Pasó una semana. Siete días enteros sin volverlo a ver y sin embargo, lo tenía en todas partes.
Estaba en mi cabeza mientras me cepillaba los dientes, mientras respondía correos sin sentido en la oficina, mientras fingía interés en las conversaciones de siempre con la gente de siempre.
Era un pensamiento suave pero insistente.
A veces lo imaginaba escribiendo. ¿Qué escribiría? ¿Pensaría en mí?. No debía importarme, pero lo hacía.
Esa noche, leía con una copa de vino al lado, en silencio, mientras Cruz hablaba por teléfono en la otra habitación.
—¿Por qué estás tomando vino otra vez? —preguntó, entrando sin golpear.
—Porque me gusta.
—A mi no me gusta que tomes sola. Después te pones rara.
—No soy rara. Estoy tranquila. ¿Es raro eso ahora?
No contestó. Me miró como si estuviera evaluando cuánto tiempo podía dejar pasar antes de hacer un comentario más hiriente. No lo hizo, pero lo sentí en el aire. Esa tensión silenciosa que nos rodeaba permanentemente.
En el trabajo todo era igual. Correos, café, pantallas y más correos. Pero incluso ahí, en medio de la gris rutina, Caleb se colaba en mi mente.
Su voz, su forma de mirarme, lo fácil que fue hablar con él. A veces me encontraba en mi celular googleando su nombre. Como si con solo escribirlo pudiera encontrarlo en algún rincón del mundo.
Cruz me mandaba mensajes todo el día.
"¿Ya almorzaste?"
"Muestrame una foto"
"No me gusta ese compañero tuyo, el que te saluda siempre"
Y yo respondía porque era más fácil que discutir.
Cruz no siempre fue así. Caí perdidamente enamorada de él cuando me conquistó con sus detalles, con su atención, con sus regalos. Me hacía sentir la chica más afortunada del mundo, los seis primeros meses. Después de eso todo fue en declive. Supongo que seguía con él por miedo a no encontrar a alguien mejor. El siempre se aseguraba de dejarme bien claro que nunca iba a encontrar a alguien como él. Que era muy complicada.
Esa noche soñé con Caleb.
Estábamos en una habitación llena de libros, como una biblioteca abandonada. Él me miraba sin decir nada, con esa mirada que parecía atravesarme, veía más allá de mis huesos.
Me tocaba la mano. Solo eso. Y desperté con el corazón acelerado, como si algo dentro de mí se hubiera prendido fuego.
No era amor. No todavía. Pero era algo y lo estaba sintiendo por la persona equivocada.
Mi celular sonó. Era un mensaje de Margaret.
—¡Hola K! Espero te encuentres bien y espero que no hayas olvidado que en dos días es mi cumpleaños. Vamos a reunirnos en el bar de siempre. Porfa, no me falles. Te quiero.
Se me aceleró el corazón, y no precisamente porque había olvidado el cumpleaños de Margaret, sino porque sabía que Caleb estaría ahí.
Nico era íntimo amigo de Margaret y, al parecer, Caleb lo era de Nico. O eso quería creer.
—Jamás olvidaría tu cumpleaños. Allí estaré —respondí.