Kristen

Capítulo 2 - Kristen

A veces me pregunto cuándo dejé de ser yo. No sé si fue el primer grito, la primera vez que me revisó el celular, o la primera vez que me hizo sentir que nadie más podría quererme.
Creo que fue de a poco. Como cuando el agua se enfría y no te das cuenta hasta que estás temblando.

Cruz dormía a mi lado, de espaldas, respirando como si el mundo le debiera algo. Yo lo miraba en la oscuridad y sentía ese vacío familiar. Ese hueco en el pecho que ya no dolía porque se había vuelto parte de mí.

Esa mañana me dijo que me notaba rara. Que seguro era por alguien más. Me lo dijo sin mirarme, mientras se abrochaba la camisa.
Yo solo bajé la cabeza, como siempre.

—Vas a salir, ¿verdad? —me preguntó con esa voz suave que usaba cuando quería controlar sin que pareciera que lo hacía.
—Sí, con Margaret y los chicos... te dije ayer.
—Ajá. Cuida tu cara. No vayas sonriendo tanto por ahí.

Me besó en la frente antes de irse. Yo apreté los dientes y me sonreí frente al espejo como una actriz mediocre, ensayando la versión de mí que mostraría esa noche.
Margaret me convenció de salir. "Te va a hacer bien", dijo. Yo no quería ir, pero tampoco quería quedarme sola en casa con mis pensamientos. Así que terminé en un bar del centro, con luces tenues, música indie sonando de fondo y una copa de vino en la mano. Seco, como mi corazón.

Y ahí fue cuando lo vi por primera vez.

Estaba apoyado contra la pared, medio apartado del grupo, con una cerveza en la mano y una mirada que no encajaba con el ruido a su alrededor. Tenía algo en los ojos. Algo triste, o tal vez solo era yo proyectándome.
Margaret lo presentó sin demasiada ceremonia.

—Él es Caleb. Amigo de Nico.

Él me miró directamente a los ojos y sonrió, pero no de forma arrogante. Fue una sonrisa pequeña, sincera. Como si me estuviera viendo de verdad. Como si notara algo que los demás no.

—Kristen —dije, casi en un susurro.
—Kristen... bonito nombre.

No sé por qué, pero brotaron nervios. Hacía mucho que no sentía eso. Mariposas... o electricidad... o lo que sea. Cruz nunca me hacía sentir así. Nadie lo hacía, hasta él.

Nos quedamos hablando un rato. Sobre nada. Sobre todo. Se sintió fácil. Se sentía bien. Y por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo de ser yo.

—¿Y tú? —me preguntó Caleb— ¿A qué te dedicas?

Era una pregunta simple, inofensiva, pero por alguna razón, se me hizo un nudo en la garganta.

—Trabajo en una agencia de marketing —respondí, como si eso explicara algo.
—¿Te gusta?

Lo miré. No porque la pregunta fuese rara, sino porque nadie solía preguntarlo. Como si de verdad importara mi respuesta.

—No lo sé —dije, y él asintió, como si entendiera.

No solo era lo que me preguntaba, era cómo me escuchaba. Como si cada palabra que salía de mi boca tuviera peso. Y eso... eso era peligroso.
Porque si alguien te escucha de verdad, empieza a conocerte. Y si empieza a conocerte, puede empezar a quererte. Y yo no estaba lista para eso. Ni siquiera podía quererme a mí misma.

—¿Y tú? —quise cambiar el foco— ¿Qué haces?
—Escribo, cuando puedo. Y tengo un trabajo aburrido en una librería.
—¿Escribes?

Asintió, pero no dijo más. Como si no le gustara hablar de eso. O como si las palabras que de verdad importaban no estuvieran hechas para compartirse tan rápido.

Nos quedamos en silencio unos segundos. Pero no fue incómodo, fue... tranquilo. Como si nuestros pensamientos pudieran sentarse juntos en la misma mesa, sin pelearse.
Hasta que sentí mi celular vibrar.

Cruz
Cinco mensajes.

"¿Dónde estás?"
"¿Con quién estás?"
"No me contestas"
"¿Estás con alguien, Kristen?"
"Ven ya"

Se me congeló la sangre. Apagué el celular de inmediato como si pudiera borrar la realidad solo apagando la pantalla.
Caleb lo notó. No dijo nada, pero lo notó.

—¿Todo bien?
—Sí —mentí. Mi voz sonó hueca.

Miré la hora. Ya era tarde.

—Creo que tengo que irme.

Él asintió, pero esta vez no sonrió.

Me acompañó hasta la salida, en silencio. Antes de cruzar la puerta, me giré para mirarlo una vez más. No sé por qué. Tal vez porque sentí que algo se había abierto esa noche. Algo que ya no podría cerrar.

—Fue lindo hablar contigo —dije.
—Cuando quieras —respondió. Y esa fue su manera de decir quédate , sin decirlo.

Caminé a casa sintiendo que algo en mí se había quebrado un poquito. Pero en el fondo sabía que no era una ruptura. Era una grieta por donde estaba entrando la luz.




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