Del otro lado del océano, en el corazón del continente, Tila caminaba con paso firme por los cuarteles generales. Su capa negra se deslizaba tras ella como una sombra viva, mientras el sonido seco de sus tacones marcaba un ritmo autoritario sobre el suelo de piedra pulida, los pasillos estaban llenos de movimiento, oficiales cruzando con pergaminos, guardias apostados como estatuas, murmullos que se apagaban al verla pasar.
Se detuvo frente a un sargento.
—¿Mandaste la carta al comandante Galv?
—Sí, Líder —respondió de inmediato, irguido. —Fue enviada antes de la partida del Capitán Fazz.
Tila asintió lentamente, todo avanzaba como debía, un pequeño tirón en su capa rompió el momento, la tela negra se tensó apenas, y al bajar la mirada, la dureza de sus ojos se disolvió.
Una niña pequeña la observaba, piel morena, cabello ondulado cayendo desordenado sobre sus hombros, ojos grandes llenos de curiosidad, el contraste era casi irreal.
—Zoe… —la voz de Tila cambió por completo, más suave, más humana. —¿Dónde está tu padre?
Antes de que la niña respondiera, el eco de pasos apresurados llenó el pasillo, desde la distancia, una figura imponente apareció, avanzando con seguridad, su presencia era imposible de ignorar, alto, de piel oscura, hombros amplios y una sonrisa despreocupada que rompía con la rigidez militar del lugar,
Eloj Valt tenía la presencia tranquila de un hombre que ya había renunciado a demostrar algo.
Alto, sereno y de mirada firme, transmitía más paz que intimidación, aunque era evidente que en otro tiempo fue alguien temido en el campo de batalla. Su postura recta, las cicatrices discretas sobre su rostro delataban años de disciplina militar.
A diferencia de muchos Etod, Eloj no perseguía gloria ni reconocimiento. Mientras otros luchaban por títulos y poder, él eligió quedarse atrás para cuidar de su hija y permanecer junto a Tila durante el peso de su liderazgo.
Había nobleza en él, pero no la nobleza arrogante de los grandes generales.
La de alguien que entendía que proteger también era una forma de servir.
—Disculpa la intromisión, cariño —dijo, acercándose mientras tomaba aire—. Ella te seguía desde la plaza…— Se inclinó ligeramente, tomando a la niña en brazos con naturalidad, como si el mundo entero fuera menos pesado en ese simple gesto, Zoe rió.
—Eloj... Zoe no debería estar aquí, deberías llevarla a los jardines, que estire un poco las piernas —miró a Eloj, intentando que sus palabras no sonaran como una orden.
Hubo una pausa breve, lo suficientemente larga para que cualquiera que conociera a Tila notara el esfuerzo, Eloj sonrió apenas, una curva cálida que contrastaba con la rigidez del lugar, había visto esa lucha antes, la líder contra la madre, la estratega contra la mujer.
—Sí, cariño… tienes razón.—
Su voz fue suave, sin rastro de formalidad militar.
Acomodó a Zoe entre sus brazos y, con delicadeza, apartó los mechones rebeldes de su cabello, la niña soltó una pequeña risa, aferrándose al cuello de su padre como si aquel mundo de acero y órdenes no existiera, mientras Eloj se daba la vuelta y comenzaba a alejarse por el pasillo, su figura imponente se iba disolviendo entre la luz que entraba desde los ventanales altos, el eco de sus pasos se mezclaba con el murmullo lejano del cuartel, Zoe giró la cabeza una última vez, buscando a su madre.
Tila no se movió, pero sus ojos la siguieron hasta que desapareció.
Entonces el ambiente cambió, los hombres y mujeres que habían observado la escena con disimulo apenas contenido, comenzaron a murmurar entre ellos. Sonrisas, comentarios bajos, ese tipo de ruido humano que se cuela incluso en los lugares más disciplinados.
No duró mucho, una sola mirada bastó, los ojos azules de Tila, fríos como acero bajo el hielo, se alzaron lentamente, no había enojo solo una presencia aplastante, una autoridad que no necesitaba alzar la voz, el murmullo murió en seco, como si nunca hubiera existido.
Tila alzó ambas manos… y aplaudió con fuerza, el sonido seco rebotó en las paredes de piedra, cortando el aire.
—Todos de vuelta al trabajo —su voz volvió a ser la de la Novena. —Terminó el show.
Los oficiales reaccionaron de inmediato, pergaminos volvieron a desplegarse, órdenes comenzaron a cruzarse, botas resonaron otra vez sobre el suelo, el engranaje retomó su ritmo.
Tila permaneció inmóvil un segundo más, luego giró sobre sus talones, y su capa negra volvió a seguirla como una sombra viva, pero esta vez había algo más en su andar, algo apenas perceptible, como si una parte de ella se hubiera quedado atrás, en los brazos de su hija.
Caminando fuera de la torre de mando, Tila descendió hacia los campos de entrenamiento sin apresurar el paso, el aire olía a acero caliente, sudor y tierra removida, el eco metálico de las armas chocando se extendía por toda la academia como una tormenta constante; espadas golpeaban escudos, hachas partían postes de práctica, cadenas y látigos silbaban cortando el viento bajo las órdenes severas de los instructores.
Filas de alumnos repetían movimientos hasta el agotamiento, algunos apenas podían sostener sus armas por el cansancio, otros sangraban de los nudillos sin permitirse detenerse, los instructores caminaban entre ellos como depredadores, corrigiendo posturas a gritos o golpes secos con bastones de madera.
Tila observaba todo sin alterar el ritmo de su caminar, su rostro permanecía vacío, casi indiferente, y aun así bastaba su presencia para tensar el ambiente, los estudiantes evitaban mirarla directamente, aunque todos sabían perfectamente cuándo la Novena Líder cruzaba los campos, un hombre con una elegante capa café oscuro se adelantó abruptamente hasta cortarle el Paso, Tila se detuvo, no lo miró de inmediato, solo una breve mirada de reojo, un destello de aquellos iris azul pálido, fríos como hielo viejo, bastó para que el oficial sintiera el impulso de apartarse.