Koba

Introducción: Antes de Partir

Un hombre alto de cabello blanco y ligeramente ondulado empujó la pesada puerta de roble con herrajes de hierro ennegrecido. Su capa roja, gruesa y elegante, se agitó detrás de él como una llama viva al colarse la corriente del exterior. El leve crujido de las bisagras rompió el silencio de la estancia mientras su figura ocupaba el umbral con una presencia imposible de ignorar.

La oficina de Tila estaba sumida en penumbra, apenas iluminada por unas cuantas velas altas que titilaban sobre candelabros de bronce. La luz danzaba sobre las paredes cubiertas de estanterías, donde descansaban mapas enrollados, libros antiguos y artefactos traídos de expediciones olvidadas.

El aire olía a cera derretida, tinta fresca y sal.

—Líder... ¿acaso me llamó?

Tila permanecía de pie junto a la enorme mesa de guerra, envuelta en aquel impecable traje blanco que contrastaba con la larga capa negra que descendía desde sus hombros como una sombra elegante, la tenue luz de las velas acariciaba su piel blanca y hacía brillar suavemente los detalles dorados bordados en las mangas de su uniforme.

Su belleza era imposible de ignorar, pero había algo en ella que impedía contemplarla demasiado tiempo. Sus ojos azules, fríos y precisos, parecían atravesar a cualquiera que se atreviera a sostenerle la mirada, como si pudieran medir el valor, el miedo y las intenciones en un solo instante. Incluso en silencio transmitía autoridad.

Cada movimiento suyo era contenido y calculado; la forma en que apoyaba una mano sobre la mesa o inclinaba apenas el rostro daba la sensación de que todo alrededor estaba bajo su control. No necesitaba levantar la voz para imponer orden, la simple presencia de Tila bastaba para convertir la habitación entera en territorio suyo.

Se encontraba de sentada tras una amplia mesa de guerra, cubierta por un mapa del mundo tan extenso que sus bordes caían como tela pesada. Sus dedos, finos y precisos, trazaban una ruta sobre el océano con una pluma de tinta oscura, evitando corrientes marcadas con símbolos antiguos y zonas sombreadas donde incluso los navegantes más experimentados dudaban en entrar.

Una línea serpenteante conectaba el continente con un punto solitario en medio del vasto mar.

La Isla de Bill.

Fuera, el viento golpeó los ventanales altos, haciendo vibrar ligeramente los cristales. Por un instante, el sonido del océano pareció colarse hasta la habitación.

Tila alzó apenas la mirada. Sus ojos azules, fríos y calculadores, se posaron en Gerna.

—Gerna.—Su voz fue suave, pero firme.

—Tengo una misión importante para ti.

Dejó la pluma sobre el mapa con cuidado.

—También le servirá a Joanna y a Treck. Es momento de que se acostumbren al vasto océano que cubre nuestro mundo.

Un silencio breve se instaló.

Gerna avanzó un par de pasos, la luz de las velas se reflejó en su prótesis de bronce, proyectando destellos cálidos sobre la mesa.

Tila giró completamente hacia él.

—Deberás ir a la Isla de Bill... a la Gran Biblioteca.

El nombre parecía tener historia propia. Incluso el aire se volvió más denso.

—Y traer ante mí los diarios de Bo.

Las llamas de las velas vacilaron.

Como si ese nombre no perteneciera del todo al presente.

Gerna frunció apenas el ceño. La sonrisa que había traído consigo se difuminó con las palabras de Tila.

—Ya hemos estudiado esos libros durante siglos, Líder... —dijo, inclinando ligeramente la cabeza. —¿Qué podría encontrar en esas hojas viejas y marchitas por los años?

Tila lo observó con calma.

No había molestia en su expresión.

—Lo que deseo de esos diarios no es de tu incumbencia, Capitán.—Sus palabras cayeron con suavidad, pero firmes.

Se volvió de nuevo hacia el mapa, como si la conversación ya hubiese terminado para ella, enrolló el mapa entregándoselo al Capitán.

—Haré que preparen el Sen... —continuó sin mirar a Gerna a la cara—. Nuestro barco más veloz.—Dio un sorbo de una pequeña taza de cerámica que descansaba en la esquina del escritorio de madera.

—Este viaje deberá ser rápido y sin contratiempos.

El viento volvió a azotar los ventanales. Esta vez, con más fuerza.

Gerna sostuvo la mirada en Tila un segundo mientras apretaba fuerte el mapa, hacía mucho tiempo que había aprendido, a reconocer cuándo una pregunta no debía repetirse.

Y este era uno de esos momentos.

Enderezó la espalda.

—Sí, Novena... así se hará—Giró sobre sus talones, el leve sonido de su prótesis al moverse acompañó el gesto.

Avanzó hacia la puerta.

—Pero antes de retirarme... —Gerna sostuvo la mirada frente al pasillo oscuro que se encontraba fuera de la oficina. —Debo recordarle que soy un Capitán de la academia... No un simple recadero, no me debe explicaciones, pero sí un poco de respeto Líder.

Antes de salir, su mirada recorrió rápidamente la habitación.

Luego, sin decir una palabra más abrió la puerta el eco de sus pasos se perdió en el pasillo y la puerta se cerró tras él con un golpe sordo.

Tila no se movió, solo suspiró, mirando la puerta por la que Gerna había partido, deseando con todo su ser que todo marchara según lo planeado.

Gerna había ido a visitar a sus dos aprendices: Treck y Joanna.

Dos nombres que, dentro de la Academia Etod ya comenzaban a pronunciarse con respeto. El encuentro había sido breve, casi demasiado, hablaron de la misión sin rodeos.

Siete días de travesía. Catorce… quizá quince fuera del continente.

Un destino incierto, marcado únicamente por las instrucciones de la Líder y la necesidad de recuperar aquellos viejos diarios que se encontraban en manos de los Etod desde su fundación.

Ni Treck cuestionó ni Joanna dudó.

Eso, más que tranquilizar a Gerna… lo extrañó la disciplina absoluta siempre tenía un precio.

Sin prolongar la conversación, Gerna se retiró, sus pasos resonaron secos en el suelo de piedra de la Academia, mientras la noche caía silenciosa sobre las torres, el viento movía los árboles que adornaban los caminos en la academia.



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En el texto hay: fantasia, aventura epica, ficcion militar

Editado: 04.06.2026

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