuelvas a tocar! —sentenció Aylin—. ¿Qué esperabas, Caner? ¿Que ella se sentara a esperar mientras tú recorrías Turquía con esa arpía de Seda? Lárgate ahora mismo o llamaré a la policía.
Caner intentó acercarse de nuevo, pero Dilara, con una fuerza que no sabía que tenía, lo miró con desprecio.
—Ya no tenemos nada de qué hablar, Caner. Mi vida ya no te pertenece. ¡Vámonos, Aylin!
Subieron al taxi y dejaron a Caner solo en la acera, derrotado por su propia mediocridad. Mientras el vehículo se alejaba hacia la gran torre de la empresa Aksoy, Dilara sentía que estaba dejando atrás las sombras para entrar, finalmente, en la luz.
Capítulo 11
La oficina sobre el Bósforo
Cuando la puerta se cerró tras ella, el silencio se volvió denso, cargado de una electricidad que Dilara no podía ignorar. Barış estaba allí, rodeado de planos y documentos, pero en cuanto sus ojos se encontraron con los de ella, el hombre de negocios implacable desapareció.
—Señor Barış... —dijo Dilara, con la voz apenas en un susurro—. Leyla me dijo que era urgente. ¿Hay algún problema con el cuadro?
Barış se levantó lentamente, rodeando su escritorio. Su presencia era imponente, pero sus ojos tenían una suavidad que solo reservaba para ella.
—El único problema, Dilara Hanım, es que el cuadro tiene una luz que no me dejaba concentrarme en nada más —respondió él, acortando la distancia—. Pero ahora que la veo a usted aquí, en carne y hueso, me doy cuenta de que el lienzo apenas es un pálido reflejo de su verdadera belleza.
Dilara sintió que el calor le subía a las mejillas. Bajó la mirada, tratando de ocultar su timidez tras un mechón de cabello.
—Usted es muy amable, señor, pero soy solo una pintora que tuvo una noche de desahogo.
—No —la interrumpió él, deteniéndose a solo unos pasos—. Usted es la mujer que logró que yo, que lo he visto todo en este mundo del arte, volviera a sentir algo real. Quería verla. Quería asegurarme de que no había sido un sueño de la noche de la subasta.
El inicio de un nuevo horizonte
Barış la guio hacia el balcón que daba directamente al estrecho del Bósforo. El viento soplaba suave, agitando el vestido ligero de Dilara.
—Sé que ha pasado por momentos difíciles —dijo Barış, recordando el altercado con Caner en la subasta—. Pero en este lugar, bajo este techo, usted solo es una reina. Quiero proponerle algo. No solo quiero sus cuadros; quiero que sea la artista exclusiva de mi nueva fundación. Quiero que el mundo vea lo que yo veo en usted.
Dilara lo miró sorprendida. En los ojos de Barış no había la posesión enferma de Caner, ni la admiración superficial de Emre. Había respeto.
—¿Por qué hace esto por mí? —preguntó ella.
Barış extendió la mano y, con una delicadeza extrema, rozó la mano de Dilara.
—Porque Estambul tiene muchas luces, Dilara, pero muy pocas tienen alma. Y yo me he propuesto cuidar la suya.
Mientras tanto, en la recepción, Aylin y Leyla se miraban con una sonrisa cómplice. Sabían que, dentro de esa oficina, no solo se estaba firmando un contrato de arte, sino que se estaba escribiendo el primer capítulo de una historia que haría temblar a todo Estambul. Dilara estaba a punto de descubrir que el amor verdadero no corta las alas, sino que te enseña a volar más alto.