Kirik Ayna

Capítulo 12 Entre el arte y la conquista

Dilara salió de la oficina de Barış con el corazón a mil por hora. Sus mejillas aún ardían por la cercanía del empresario. Al verla, Aylin saltó de su asiento en la recepción, casi derramando el café de Leyla.
—¡Por Alá, Dilara! Habla ya. ¿Qué pasó ahí adentro? —preguntó Aylin, devorándola con la mirada.
—Acepté, Aylin. Voy a ser la artista exclusiva de su nueva fundación —respondió Dilara, tratando de recuperar el aliento.
—¿Y qué más? —insistió Aylin con una sonrisa pícara—. No me digas que solo hablaron de lienzos y pinceles. ¡Ese hombre te mira como si fueras el tesoro más grande de Turquía!
—¡Cállate, Aylin! —rio Dilara, empujándola suavemente—. Es mi jefe, nada más.
Justo cuando se dirigían al ascensor, las puertas se abrieron y apareció Emre Öztürk, luciendo impecable pero con una expresión de sorpresa al ver a Dilara allí.
—¡No me lo digas! —exclamó Emre, deteniéndose frente a ellas—. No me digas que despreciaste mi oferta en la tienda para venirte a trabajar con Barış. ¡No lo puedo creer!
—Tranquilo, señor Emre —respondió Dilara con amabilidad—. Fue una oportunidad inesperada, pero valoro mucho su propuesta.
—Si ya te agarró Barış, yo mejor tiro la toalla —rio Emre con resignación caballeresca—. Con él no se puede competir cuando pone el ojo en algo... o en alguien. Mucha suerte, Dilara, eres realmente exitosa.
Un duelo de caballeros
Emre entró a la oficina de Barış sin llamar, con la confianza de los años de amistad. Encontró a Barış de pie junto al ventanal, con una sonrisa triunfante que rara vez mostraba.
—Te me viniste adelante, amigo —dijo Emre, dejándose caer en una de las sillas de cuero—. Lograste convencer a Dilara y ahora ella no trabajará conmigo. Me has quitado a la mejor artista que ha visto Estambul en décadas.
Barış se dio la vuelta, con el brillo de la victoria en los ojos, pero también con una determinación profunda.
—Claro que sí, amigo —respondió Barış con voz firme y una sonrisa cómplice—. Dilara es especial. Y ahora que está aquí, no pienso dejar que se escape. Ella va a estar para mí... y para el mundo, pero bajo mi protección.
Sombras en el paraíso
Mientras Dilara comenzaba a instalarse en su nuevo y lujoso taller dentro de la fundación, creando cuadros que dejaban a todos sin aliento, el odio de Seda crecía como una hiedra venenosa.
Seda no podía soportar que Dilara, a quien ella consideraba inferior, estuviera ahora en el círculo más íntimo de Barış Aksoy. Por otro lado, Caner se hundía en el arrepentimiento, viendo desde lejos cómo la mujer que traicionó se convertía en la reina de la alta sociedad.
—Esto no se va a quedar así —susurró Seda mientras miraba una foto de la subasta en su teléfono—. Si yo no puedo tener a Barış, Dilara tampoco lo tendrá.
Lo que Seda no sabía es que Barış ya había dado órdenes estrictas: nadie que no estuviera autorizado podía acercarse a la nueva oficina de Dilara. Ella ya no era la mujer frágil de la tienda; ahora era la protegida del hombre más poderoso de la ciudad.




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