Km 130

2. Km 30

Capítulo 2

Mi mente no dejaba de alimentar la intriga.

Una intuición comenzaba a tomar forma y, casi sin quererlo, empecé a construir una teoría.

¿Qué le pasa a este tipo?

La voz de Andrés volvió a romper el silencio.

—En el asiento trasero se puede sentar cualquiera. Y de ese cualquiera vos no sabés qué intenciones puede tener.

—No, no. Pará, Andrés. Pará. Te estás pasando de límite. Cambiemos de tema, ¿sí?

—¿Tenés miedo?

—No tengo miedo. Simplemente ya hicimos un recorrido bastante extenso. Estoy cansado y vos no me ayudás con tu postura.

—¿Querés llegar a destino o querés que nos pase algo?

—No va a pasar nada.

—¿Y cómo sabés que no va a pasar nada?

Andrés respondió sin dudar.

—Porque te lo digo yo. Y con eso basta.

En ese preciso momento, el auto pareció hacerle caso.

Una luz de advertencia se encendió en el tablero.

El motor comenzó a fallar.

—Uy... ¿qué le pasa al auto?

—Quedate tranquilo. No pasa nada. Se encendió una luz de alerta.

Reduje la velocidad y llevé el auto hacia la banquina.

Encendí las balizas y realicé el señalamiento correspondiente.

Tomé la linterna, bajé y abrí el capot.

Revisé el motor. Observé todo aquello que podía indicarme dónde estaba la falla, pero no encontré nada evidente.

No quise volver a ponerlo en marcha.

Si había una falla, insistir podía convertir un problema menor en la rotura de alguna pieza.

Andrés bajó y se acercó.

—¿Y? ¿Vamos a seguir o tenemos que quedarnos acá?

—Al revés. Mi intención es finalizar el viaje. Pero hasta que no encuentre la falla, no podemos seguir.

—¿Pero por qué no lo ponés en marcha?

—Porque si lo hago, puedo empeorar la situación. Dejemos que se enfríe. Cuando se estabilice, vuelvo a intentarlo.

Andrés comenzó a caminar hacia la oscuridad.

Lo seguí con la mirada hasta que desapareció.

Volví al auto.

El silencio de la ruta era absoluto.

Tomé el teléfono para llamar al servicio de asistencia mecánica.

No había señal.

Bajé nuevamente y comencé a caminar en sentido contrario al que había tomado Andrés, buscando algún punto donde pudiera establecer comunicación.

El auto había quedado unos doscientos metros atrás.

La oscuridad era casi total.

Y entonces apareció otro problema.

Una densa niebla comenzó a descender sobre la ruta.

No había señal.

No había vehículos.

No había Andrés.

Decidí regresar.

Cuando llegué al auto, lo encontré sentado en el asiento delantero.

—¿A dónde fuiste?

—No tengo señal en el celular. Estaba buscando un lugar para llamar a la asistencia mecánica.

—¿No tenés señal?

—No.

—¿Y vos? ¿Tenés señal en tu celular?

—No sé.

—¿Podés fijarte, por favor?

Andrés miró su teléfono.

—Vamos a esperar.

Reclinó el respaldo de la butaca.

—Si hay que esperar, esperamos.

No respondí.

Bajé nuevamente del auto.

Caminé unos metros.

Ni un solo vehículo pasaba.

Cuando regresé, abrí la puerta.

—Tenés que ir al asiento trasero.

Andrés me miró.

—¿Por qué?

—Porque sos el pasajero. No podés viajar en el asiento delantero.

—Yo soy el pasajero y viajo donde quiero.

Cerré la puerta.

Volví al asiento del conductor e intenté poner en marcha el auto.

Nada.

El motor no respondió.

Andrés habló desde su asiento.

—¿Cómo salís a trabajar con este auto? Tenés que salir con un auto en condiciones. No podés venir a la nada con un auto así.

Lo miré.

—Andrés, ¿no notaste que el auto es nuevo? Tiene un año.

—No me la compliques.

—Vos me la estás complicando a mí. Yo no puedo llegar a donde tengo que ir.

—Porque a vos se te quedó el auto.

—¿Podés bajar el tono?

—Me estás faltando el respeto.

—No me interesa el respeto. A mí me interesa llegar. Tengo que hacer un trabajo. Y si no puedo hacerlo, las consecuencias las vas a tener que asumir vos. ¿Me entendiste?

No respondí.

Tampoco quería seguir dentro del auto.

Abrí la puerta para bajar.

—¿A dónde vas ahora?

Me detuve.

—Vení. Quedate acá conmigo. No tengas miedo.

—Voy a ver si pasa algún vehículo que nos pueda dar una mano.

Era una excusa.

Necesitaba alejarme de la prepotencia y del clima que Andrés se empeñaba en sostener.

Pasó un camión.

Le hice señas.

El conductor tocó bocina y siguió de largo.

Después pasó un automóvil.

También siguió.

De pronto escuché una voz detrás de mí.

—¡Ey! ¿Qué estás haciendo acá?

Me di vuelta.

—¡Uf! Me hiciste asustar.

Andrés sonrió.

—¿Te asustaste? Sos un cagón, loco.

—¿Por qué no vas al auto?

—¿Quién te va a parar acá? Si alguien pasa, lo menos que va a hacer es detenerse. Va a pensar que le vamos a robar.

—No todos piensan como vos.

Andrés me miró fijamente.

—O sea que vos pensás que yo soy un chorro. Que soy un ladrón. Un delincuente.

Hizo una pausa.

—¿Qué pensás vos de mí?

Lo miré.

—Sinceramente, ya no sé qué pensar. Lo único que espero es que en algún momento el auto arranque y podamos terminar este viaje.

Andrés sostuvo la mirada.

—No sé quién va a terminar primero.

Sentí un escalofrío.

—¿Me estás amenazando?

—No. Para nada.

Se acercó un poco más.

—Simplemente te digo que termines lo que empezaste.

Hizo una pausa.

—¿Me entendés?

Otra pausa.

—¿Te quedó clarito?




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