El reloj marcaba las 02:35 y yo estaba a solo diez cuadras de casa.
El cansancio ya comenzaba a invadirme, aunque todavía conservaba esa extraña adrenalina que aparece cuando uno decide hacer un viaje más antes de terminar la jornada.
Eso fue exactamente lo que hice.
Me puse en línea y, casi de inmediato, recibí una solicitud.
La duración estimada superaba los cuarenta minutos.
La acepté.
Fui a buscar al pasajero.
—Buenas noches.
—Buenas noches. Gracias por aceptar el viaje.
—No, hombre. ¿Por qué?
—¿Sabés a dónde vamos?
—No tengo idea. Solo sé que es un viaje de más de cuarenta minutos. ¿Por qué?
—No, por nada. Pensé que sabías.
Abrí los detalles del viaje.
Tardé unos segundos en comprender lo que estaba viendo.
Ciento treinta kilómetros.
—No te puedo creer.
—¿Qué pasó?
—Estoy a diez cuadras de mi casa. Ya había decidido terminar la jornada, pero pensé: «Voy a hacer un viaje más». Y apareciste vos.
Andrés sonrió.
—Yo sinceramente te agradezco que hayas aceptado mi viaje.
—No hay problema.
—Pero no me vas a cancelar, ¿no?
Lo miré por el espejo retrovisor.
—¿Cómo?
—Que no me vas a cancelar.
—Quedate tranquilo. Yo, cuando acepto un viaje, lo hago. Pero antes necesito cargar combustible y prepararnos para el trayecto.
—Me parece una buena idea.
Después de cargar combustible, tomamos rumbo hacia el norte para conectar con la Ruta 9.
La noche estaba completamente cerrada.
Algunos vehículos circulaban a la distancia. Algún camión rompía, de vez en cuando, la monotonía del camino. Pero, fuera de eso, la ruta parecía perderse en la oscuridad.
Avanzamos durante varios kilómetros casi sin hablar.
Hasta que Andrés rompió el silencio.
—Necesito que te detengas.
—¿Qué pasó?
—Necesito bajar.
Miré hacia adelante.
A ambos lados de la ruta solo había oscuridad.
—Tengo que encontrar un lugar seguro.
—Te estoy pidiendo que pares.
—Andrés, entiendo, pero no voy a detener el auto de cualquier manera.
Su tono cambió.
—Mirá, te lo digo de una forma simple: me estoy por hacer encima. ¿Podés parar, por favor?
El «por favor» no sonó como un pedido.
Sonó como una orden.
Reducí la velocidad y comencé a acercarme a la banquina. Busqué un lugar alejado de la circulación y detuve el auto sobre el pasto.
Encendí las balizas.
Andrés bajó rápidamente.
Se ubicó a la altura de la puerta delantera, de perfil.
Yo permanecí atento a la ruta, observando principalmente por los espejos.
No quería que alguien nos sorprendiera en medio de aquella oscuridad.
En un momento, por el rabillo del ojo, advertí un movimiento.
Giré apenas la mirada.
Andrés estaba frente al vehículo, mirándome.
Su actitud me resultó incómoda.
Volví inmediatamente la vista hacia el espejo izquierdo.
Puse primera y avancé unos metros.
—¡Pará! —escuché—. ¿A dónde vas?
Me detuve.
Andrés volvió a subir al auto.
—Pensé que me ibas a dejar tirado.
—No. Para nada.
—¿Te molestó lo que viste?
—Sinceramente, no vi nada.
—Yo pensé que me estabas mirando.
Lo observé por el espejo.
—Andrés, creo que te estás desubicando.
Durante unos segundos no respondió.
—Disculpá. Me equivoqué.
—Olvidate. Ya fue.
Pero no parecía dispuesto a dejarlo ahí.
—Entonces, ¿por qué mirabas para atrás?
—Por prevención. Estamos en medio de la nada. Quería asegurarme de que nadie se acercara.
Andrés soltó una pequeña risa.
—La prevención no sirve de nada.
—¿Cómo que no?
—¿Acaso vos fuiste prevenido al dejarme subir a tu auto?
Por primera vez desde que había comenzado el viaje, sentí que algo cambiaba dentro del vehículo.
No fue miedo.
Fue otra cosa.
Una sensación difícil de explicar.
—¿A qué te referís?
Andrés permaneció en silencio durante unos segundos.
Después habló.
—Vos sabés a quién llevás en el asiento trasero.