古代 KODAI
Capítulo Uno · Ashita 明日 · «Mañana»
Dicen que los ojos son ventanas al alma.
Pero si de verdad nos asomáramos a ellos — ¿qué veríamos?
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I · LA CERCA
RAITO CLAVABA EL último poste de la cerca cuando el mundo se volvió lento.
No fue un mareo. Fue el mazo. Lo tenía en alto, a media caída, y de pronto el mazo dejó de caer — o cayó tan despacio que Raito alcanzó a mirarlo, a mirar la veta de la madera del mango, la manera en que la luz de la tarde se enredaba en las hebras, y a pensar qué raro, la luz también se quedó quieta.
Una mariposa cruzó por delante de su cara.
Debía haber sido un parpadeo — un aleteo, y ya. Pero Raito le contó las alas. Le contó, una por una, las escamas de un ala; vio el polvillo desprenderse de un borde y quedarse suspendido, como ceniza que hubiera olvidado cómo caer; vio el músculo diminuto tensarse en el arranque del ala y empujar el aire, y el aire ceder despacio, muy despacio, en anillos que a él le pareció que podía tocar.
Y en el centro de todo aquello, muy bajo, casi debajo de sus propias costillas, oyó una cosa.
Tic.
Una sola vez. Como un reloj que no existía, que nadie le había enseñado, marcando un segundo que a nadie más le sobraba.
Después el mazo terminó de caer y partió el poste de un golpe limpio, y la tarde volvió a correr a la velocidad de siempre, y la mariposa ya era una mota amarilla perdiéndose sobre el trigo, y Raito se quedó con el mango temblándole en las manos y sin aire, como si hubiera corrido, aunque no se había movido.
Era la tercera vez este mes.
No se lo había dicho a nadie, y no pensaba decírselo. Viejo, a veces el tiempo se me hace de miel, y Taiyo poniéndole la mano en la frente y mandándolo a acostarse temprano. De ahí siempre salía una regla nueva.
Y además no le daba miedo. Esa era la parte rara: le daban ganas de que volviera a pasar, de agarrarlo por dentro y ver hasta dónde llegaba. Era lo único suyo en toda la granja que no le había enseñado nadie.
Se secó el sudor con el antebrazo y miró la línea de postes nuevos, torcida en el tramo del principio, derecha ya en el resto. Cuarenta y un postes. Mañana los del prado de arriba, y después la leña, y después el trigo, y después otra vez esta misma cerca.
Hoy cumplía dieciocho años.
Le dio una patada floja al poste malo. Mañana hablaba con el viejo en serio, y bajaban al pueblo aunque hubiera que discutirlo hasta el amanecer.
Entonces oyó a Dekiro gritar su nombre desde el porche, con esa voz de urgencia absoluta que el enano reservaba para las catástrofes.
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II · LA CASA
La catástrofe era que Dekiro había perdido en el conteo de piedras.
—¡Hiciste trampa! —el enano tenía trece años y la indignación de un juez—. Contaste de dos en dos cuando yo miraba para allá.
—Conté de uno en uno.
—Itsumo, ¿verdad que contó de dos en dos?
Itsumo, sentado en el escalón del porche con un cuchillo y un trozo de madera que llevaba tres días volviéndose un conejo, no levantó la vista. Sonrió sin ruido — Itsumo sonreía como si el silencio le costara menos que las palabras — y siguió sacándole viruta al conejo.
—Ves —dijo Dekiro, tomándolo por respuesta—. Hasta él lo dice.
—Él no dijo nada.
—Dijo todo.
Raito se dejó caer en el escalón al lado de Itsumo. El sol bajaba detrás del cerro y le daba a la madera del porche un color de miel vieja. Olía a la sopa que Taiyo tenía al fuego desde la media tarde, y a paja, y al río, que quedaba lejos pero que en las tardes sin viento mandaba su olor hasta la casa.
Este era el mundo. Cuatro paredes de madera que habían estado vivas, un porche que crujía en los mismos tres sitios, un viejo que le hablaba a los fósforos antes de encenderlos, dos hermanos que no eran hermanos y que lo eran más que nadie. Raito no conocía otra cosa. No había estado nunca en el pueblo — Taiyo no los llevaba, Taiyo nunca los llevaba, y cuando preguntaban por qué el viejo decía que afuera había cosas y ahí se acababa la conversación —, y jamás, en dieciocho años, se le había ocurrido nada mejor que creerle. De niño le bastaba. Hacía un tiempo que había dejado de bastarle.
—Oye. —Dekiro se sentó en el suelo, delante de él, con las piernas cruzadas. Bajó la voz, aunque Taiyo estaba dentro y no podía oír—. Lo del pueblo. Lo prometiste.
—Prometí que lo iba a intentar.
—Prometiste.
Raito miró hacia la puerta. Adentro, la sombra de Taiyo iba y venía delante del fuego.
—El viejo no va a dejar.
—Por eso te lo pido a ti y no a él. —Dekiro se acercó más—. Una vez. Ver el pueblo una vez. Yo nunca he visto tanta gente junta. Tú tampoco. —Y luego, la puñalada, dicha sin saber que era una puñalada—: Cuando seas tú el que manda, me vas a llevar. ¿No? Cuando el viejo ya no… cuando seas tú.
Algo se apretó en el pecho de Raito. No supo ponerle nombre. Era la idea de un día en que Taiyo no estuviera, y de él ocupando ese lugar, y de que el enano contara con eso igual que contaba con que saliera el sol.
—Te voy a llevar —dijo Raito. Y porque el enano lo miraba esperando algo más, algo firme, se llevó la mano a la cabeza, se arrancó un pelo y lo sostuvo entre los dos dedos, a la luz—. Lo juro por esto.
Dekiro abrió los ojos como platos. El juramento del pelo era invención suya — la ley más solemne de la casa, reservada para las cosas que de verdad no se rompen — y que Raito se lo robara, que lo usara para él, lo dejó mudo de dicha medio segundo.
—Eso no se puede deshacer —dijo el enano, grave—. Sabes que eso no se puede deshacer.
—Sé que no.
—Bueno. —Dekiro se recostó hacia atrás, satisfecho, dueño del mundo—. Entonces está hecho.