El ascenso en el jet privado fue el inicio de una nueva vida. Dilara, nerviosa por su primer vuelo, sentía que el corazón se le salía del pecho. Cuando el avión hizo un pequeño movimiento en el aire, ella se llevó la mano al pecho, buscando aire. Barış, siempre atento, se acercó de inmediato.
—¿Estás bien, Dilara? —preguntó él con una voz suave que era como un bálsamo.
—Siento una presión... aquí —susurró ella. Barış, con respeto, pidió permiso para acercarse y ayudarla a relajarse. En ese momento de cercanía física, a Dilara se le escapó una confesión que tenía guardada en el alma—: Cuando te tengo cerca, me calmo. Siento que nada malo puede pasarme. Siento tu protección.
Al darse cuenta de lo que había dicho, Dilara bajó la mirada, roja de la vergüenza, sintiendo que había "metido la pata". Pero Barış, lejos de incomodarse, le tomó la mano con delicadeza.
—No pidas disculpas, Dilara. Porque yo siento exactamente lo mismo cuando estoy contigo.
Sus ojos se conectaron en un silencio magnético. El mundo se detuvo y sus rostros comenzaron a acortar la distancia, buscando ese primer beso que Estambul les había negado... hasta que una turbulencia del avión los hizo volver a la realidad con un sobresalto. Se rieron nerviosos, pero la semilla ya estaba plantada.
La Ciudad del Amor
Al aterrizar, una limusina los esperaba para llevarlos al corazón de París. Dilara miraba por la ventana como una niña pequeña, maravillada por la arquitectura y las luces. Al llegar al hotel de lujo, Barış le aclaró que tendrían habitaciones separadas para que ella se sintiera cómoda, demostrando una vez más su caballerosidad.
Poco después, Barış recibió una llamada: la junta y el evento se habían pospuesto del martes para el sábado.
—Dilara, tengo noticias. Los planes cambiaron, la reunión será el sábado. Si quieres, podemos volver a Estambul y regresar después...
—¡No! —lo interrumpió ella con entusiasmo—. Es decir... es la oportunidad de conocer París. Siempre he soñado con ver la Torre Eiffel y ese lugar donde los enamorados ponen candados. ¡Hay tantas cosas que solo he visto en cuadros!
Barış, cautivado por su alegría, no lo pensó dos veces. Llamó a su oficina en Turquía y dio una orden clara: "Nadie me molesta. Estoy fuera de servicio hasta el domingo".
Un pacto frente al Sena
Pasaron los días recorriendo las calles empedradas, comiendo macarons de colores y disfrutando de croissants calientes en pequeñas mesas frente al Sena. Reían como dos adolescentes, comiendo helado y caminando sin rumbo, olvidándose por un momento de las jerarquías.
El viernes, la víspera del gran evento, llegaron al famoso puente de las artes. El aire de París estaba impregnado de romance. Barış se detuvo y tomó las manos de Dilara entre las suyas.
—Aquí, en este lugar donde tantos han prometido amor eterno, quiero decirte algo —dijo Barış, mirándola con una intensidad que la hizo temblar—. No sé si algún día seré algo más que tu jefe para ti, pero te prometo que nunca permitiré que nadie vuelva a tocar un solo pétalo de tu alma. Estás a salvo conmigo.
Dilara sintió que las heridas de su pasado finalmente se cerraban, como si le pusieran curitas de algodón al corazón. Sin poder contenerse más, lo abrazó con todas sus fuerzas. Barış la rodeó con sus brazos, sintiendo que ella era la pieza que le faltaba a su vida.
—Eres mía, Dilara —susurró él, rompiendo el abrazo solo para tomar su rostro entre sus manos.
Con una lentitud deliciosa, Barış acercó su cara a la de ella y, bajo el cielo de París, selló su promesa con un beso profundo, dulce y eterno. Dilara respondió con la misma pasión, dejando atrás para siempre las cenizas de lo que fue, para renacer en los brazos del hombre que realmente la merecía.