Koba

Capítulo 1.- El Viaje Pt.1

Un hombre fornido de piel aceitunada y barba trenzada miraba hacia el cielo en aquella fresca mañana, mientras la primera luz del alba teñía el horizonte con tonos dorados y azul pálido, el aire olía a sal y madera húmeda, y cada paso suyo sobre la piedra del muelle, se mezclaba con el murmullo constante del mar, el hombre realizaba su caminata matutina con la calma de quien conoce cada rincón de ese lugar, con los hombros relajados pero la presencia firme, imponente. A lo lejos, el faro de la isla yacía apagado debido al inicio de la mañana; su silueta alta y silenciosa aún conservaba el eco de la noche, como un guardián que recién se retiraba tras su turno.

Las olas golpeaban suavemente contra los pilares del muelle, levantando pequeñas salpicaduras que atrapaban la luz naciente. Algunas embarcaciones se mecían con pereza, sus cuerdas tensándose y aflojándose al ritmo del mar, todo parecía tranquilo, demasiado tranquilo.

Entonces, un leve batir de alas rompió la serenidad, un ave mensajera descendió desde el cielo, describiendo un círculo preciso antes de posarse con elegancia sobre el hombro del hombre, él no se inmutó, apenas ladeó la cabeza, como si ya esperara aquella visita.

Con manos grandes pero sorprendentemente cuidadosas, desenvolvió el pequeño mensaje que se encontraba atado a la pata del ave, el pergamino estaba ligeramente húmedo por la brisa marina, pero el sello intacto, al verlo, sus labios se curvaron en una sonrisa.

—Gerna Fazz... -susurró para sí mismo.

Como si el nombre arrastrara recuerdos lejanos, batallas compartidas y silencios entendidos sin palabras, el viento levantó ligeramente los extremos de su capa amarilla, que caía pesada sobre su espalda como símbolo de su rango, sus ojos, normalmente firmes, se suavizaron por un instante, a unos pasos de él, una mujer de cabello negro recogido en una coleta alta y mirada alegre observaba la escena, su postura era más ligera, casi despreocupada, con una capa verde pino que se ondeaba con el viento, pero sus ojos atentos no perdían detalle.

Se acercó con pasos ágiles, esquivando con naturalidad un tramo húmedo del muelle.

—¿Qué es lo que lo tiene tan feliz, Comandante Galv? —preguntó, inclinando apenas la cabeza, con una sonrisa curiosa que contrastaba con la habitual seriedad del lugar.

Galv soltó una breve exhalación, casi una risa contenida, mientras enrollaba nuevamente el mensaje entre sus dedos.

—La líder envía buenas noticias... —respondió, girando apenas el rostro hacia ella. —Un viejo amigo viene para acá.

Su mirada volvió al horizonte, pero ya no era la misma.

Bharo miró a Liza, su sargento y aprendiz, el viento salino arrastraba el olor del mar hasta el muelle.

—Prepara la isla para la llegada de nuestros camaradas —sonrió.

Liza asintió con firmeza, llevando el puño al pecho en señal de respeto antes de girar sobre sus talones. Sus botas resonaron contra la madera húmeda del muelle mientras comenzaba a dar órdenes. A lo lejos, marineros y soldados se movían como una sola máquina, tensando cuerdas, asegurando anclas, Bharo observó el horizonte, el océano no estaba en calma.

—Tal parece que se acerca una tormenta... —Bharo analizaba el viento, las nubes.

Dejando el muelle atrás, Bharo se dirigía al edificio que marcaba el inicio de la gran biblioteca, la recepción no era más que un par de escritorios de madera maciza, desgastados por el uso constante, donde varios soldados revisaban mapas, pergaminos y registros de entrada, el aire olía a tinta, salitre y papel viejo, Bharo pasó frente a ellos sin detenerse, nadie lo interrumpió, nadie lo saludó, Bharo no era seguidor de los saludos militares en cada momento del día, él actuaba y le agradaba que sus soldados fueran menos formales, sin olvidar las responsabilidades.

El eco de sus pesadas botas resonaba contra el suelo de piedra mientras avanzaba con paso firme, descendiendo más allá de la recepción, hacia un nivel inferior donde el bullicio comenzaba a crecer. El gran comedor.

Un espacio amplio, de techos bajos y arcos de piedra, iluminado apenas por hileras de velas y lámparas de aceite que proyectaban sombras temblorosas sobre las paredes, el murmullo de conversaciones, el choque de cubiertos y el arrastrar de bancos llenaban el ambiente, más de sesenta Etod activos se encontraban ahí, comiendo, riendo en voz baja o simplemente recuperando fuerzas, pero incluso entre tantos, había una figura que destacaba, esta era Samy Acko.

Su complexión robusta y firme, el cabello naranja largo y trenzado cayendo sobre su espalda, y el contraste de su traje blanco con la capa azul marino que marcaba su rango de Teniente, la hacían imposible de ignorar, ella comía con calma, sin prisas, como si nada en el mundo pudiera interrumpir su rutina, Bharo se acercó y tomó asiento a su lado sin pedir permiso.

—Teniente Acko... ¿realizó la entrega del turno de los hombres del faro? —preguntó, apoyando un brazo sobre la mesa.

—Sí, comandante. Como todas las mañanas —respondió ella sin dejar de usar los cubiertos, su tono tan firme como siempre.

Bharo asintió levemente.

—¿Y sabe si recibiremos provisiones de las Islas Escudo?

Samy hizo una breve pausa, lo suficiente para pensar, pero no para mirarlo aún.

—Según el mensaje que recibimos ayer... las provisiones saldrían hoy de una de las islas.

Bharo esbozó una ligera sonrisa.

—Bien, Sam ve al centro de comunicación. Envía un mensaje, que esta semana envíen un poco más de lo habitual.

Samy dejó los cubiertos sobre el plato, giró la mirada hacia él, evaluándolo.

—¿A qué se debe, comandante?

Hubo un pequeño silencio entre ambos, no incómodo, pero sí cargado de curiosidad.

Bharo no apartó la vista.

—Vienen colegas del continente. Deberían llegar esta semana.

Por primera vez, una sonrisa apareció en el rostro de la teniente Acko, una sonrisa de interés.



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En el texto hay: fantasia, aventura epica, ficcion militar

Editado: 04.06.2026

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