Hay personas que entran en tu vida como una canción que no sabías que necesitabas escuchar. Kristen fue eso.
Una melodía que empezó a sonar sin permiso y que desde entonces no pude apagar.
La vi entrar al bar y sentí que todo lo demás se volvió borroso. Tenía esa energía de quien quiere desaparecer sin dejar de ser vista. Y yo... la vi.
No sé cuanto tiempo pase observándola antes de que nos presentaran. Lo suficiente como para notar cómo bajaba la mirada cuando se reía.
Cuando me dijo su nombre, lo repetí en voz baja. Kristen... Como si necesitara probarlo en la lengua.
No era una conversación especial. Hablamos de cosas simples. Su trabajo, el mío. Pero había algo debajo de todo eso. Algo que se movía en silencio.
Ella parecía tener los bordes filosos, como si se hubiera roto muchas veces, y aún no lograra recomponerse del todo.
Y aun así, era hermosa.
No de esa forma obvia de llamar la atención al pasar. No. La suya era una belleza que dolía. Como una canción triste a las tres de la mañana.
Quise preguntarle más, pero me contuve. Había algo frágil en ella que no quería presionar.
Hasta que sonó su teléfono.
La vi cambiar. Se encogió un poco. La mandíbula tensa, sus ojos evitaban los míos. Su voz se volvió distante.
—Creo que tengo que irme —dijo, y no pude evitar sentir un nudo en el estómago.
Asentí. No insistí. Pero me dolió dejarla ir así, sabiendo que volvía a un lugar donde no la merecían.
Cuando se fue, me quedé mirando la puerta como un idiota, pensando en su voz. En su sonrisa temblorosa. En cómo me miró al final, como si no quisiera irse del todo.
Esa noche escribí su nombre en mi libreta.
Solo eso. Kristen.
Y me prometí algo sin saberlo: que si volvía a verla, no iba a dejarla ir tan fácil.