古代 KODAI
Capítulo Dos
Ikyō 異郷 · «Tierra extraña»
. . .
I — La granja que no era
Raito clavaba el último poste de la cerca cuando alguien dijo su nombre.
No levantó la vista. Le caía en la nuca un sol tibio de media tarde, olía a paja y a la sopa del viejo, y en algún sitio detrás de él Dekiro discutía con Itsumo por un conejo de madera.
—Raito.
—Ya voy —dijo, sin volverse—. Falta este.
Levantó el mazo. El mazo pesaba lo justo, la madera olía a madera, y en el borde del campo el trigo se movía con un viento que traía, de muy lejos, el olor del río. Estaba en casa. La cerca estaba casi lista. Después habría sopa, y la discusión de siempre, y el viejo lo sacaría a respirar al frío.
El mazo cayó.
Y no sonó.
Raito lo levantó y lo dejó caer otra vez, y tampoco sonó. Y cuando miró el poste, el poste estaba entero. Sin clavar. Con la punta limpia, como si no lo hubiera tocado nadie nunca.
Se enderezó despacio.
La cerca llegaba hasta donde tenía que llegar. Contó los postes porque era lo que hacía cuando algo no le cuadraba, y le salieron cuarenta y uno, que eran los que había. Y aun así el último estaba sin clavar.
Fue hacia la casa.
Por el camino cayó en que no oía a Dekiro. Llevaba un rato sin oírlo, y no había sabido cuándo había dejado de oírlo. Y el trigo se movía, pero en la cara no le daba nada de viento.
La puerta estaba abierta.
En la mesa había cuatro sitios puestos, y tres estaban fríos. No hizo falta tocarlos.
Salió otra vez al porche, y desde el porche vio el tejado del establo desde arriba y desde dentro al mismo tiempo. Las dos cosas a la vez. Sin haberse movido de donde estaba.
Se le puso el estómago del revés.
—Esto no es mi casa —dijo.
—No.
En la tabla del porche, en el sitio de Taiyo, había alguien sentado.
No era un hombre. No era nada. Era como si a la tarde le hubieran recortado un trozo con forma de persona y debajo no hubiera nada detrás: una silueta negra y plana, sin ropa, sin manos, sin cara, con los bordes temblándole un poco igual que tiembla el aire encima de una chapa caliente.
Lo único que tenía eran los ojos.
Triángulos. Amarillos. Uno donde va un ojo y otro donde va el otro, y nada más en toda la figura.
Raito no se movió, porque acababa de ver unos ojos así hacía unas horas, arriba, en la oscuridad, encima de una cosa que caminaba despacio y sin hacer ruido.
—¿Dónde estoy? —dijo.
—En tu mundo mental.
Lo dijo igual que se dice el nombre de un pueblo.
—¿Mi qué?
—Tu mundo mental. Lo tiene todo el mundo. Casi nadie lo ve nunca.
—¿Y por qué se parece a mi casa?
—Porque lo has puesto tú.
Raito miró alrededor: la cerca sin terminar, el trigo moviéndose sin viento, la puerta abierta.
—¿Quién eres tú?
—No te lo voy a decir.
—…
—No lo necesitas saber. Yo te voy a decir las cosas que necesitas saber. Esa no es una.
Y ahí a Raito se le acabó.
Llevaba una noche entera oyendo lo mismo. Mañana. Afuera hay cosas. Es la que hay hoy. Hoy come. Una noche entera de gente que lo quería y que se callaba, y ahora esto, dentro de su propia cabeza.
Dio dos pasos hacia el porche y le señaló la cara a la sombra, a los triángulos, con el mazo todavía en la otra mano.
—¿Tú también? —Le temblaba la voz de rabia y la dejó temblar—. Si estás dentro de mí, ¿por qué no haces lo que yo digo?
La sombra no se movió.
—Porque no es justo —dijo—. Tienes razón.
Raito abrió la boca y la volvió a cerrar, porque era exactamente lo que quería oír y no le sirvió de nada.
—Entonces contéstame.
—No puedo contestarte todo. Y no es por fastidiarte. —La silueta se inclinó hacia delante, y al inclinarse no proyectó ninguna sombra en la madera, que fue lo peor de todo—. Te propongo un trato. Pregunta tres. Te contesto una.
—¿Una?
—Una. Y la elijo yo.
—¿Por qué tú?
—Porque te voy a contestar la que te haga falta. No la que quieras.
—Eso lo decido yo.
—No.
Raito apretó el mazo.
—Y a cambio —dijo la sombra— lo que te conteste va a ser verdad. Siempre. Aunque no te guste, aunque no te sirva y aunque prefirieras que te mintiera. Eso no te lo va a dar nadie más ahí fuera.
Y Raito se quedó callado, porque en dieciocho años nadie le había ofrecido nunca la verdad.
Le habían ofrecido mañana.
—Está bien —dijo.
Y pensó. Se le atropellaban cincuenta preguntas y las fue apartando como se aparta grano malo, y cuando le quedaron tres las dijo en voz alta, una detrás de otra, para no arrepentirse a mitad:
—Qué eres.
—Cómo salgo de aquí.
—…¿Fue por lo que dije?
La última le salió más baja que las otras dos.
La sombra tardó. Y Raito supo, mientras tardaba, cuál iba a contestar, y supo también que iba a ser la que no era.
—Vas a salir cuando dejes de agarrarte —dijo—. Estás agarrado a una cosa que ya no está. Suelta y sales.
—Esa no.
—Esa.
—¡Esa no! —Raito soltó el mazo—. ¡Contéstame la última! ¡Contéstame la última y no te pregunto nada más en mi vida!
—Ya te he contestado —dijo la sombra—. Tres eran, y ya está.
Y la granja se fue.
No ardió ni se rompió. Se fue como se va el vaho de un cristal: primero la casa, después el trigo, después el olor. Y cuando dejó de irse quedó la ladera del este, la de la cerca, con la tierra removida.
Y en la tierra removida, dos montones.
Sin piedra. Sin nombre. Sin nada encima.
Raito se acercó porque no supo cómo no acercarse.
Eran del tamaño que tenían que ser. Uno grande. Uno pequeño.
Se arrodilló al lado del pequeño y buscó por el suelo una piedra para ponerle, porque era lo que se hacía, porque era lo único que se le ocurría hacer con las manos.