Kirik Ayna

Capítulo 18-19: El Brillo de la Joya Turca

Frente al micrófono, con el corazón martilleando contra sus costillas y los flashes iluminando su rostro como estrellas fugaces, Dilara sintió que el aire le faltaba. Pero entonces, sintió la mano firme de Barış en su cintura, un toque casi imperceptible para los demás, pero que para ella fue una descarga de energía pura. Él se inclinó un milímetro hacia su oído y le susurró: "Tú puedes".
Dilara tomó aire y, con el traductor a su lado, comenzó a hablar desde las entrañas:
—Primero, gracias a Dios porque los caminos de la vida son misteriosos —dijo ella, con una voz que fue cobrando fuerza—. Vine aquí creyendo que sería una asistente, una observadora del arte ajeno, y me encuentro con que el espejo me devuelve mi propio reflejo. Gracias al señor Barış por creer en mí cuando yo misma era solo cenizas.
Hizo una pausa, mirando a la multitud con una elegancia que nadie hubiera creído que venía de un pequeño pueblo de Turquía.
—Hubo personas en mi pasado que intentaron apagar mi luz, personas que no valoraron lo que entregué. Pensé que me habían destruido, pero hoy entiendo que solo me estaban preparando. En la vida hay que luchar, porque siempre, detrás de una tormenta, aparece alguien que se convierte en tu puente, en tu apoyo... en tu razón para volver a pintar. Disfruten la noche, porque hoy no solo celebran mis cuadros, celebran que el alma siempre puede renacer.
El aplauso fue ensordecedor. La fiesta comenzó y Dilara se vio envuelta en un mar de felicitaciones, autógrafos y elogios de la élite parisina. Barış se mantuvo a un lado, con una sonrisa llena de orgullo, viendo cómo la mujer que él rescató del dolor ahora caminaba con la seguridad de una reina.
La confesión en la mesa de los reyes
Más tarde, se sentaron en una mesa privada con las figuras más influyentes de Europa. Entre ellos estaba Jean-Pierre Beaumont, un legendario crítico francés, y un refinado coleccionista italiano llamado Lorenzo Ferretti.
—Barış, querido amigo —dijo Lorenzo, observando a la pareja con una mirada experta—, ha pasado mucho tiempo, pero tengo que decírtelo: esta mujer es una joya. Pero más allá de su arte, tu mirada hacia ella... ya no es la mirada de un jefe hacia una empleada. Hay algo más profundo ahí.
Dilara, que justo tomaba un sorbo de una bebida espumosa, casi se ahoga, tosiendo con delicadeza mientras se ponía roja de la impresión.
—¡Disculpe! —exclamó ella, tratando de recuperar la compostura.
Barış no se inmutó. Al contrario, estiró su mano bajo la mesa y, cuando sintió que Dilara le apretaba la pierna por los nervios, él puso su mano sobre la de ella, entrelazando sus dedos con firmeza.
—Tienes razón, Lorenzo —respondió Barış, mirando fijamente a Dilara frente a todos—. Esta mujer no solo cambió mi galería, cambió mi mirada sobre la vida. Y sí, lo diré abiertamente: esta es la mujer con la que quiero envejecer.
Lorenzo Ferretti levantó su copa, conmovido por la sinceridad del hombre más poderoso de Turquía.
—Lo felicito, Barış Aksoy. Ha encontrado una joya sin pulir, y por lo que veo, será la que más brille en todo el mundo.
Dilara sintió que el corazón se le derretía. Ya no había dudas, ya no había miedo. Estaba en París, era una artista consagrada y tenía al lado al hombre que no solo le había dado un trabajo, sino que le estaba entregando su vida entera.

Capítulo 19: El Brindis de la Libertad
La gala había quedado atrás como un sueño de seda y diamantes. París los recibió con sus calles empedradas y ese aire fresco que invita a las confesiones. Barış, liberado de su papel de empresario serio, caminaba con una botella de champaña en una mano y la mano de Dilara firmemente entrelazada en la otra. Ella, con su silueta perfecta recortada contra la luz de los faroles y su cabello ondeando al viento, sostenía las copas con una elegancia que parecía natural.
Sus guardaespaldas, sombras discretas a unos metros de distancia, se detuvieron cuando Barış les hizo una señal. Quería estar a solas con ella frente al Puente de Alejandro III, con sus estatuas doradas custodiando el Sena.
—Eres maravillosa, Dilara —dijo él, deteniéndose para acariciar su mejilla con una ternura que la hizo temblar—. He estado con muchas mujeres, pero nunca con alguien que tuviera tanta luz en los ojos y tanta bondad en el alma.
Empezaron a brindar bajo el cielo francés. Entre risas, confesiones y copas que se vaciaban, a Dilara le empezó a dar un ataque de hipo que la hacía reír aún más. Barış, divertido, alzó la botella para exprimir la última gota dorada sobre los labios de ella.
—Se acabó —rio él, con la mirada encendida—. Pero en la habitación tenemos más.
—Entonces... ¿qué esperamos? —respondió ella, con una valentía que solo el amor (y un poco de champaña) podían darle.
Barış no esperó a la limusina. Levantó la mano, detuvo un taxi y se hundieron en el asiento trasero. El trayecto de regreso al hotel fue un preludio de silencio absoluto. Las risas de la calle se transformaron en una tensión eléctrica que hacía que el aire en el coche pesara.
Dos puertas y un solo destino
Al bajar en el pasillo del hotel, frente a las dos puertas que durante días habían sido su frontera, se detuvieron.
—¿Tú te vas a tu habitación? —preguntó él, con voz ronca.
—¿Tú te vas a tu habitación? —repitió ella, con un brillo de travesura.
—Ah... ¿vas a repetir todo lo que yo diga? —bromeó Barış, acercándose un paso más.
—¿Vas a repetir todo lo que yo diga? —desafió ella.
La risa se fundió en un abrazo urgente. La respiración se entrecortó y el primer beso frente a la puerta fue el estallido de meses de contención. No hubo necesidad de llaves; de alguna manera, las sombras del pasado de Dilara se borraron cuando él la empujó suavemente hacia el interior de una de las habitaciones.
Con una delicadeza que contrastaba con su fuerza, Barış fue deslizando el vestido de Dilara, dejando que la seda cayera al suelo como los pétalos de una flor. La acostó en la cama y se detuvo un segundo para examinarla, como si fuera la obra de arte más valiosa que jamás hubiera pasado por sus manos. Dilara, maravillada, vio cómo él se deshacía de su camisa, revelando un torso perfecto, fuerte y protector.
En esa habitación de París, Dilara no solo entregó su cuerpo; entregó su confianza. Y Barış no solo entregó su pasión; entregó su alma.
Mientras tanto, en Estambul...
La noticia del triunfo de Dilara y su romance con el hombre más poderoso del país ya era la portada de todos los diarios. Seda y Kerem, recién liberados bajo fianza pero con sus reputaciones hechas trizas, devoraban las fotos con una rabia que les quemaba las entrañas. No habían podido destruirla; al contrario, la habían impulsado hacia el trono.
Y Caner, sentado en un bar de mala muerte con la última botella que podía costear, veía la foto de Dilara brillando en París. La mujer que él llamó "muerta de hambre" era ahora la reina de Europa, y él, el hombre que lo tuvo todo, estaba oficialmente en la quiebra del bolsillo y del corazón.
El pasado estaba muerto. En París, entre sábanas de seda y promesas susurradas, Dilara acababa de empezar su verdadera vida.




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