Al llegar al pasillo, se detuvieron frente a sus respectivas puertas, que estaban una frente a la otra. Ninguno quería ser el primero en entrar.
—Bueno, descansa, Dilara Hanım —dijo Barış con una sonrisa que no podía ocultar su felicidad.
—Usted también, señor Barış —respondió ella, mordiéndose el labio con timidez.
Dilara entró a su habitación, pero dejó la puerta entreabierta unos centímetros. Barış hizo lo mismo.
—Cierra tú primero —susurró él desde su lado del pasillo, asomando la cabeza con picardía.
—No, cierra tú primero —replicó ella riendo, volviendo a asomarse.
Estuvieron así unos minutos, jugando con las puertas como dos adolescentes que acaban de descubrir el amor, hasta que finalmente, entre risas suaves, ambos cerraron al mismo tiempo. Pero la distancia física no duró mucho; en cuanto Dilara se sentó en la cama, su teléfono vibró.
Barış: "Siento que la habitación es demasiado grande ahora que no estás frente a mí. ¿Ya te dormiste?"
Dilara: "Imposible dormir. Sigo pensando en la Torre Eiffel... y en lo que pasó antes."
Barış: "Yo solo pienso en que mañana Estambul sabrá que eres la mujer más increíble de este mundo. Descansa, mi artista favorita."
El interrogatorio de Aylin
Sin embargo, la paz no duró mucho. El teléfono de Dilara estalló con una videollamada desde Turquía. Era Aylin, que no aguantaba la curiosidad.
—¡Dilara Yıldız! —gritó Aylin en cuanto apareció en pantalla—. ¡Dime todo! ¿Cómo es París? ¿Cómo es el hotel? ¿Y qué ha pasado con el "señor perfecto"?
—París es un sueño, Aylin —respondió Dilara, dejándose caer en las almohadas de seda—. Estamos descansando, mañana es el gran evento.
—¿"Estamos"? ¿Cómo que "estamos"? —Aylin entrecerró los ojos con malicia—. ¿Están en la misma habitación? ¿Ya pasó lo que tenía que pasar?
Dilara soltó una carcajada, cubriéndose la cara con una mano.
—¡No, Aylin! Por supuesto que no. Él está en su habitación y yo estoy en la mía. Somos muy profesionales.
—¿Profesionales? —Aylin bufó con incredulidad—. ¡Dilara, por favor! Ese hombre te llevó a París en un jet privado. Nadie es "profesional" en París. ¡Qué desperdicio de romance! Pero bueno, me alegra que te trate como a una reina. Cuéntame, ¿qué vas a usar mañana?
Dilara se quedó pensativa. Sabía que mañana no era un día cualquiera. Barış le había pedido que brillara, pero ella aún no se imaginaba que, mientras ella bromeaba con su amiga sobre habitaciones separadas, Barış estaba en la habitación de enfrente revisando por última vez el catálogo de la gala, donde el nombre de Dilara Yıldız encabezaba la lista de honor.
Capitulo 17
El aire de París esa mañana de sábado era fresco, pero el interior del hotel hervía con una emoción contenida. Cuando las puertas de las habitaciones se abrieron, el tiempo pareció detenerse. Dilara lucía una creación que parecía fundirse con su piel; un vestido que capturaba la esencia de su arte, elegante y vanguardista, que resaltaba su belleza natural. Barış, por su parte, era la definición de la perfección masculina: un traje hecho a medida que acentuaba su porte imponente y una barba cuidadosamente arreglada que terminaba de enmarcar su mirada profunda.
Sus mejillas, encendidas como manzanas rojas por la complicidad de la noche anterior, lo decían todo. Antes de cruzar el umbral hacia el destino, Barış tomó las manos de Dilara con una delicadeza infinita y depositó un beso en ellas.
—Nunca olvides que eres una mujer grandiosa —le susurró al oído—. La vida nos pone pruebas, y a veces la oscuridad nos persigue, pero hoy, Dilara, la luz es toda tuya. Has llegado al momento de ser feliz.
Ella lo abrazó con fuerza, sellando un pacto silencioso con un beso lleno de promesa.
—A partir de ahora, en el salón, seremos profesionales —dijo ella recuperando el aliento—. Ni besos ni abrazos frente a los demás.
—Usted manda, mi artista —respondió él con una sonrisa de absoluta devoción.
El Palacio de Cristal: La Revelación
La limusina los dejó frente al Grand Palais, un monumento al cristal y al hierro que esa noche brillaba solo para ellos. Dilara caminaba al lado de Barış, convencida de que su papel era evaluar obras ajenas y tomar notas. No sospechaba que, durante meses, Barış había estado enviando sus mejores piezas —aquellas que ella creía perdidas o guardadas— a los curadores más importantes de Francia.
Al entrar, el salón estaba en penumbra. El silencio era casi místico. De repente, una luz cenital iluminó una alfombra roja que se extendía hasta un podio dorado.
—Mesdames et Messieurs —resonó una voz potente por el micrófono—, denle la bienvenida a la voz del nuevo expresionismo turco, la maestra del alma y el color... ¡Dilara Yıldız!
Dilara se quedó petrificada. El aire se volvió pesado.
—Barış... ¿qué está pasando? —preguntó con la voz temblorosa, sintiendo que las lágrimas amenazaban con volver.
—Disfruta tu momento —le respondió él, dándole un suave empujoncito de aliento—. Te prometí que nadie volvería a dañarte. Esto no es un regalo, es lo que te ganaste con tu talento. Este mundo es tuyo.
Las luces comenzaron a encenderse rítmicamente a lo largo de las paredes. Dilara caminaba por la alfombra roja, y a cada paso, su corazón daba un vuelco. Allí estaban. Sus cuadros. Aquellos que pintó en sus noches de soledad, los que creía olvidados, los que Barış había rescatado y protegido con su propia vida. Había fotos de ella trabajando, paneles con su biografía y una multitud de críticos y coleccionistas que se ponían de pie para aplaudir a la mujer que había conquistado París sin saberlo.
—¡Bienvenida, Maestra Dilara Yıldız! —gritó el presentador.
Ella caminaba con la cabeza en alto, sintiendo cómo Barış la custodiaba un paso atrás, como su escudo y su mayor admirador. Al ver sus cuadros expuestos con tal majestuosidad, Dilara comprendió que ya no era la humilde pintora de un barrio lejano; era la reina del arte contemporáneo, y el hombre que amaba le estaba entregando el trono que siempre mereció.